Elogio a la vida

Elogio a la vida 

Alexandra David-Néel 2

La autoridad  

La obediencia es la muerte. Cada instante en que el hombre se somete a una voluntad extraña es un instante arrancado a su propia vida.

Cuando el individuo se ve obligado a efectuar un pacto contrario a su deseo o se ve impedido para actuar de acuerdo con su necesidad, deja de vivir su propia vida y, mientras que el que manda aumenta su poder vital gracias a la fuerza de los que se le someten, aquel que obedece se aniquila, se ve absorbido por una personalidad extraña; ya no es más que fuerza mecánica, herramienta al servicio del amo.

Cuando se trata de la autoridad ejercida por un hombre sobre otros hombres, por un soberano déspota sobre sus súbditos, por un patrón sobre sus obreros, por un señor sobre sus criados, enseguida se comprende que esta personalidad emplea la vida de quienes se le someten para dar satisfacción a sus placeres, a sus necesidades o a sus intereses: o sea, para el embellecimiento y la ampliación de su propia vida en prejuicio de la de los demás. Lo que no suele entenderse tan claramente es la nefasta influencia de las autoridades de orden abstracto: las ideas, los mitos religiosos o de cualquier otro tipo, las costumbres, etc. Sin embargo, todas las manifestaciones exteriores de la autoridad tienen su origen en una autoridad mental. En efecto, ninguna autoridad material, ya sea las de las leyes o la de los individuos, posee su fuerza y su razón en sí. Ninguna se ejerce realmente por sí misma: todas se basan en ideas. Y, si el hombre llega a aceptar su realización tangible en las diversas formas revestidas por el principio de autoridad, es porque primero se doblega ante estas ideas.

La obediencia tiene dos fases distintas:

• Se obedece porque no puede hacerse otra cosa.

• Se obedece porque se cree que se debe obedecer en las condiciones de vida casi animal en que vivieron los primeros pueblos humanos, la voluntad del más fuerte era la ley suprema ante la cual debían, doblegarse los más débiles. <>, dice el que se siente con fuerza suficiente para obligar a otro a obedecerlo. Esta coacción no implica sanción moral alguna. Uno quiere porque tal es su placer. El otro obedece porque teme a la violencia. Pero el que obedece por temor, si logra ponerse fuera del alcance de las represalias, se apresura a actuar a su antojo, satisfecho de su libertad, dispuesto, a su vez, a imponer su voluntad a quien sea más débil que él. Este dominio a través de la fuerza física no puede, en verdad, ser llamado autoridad: no pasa de ser una coacción pasajera y únicamente material, no aceptada por la voluntad del que obedece. Sólo el dominio ejercido en nombre de ideas abstractas por el más débil sobre el más fuerte y aceptado por éste, constituye la autoridad. Se entra entonces en la segunda fase: uno obedece porque se imagina que es necesario obedecer.

Cuando las condiciones del entorno permiten que los hombres empiecen a reflexionar, aquellos cuya mentalidad está más desarrollada sienten el deseo de lograr la obediencia de los demás, ya sea por un interés puramente egoísta, ya sea, las más de las veces, porque habiéndose formado un ideal de vida que juzgan conveniente para el grupo al que pertenecen, desean verlo realizado.

El hombre, por la ignorancia, acepta la autoridad del mismo modo que también aceptará por ignorancia todas las que a continuación vayan surgiendo.

A través de estas leyes misteriosas, presentadas como la expresión de una voluntad extraterrestre, los jefes religiosos dominarán al hombre, ya no diciéndole aquel <> que se dirigía al cuerpo y al cual él podía sustraerse, sino diciéndoles <>. Así ya no es posible fuga alguna para vivir libremente fuera de la presencia del jefe temible por su fuerza. A partir de este momento, el hombre tiene una coacción invisible: la voluntad de dios, que acarrea como un fardo. Adonde quiera que vaya, en cualquier lugar y en cualquier tiempo, su memoria le repetirá lo que debe hacer o evitar. Se le ha enseñado a distinguir el bien del mal.

En todas las épocas, el hombre, como cualquier ser, ha distinguido las cosas que le procuran satisfacción de aquellas que le producen sufrimiento. En ningún momento fue preciso enseñarle este mal y este bien naturales. Sin embargo, apoyándose en la voluntad expresada por los dioses, voluntad incomprensible e indiscutible, se le obligó a aceptar como la expresión del bien la resignación pasiva, la sumisión ciega, el dolor, la renuncia a las aspiraciones más naturales: el mal bajo todas sus formas. El mal oficial es aquí la propia vida con todos sus deseos y alegrías, su necesidad de libertad, su curiosidad por las cosas, su curiosidad de rebeldía, su horror por el sufrimiento, todo cuanto es bello y verdadero.

Los primeros códigos, escritos o no, fueron muy distintos según los medios o las razas donde se originaron y sufrieron numerosas modificaciones en relación con la evolución de las sociedades. Pero cualesquiera que sean las leyes y las fuerzas sociales ante las que se inclinan los hombres, lo cierto es que su poder está subordinado a la aceptación de un código moral.

Sólo el hombre que, por una prevención del sentido natural, cree en el bien-sufrimiento, en el bien- desagradable y en el mal como fuente de goce, puede entender la necesidad de una organización destinada a imponer el bien por la fuerza y a reprimir por la violencia a los que estarían tentados de entregarse al mal para obtener de él una satisfacción.

En la lucha suscitada por el antagonismo que existe entre el verdadero interés del individuo y la regla de conducta a la que cree que debe conformarse, el hombre se habitúa a la sujeción y está dispuesto a aceptarla cuando ésta se manifiesta a través de una autoridad exterior. Claro que pelea y discute; el bien y el mal difieren de un individuo a otro, de un pueblo a otro; uno se enorgullece de lo que el otro reprueba, pero, en el fondo, el principio es siempre el mismo. Cuando alguien pretende eliminar la moral del vecino y el aparato autoritario por el que se impone, su objetivo es sustituirla por su propia moral que, al igual que otra, tendrá que imponerse por la fuerza a aquellos que no la admitan. Como siempre hay muchos puntos comunes entre las personas de la misma raza, en general los beligerantes acaban prefiriendo sacrificar algo de su concepción del bien, mientras sus adversarios se erigen en guardianes del código. De este modo ambos evitan al enemigo común: el hombre verdaderamente libre que actúa según su necesidad sin someterse a nadie.

Si el hombre menos ignorante hubiese mantenido la distinción que en sí mismo tan profundamente siente -el bien útil, el mal nocivo-, poco a poco habría progresado, empleando los mejores medios para evitar el sufrimiento y satisfacer sus necesidades materiales e intelectuales. Habría habido higienistas, inventores, sabios de todos lo géneros. La credulidad, sin embargo, hizo que se sometiera ante las supuestas voluntades de seres quiméricos; y así hubo padres, reyes, guerreros, políticos; sufrió, lloró, martirizó su propia carne para salvar el alma, sacrificando su existencia a supuestos deberes sociales.

En las sociedades modernas, la autoridad ya no está basada oficialmente en una divinidad. Se habla aún en ellas del bien y del mal, pero en realidad el cumplimiento de las leyes llamadas morales (desde que se dejó de llamarlas divinas) ya no es obligatorio. Del bien solo se retiene aquello que los legisladores consideran útil y lucrativo para el orden social del momento. Ciertamente la virtud sigue siendo recomendada en bellos discursos, pero el vicio es mucho mejor aceptado.

Ya no nos piden que salvemos el alma, basta con ser una persona honesta, o sea, que actuemos según la voluntad de los legisladores en los actos externos de nuestra existencia.

Por limitada que sea esta concepción tiene suficientes elementos para provocar bastantes víctimas: la honra, el patriotismo y otras virtudes laicas han matado tanta gente como antiguamente lo hicieron los dioses. Y así continuará mientras el hombre procure su regla de conducta al margen de la ciencia, única entidad capaz de esclarecerlo respecto a sus intereses efectivos y única autoridad que debe reconocerse.

Los primeros legisladores, al imponer códigos en nombre de los dioses, no tuvieron que exaltar su moralidad; los hombres habituados a obedecer simplemente por la fuerza se sometieron, una ves más, por temor a una fuerza mayor.

Pero después al dejar de creer en los dioses, el hombre, liberado de sus terrores, debía lógicamente dejar de obedecer a todo lo que no estuviera en armonía con su interés. Todavía estamos lejos de tal resultado.

Del antagonismo de los intereses
I

Cuanto más se aleja el hombre de sus orígenes, más se desarrolla su mentalidad y más aumentan sus nece­sidades; cada nueva facultad que se despierta en él amplía su vida, incrementa su actividad y reclama nuevas satisfacciones.

Si en los tiempos prehistóricos el hombre primitivo podía vivir casi aislado en los bosques, limitándose a unirse a veces a otros individuos para llevar a buen tér­mino una cacería difícil o para defenderse de un peli­gro, era porque el número excesivamente reducido de sus necesidades, que no superaban las de un animal salvaje, requería con poca frecuencia la colaboración de otros. Es solamente uniéndose a sus semejantes co­mo el hombre actual puede escapar a la existencia mi­serable de sus primeros antepasados, luchar eficaz­mente contra las leyes adversas de la naturaleza, defen­der su vida y aumentar sus recursos en todos los aspec­tos.

No es necesario ser muy sabio ni dedicarse a exten­sas observaciones para darse cuenta de que las agrupa­ciones humanas no responden en absoluto a las nece­sidades de los individuos. En lugar de alivianar el es­fuerzo y de hacerles la vida más fácil, lo cual es la pri­mera razón de ser de una asociación entre hombres, las sociedades aumentan la violencia de la lucha al am­pliar su aspecto ingrato y reemplazar a la lucha del hombre contra las fuerzas naturales por la lucha del hombre contra el hombre.

Uno se pregunta en vano qué ventaja precisa pro­porciona a los hombres su unión en sociedad. Si bien el hombre aislado y errante corre a menudo el riesgo de sufrir la falta de lo necesario para su existencia, co­menzando por la primera de todas las necesidades que es la alimentación, el individuo sometido a la servi­dumbre social no está demasiado más seguro de obte­ner lo que reclama su naturaleza, simplemente porque ningún contrato le garantiza el pan. Al igual que sus antepasados sobre la tierra no cultivada, es necesario que se esfuerce por obtener su alimentación, y mien­tras que aquellos por lo menos no se iban a las manos unos contra otros, sino cuando la penuria los impulsa­ba a ello, una gran cantidad de nuestros contemporá­neos no comen cada día si no disputan con otros hom­bres el pan que los debe alimentar.

¡Que es la competencia, si no un término hipócrita que designa ese perpetuo combate de los unos contra los otros, esa guerra sin tregua que continúa, implaca­ble, en el seno de nuestras sociedades! Se trata de una lucha no solamente execrable por los dolores que en­gendra, sino también estúpida porque ni siquiera se puede esperar de ella el desarrollo de la fuerza física o de la inteligencia. En estos combates, el vigor del cuer­po o del espíritu no tiene más que una influencia muy pequeña. No cabe esperar que los más hermosos ejem­plares de la raza eliminen a los otros y procreen genera­ciones más hermosas y más perfectas. Las sociedades lograron desterrar este último razonamiento, por el cual a veces la naturaleza parece justificar las luchas que se libran en ella. Ahora el más fuerte es el que po­see. Ese vencerá y subsistirá, mientras que con frecuen­cia desaparecieran los robustos y los inteligentes.

Las sociedades actuales no tienen como base la unión y la comunidad de intereses entre los miembros que las componen, sino muy por el contrario la divi­sión y la oposición de tales intereses. Estas sociedades subsisten sobre la base de una competencia ficticia y llevada hasta el extremo que no sólo explota el sufri­miento de las masas en provecho de la minoría de pri­vilegiados, sino que además restringe para todos la par­te de felicidad y de vida que el hombre encontraría en una asociación normalmente constituida. Esta compe­tencia nefasta se manifiesta de la forma más irracional. El problema no es sólo que los hombres tienen intere­ses opuestos a los de sus asociados, sino también que sus propios intereses se encuentran en contradicción unos con otros.

¿Acaso el mundo judicial tiene un gran interés, co­mo parece en principio, en conservar la criminalidad, la deslealtad en las transacciones y todos los hechos punibles a causa de los cuales existe? Por supuesto que no.

Los criminales que dañan a sus semejantes por mise­ria o por perversión mental bastan para justificar la existencia de la corporación judicial. Pero al legitimar a una de sus instituciones, ellos contribuyen al mantenimiento del estado social que los llevó al crimen y per­miten así que otros individuos se formen en el mismo medio, que prepara para las mismas tareas nefastas y los destina, por tanto, a los mismos castigos. Así se eterniza el desfile de los miserables que alimentan a una parte de sus semejantes al precio del dolor de otros y de su propia desdicha.

Por ser un individuo, cada miembro de la corpora­ción judicial tiene un interés totalmente diferente. Y al igual que sus conciudadanos, el hecho de que existan toda clase de delitos lo hace víctima de un estado de cosas en el que el crimen y la falta de honradez son ne­cesarios para el funcionamiento de uno de los meca­nismos de la organización social.

¿A los jefes militares acaso no les interesa que se perpetúen los tontos odios entre los pueblos, que son lo único que les permite subsistir en su función? Sin embargo, un ejemplo que de ahora en adelante será histórico acaba de demostrar cuántos intereses similares son nefastos para el individuo y cuántos puede sopor­tar cuando el germen maligno e inhumano de la institución que sostiene deja de elegir sus víctimas en otra parte y se vuelve contra él mismo.

Las masacres entre hombres sólo pueden compren­derse en aquellos períodos bárbaros donde la falta de alimentación y la verdadera lucha por la vida obliga­ban a las poblaciones a arrojarse sobre sus vecinos para despojarlos de los víveres que poseían o, a veces, tam­bién para alimentarse de los mismos vecinos. ¿Qué ce­guera impulsa a los hombres a matarse entre ellos a causa de la ambición de un déspota o de un ministro, por la palabra de un diplomático, por un arreglo entre financieros o por cualquier otra causa que ignoran y que no les concierne?

Se han escrito muchas frases sentimentales en con­tra de la guerra, ¿cuál fue el resultado? Ninguno. Por otra parte, el hombre no tiene por qué preocuparse por una cuestión sentimental siempre discutible. Para él hay una sola cosa real: su interés, y sólo a él debe con­sultar para todo y en todo momento. La guerra es ho­rrible, pero no es por eso por lo que hay que rechazar­la. En las luchas primitivas, cuando la vida del indivi­duo hambriento estaba en juego, su interés lo impulsa­ba a apropiarse de los alimentos de su semejante o a su­primir una existencia para prolongar la suya, y tenía ra­zón al hacerlo. Su instinto le decía: vive, y su voluntad de vivir era su derecho estricto e indiscutible.

La naturaleza no posee nuestro sentimentalismo y tampoco nuestra crueldad imbécil. Aquí no es cues­tión de enternecimientos ni de lágrimas. La guerra y el militarismo son un engaño para los pueblos, para to­dos los pueblos, y es por ello que hay que presentarles oposición.

¿Qué interés pueden tener los trabajadores del pen­samiento o los trabajadores manuales en una guerra? ¿Qué se les arrebataría? Lo más común es que no po­sean nada, pues quienes ellos llaman sus compatriotas no les han dejando nada. Y del otro lado del río o de la montaña, más allá de los océanos, hasta donde alcanza la vista y hasta donde puede llegar el pensamiento, se ve a hombres que luchan y sufren por el pan, que lu­chan y sufren por la ciencia y a los cuales otros hom­bres arrojan fuera de la vida.

¡Qué importa el color y el lenguaje del que es el Amo, qué importa el suelo que se pisa si no se puede comer, ni pensar, ni actuar según la propia fuerza y el propio deseo! El Amo es el enemigo, cualquiera que sea. El enemigo está en todos los países y en cada una de las personas que pueden decir: yo quiero. Y más ciertamente aún el enemigo está en cada hombre, en la ignorancia que no necesita ayuda para crear Amos.
II
El ser humano no necesita buscar su meta fuera de él ni colocarla en nada exterior, ya sean hombres o ideas.

Nada lo obliga a violentarse para lograr un objetivo cualquiera. No tiene otra meta que ser él mismo tal co­mo la naturaleza lo hizo conservarse como tal, pre­servando su individualidad contra todo lo que sea ca­paz de limitarla o de causarle sufrimiento.

Algunos me preguntan qué pondría en el lugar de esas leyes y esas instituciones cuya utilidad niego. Na­da: La Vida. La vida que arrastra a los seres en el fluir de la evolución, que los ubica y los hace moverse de acuerdo con las leyes que gobiernan la materia de la cual están compuestos. Leyes no ficticias y exteriores, sino derivadas de las propiedades inherentes a los dife­rentes estados de la materia.

Hay personas que temen ver derrumbarse el aparato social actual y no recuerdan que a pesar de las numero­sas civilizaciones y sociedades desaparecidas a lo largo de las eras y de las cuales apenas se tiene un recuerdo, la humanidad siempre queda viva sobre las ruinas de las viviendas que ya dejaron de estar a su medida. Otros hombres preguntan con inquietud: ¿qué nos amparará?, ¿a dónde iremos a vivir? A todos ellos se les puede responder con las mismas palabras que utilizó Lutero cuando se le planteó una pregunta parecida con respecto al apoyo que los príncipes alemanes le podían retirar.

«Adónde iría, respondió: bajo el cielo.

¿Dónde construirá sus moradas la humanidad? ¡Bajo el cielo!

Siempre bajo el mismo cielo que existe hoy

¿Dónde vivirá? ¡Sobre la tierra!

¿Cuál será el conductor del hombre? ¡El mismo!»

No se trata de reemplazar una obligación por otra obligación, sino de dejar que cada individuo ocupe en el universo el lugar que le corresponde y dé vía libre a la actividad propia de los elementos que lo componen.

La humanidad en general, así como el individuo en particular, no tiene como meta ser grande ni gloriosa, ni trabajar, ser o hacer cualquier cosa. Es una produc­ción del universo, surgió un día en su seno y continua­rá existiendo hasta que las circunstancias que permitieron su aparición se modifiquen y entonces desaparez­ca en la eterna sucesión de las transformaciones de la materia, es decir, de Eso que Es.

Dado que la existencia individual es la única razón conocida, la única finalidad del hombre, éste debe pre­servarla y defenderla contra todo y contra todos, sin permitir jamás que se le imponga el sacrificio de la me­nor parte de esta vida, única cosa que le pertenece de verdad.

Quienquiera que dificulte la vida de un hombre im­pidiéndole vivir plenamente con todas sus facultades y todas sus necesidades atenta contra su existencia, pues si bien no la suprime de golpe con la muerte, al menos la limita al quitarle todos los instantes durante los cua­les el individuo cede a las imposiciones y actúa o se abstiene de actuar contrariando su propio impulso; en una palabra, deja de vivir su vida para convertirse en un instrumento en manos de otro.

Si comprende que para él su existencia personal es la única razón de ser, la finalidad última y la única meta que debe perseguir, el hombre consciente la defenderá contra cualquier obstáculo, ya sean hombres o cosas que intenten atacarla, y empleará para ello todos los medios en su poder, pues se sentirá fuerte en el dere­cho que le da el ejemplo de la naturaleza y las aspira­ciones de todo su ser que se esfuerza sin interrupciones para alcanzar la vida.

En esta lucha más que en cualquier otra se deben emplear todas las armas, la fuerza o la astucia, pues el hombre emprende su legítima defensa.

La meta del hombre es ser hombre.

El objetivo de su vida es vivir.

Alexandra David-Néel

[Nada aldizkari digital nihilistaren webgunean argitaratua]

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