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Capitalismo degenerativo: Breve crónica del mayor robo jamás perpetrado

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Capitalismo degenerativo: Breve crónica del mayor robo jamás perpetrado.

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A finales de los años 70 del siglo XX se hizo evidente que la maquinaria de producción capitalista se había estancado de nuevo. La enfermedad crónica del capitalismo se había vuelto a manifestar: la sobre-acumulación de capital. Demasiada concentración tecnológica por unidad de producción, a costa del trabajo humano.
Como quiera que sólo de este último se extrae plusvalía, la consecuencia es una decadencia de la misma y por tanto de la ganancia final que los capitalistas reciben cuando venden las mercancías producidas, diseñadas o servidas por la fuerza de trabajo. Es decir, una generalizada pérdida de rentabilidad de las inversiones capitalistas. Y si hay pérdida de rentabilidad desciende la inversión en la esfera productiva, con lo cual baja también la productividad.
Frente a ello el Capital (en mayúsculas, como capitalista colectivo) emprende un conjunto de dinámicas orientadas a paliar el descenso de la rentabilidad: incremento de la explotación de la fuerza de trabajo; aceleración de los desplazamientos de capital hacia las periferias del Sistema, allí donde había (y hay todavía) más expectativas de rentabilidad, dado que no se ha dado el proceso de sobreacumulación (desplazamientos más posibles porque coinciden con la segunda globalización de la economía capitalista); hay un desplazamiento también técnico-organizativo, hacia nuevas ramas de inversión (sobre todo la “economía inmaterial” o “nueva economía”); y asimismo se da un desplazamiento hacia los circuitos que hasta ese momento eran secundarios en la acumulación de capital (el suelo, la vivienda, las hipotecas), con la consiguiente gestión del territorio de cara a su valorización especulativa (haciendo del conjunto del hábitat una mercancía, lo que lleva emparejada su depredación).
Se emprende, concomitantemente, un paquete de políticas tendentes a deteriorar la condición salarial: desinversión selectiva y reorientación hacia un tipo de producción flexible, ligera; reducción de la masa salarial a partir de la desvinculación de los salarios respecto de la productividad y el subsecuente declinar de los salarios reales; inhibición de la inversión pública que conlleva el deterioro de lo público y de la “seguridad social”. Conduciendo todo ello a la entrada en una era de inseguridad colectiva.
Habrá además una dinámica que incidirá especialmente en el desmontaje de lo que hasta entonces había sido el Estado Social (para muchos “de bienestar”): la apropiación privada por parte de los grandes capitales de más y más parcelas de la riqueza social (esto es, una nueva desposesión masiva de la población[1]). Para ello fue necesario todo un paquete de contra-reformas: a) reducción de aportes patronales a la seguridad social; b) tributación regresiva; c) incremento de las oportunidades de inversión de capital excedente a través de privatizaciones masivas (continua privatización de lo público); d) legalización de trabajos precarizados; e) significativo descenso de los empleos y de los salarios públicos.
Para el Capital la gobernanza o gobernabilidad significaría en lo sucesivo que todo esto se pudiera hacer sin insurrección de las poblaciones.

La financiarización de la economía (y de la sociedad)

Pero faltaba aún otro desplazamiento de consecuencias letales: el que ha consistido en “huir” de la producción y por tanto de la normal y “sana” dinámica de acumulación, para derivar cada vez más capitales (los que resultan en potencia del beneficio conseguido con los otros desplazamientos nombrados y también del saqueo de la riqueza colectiva) hacia las finanzas. De nuevo había que cumplir un requisito o paso previo para ello: liberalizar el mundo financiero que tanto había costado domeñar en los Acuerdos de Bretton Woods tras todo el cúmulo de desmanes financieros que se había iniciado a fines del XIX y que finalizó en la catástrofe del 29.
El pistoletazo lo daría EE.UU. el 15 de agosto de 1971, al desvincular el dólar del patrón oro.
En seguida el resto de potencias capitalistas haría lo propio. A partir de entonces las monedas no tendrían ningún anclaje material y podían “flotar” a merced de las apuestas y especulaciones sobre ellas.
Los procesos seguidos en casi todo el planeta responderían en adelante a unos mismos patrones, que comienzan por la desregulación del sistema bancario y de las finanzas, desmantelando primero los mecanismos de control financiero o las instituciones financieras keynesianas y des-reprimiendo al capital a interés para posibilitar la base especulativo-rentista que caracterizaría después al (actual) capitalismo degenerativo. Ello ha permitido hasta hoy crecer a costa del endeudamiento.
Además, Estados como los europeos hacen dejación de su soberanía, permitiendo que los Bancos Centrales se independicen de ellos, mientras que ellos mismos pasan a emitir títulos de deuda en los mercados financieros mundiales, con lo que entran como cualquier otra entidad en el “rating internacional de riesgo” dictaminado por agencias privadas, obligándose a llevar a cabo políticas ortodoxas monetarias y fiscales subordinadas a los intereses del capital financiero internacional. Al mismo tiempo, se da un creciente bombeo de la renta y el ahorro, (tanto presente como colocado en forma de futuras pensiones o ahorros de futuro) hacia los mercados financieros, agrandado la importancia de éstos, así como, en consecuencia, el aumento de las cotizaciones bursátiles. Se desarrollan además los productos derivados financieros (especulaciones sobre posibilidades de futuro de divisas y valores) activados por las nuevas fluctuaciones creadas por la liberalización de los controles financieros. Se genera con todo ello una ingente masa de capital ficticio[2].
El capital a interés ficticio busca obtener beneficios a través de la actividad financiera pura, desligada de la esfera productiva. El atasco en la ganancia vía plusvalía industrial y la expectativa de ganancias en el ámbito financiero-especulativo hace que además muchas corporaciones no financieras se enganchen directamente en actividades financieras y las finanzas comiencen a regular la actividad de las empresas y a dictar las normas en los mercados laborales.
El hinchado valor bursátil de activos y propiedades hizo que más y más sectores de la sociedad entraran en ese desquiciado juego (era la fase en que parecía haber un pequeño especulador en cada individuo). La mayoría perdería en el mismo, como se explica a continuación.

Saqueo universal y autocolonización

Con aquellas medidas los grandes capitalistas del mundo se despejaban el camino para apropiarse arteramente de nuestros patrimonios. Pero no deja de ser reseñable el hecho de que después de haber saqueado a través de las sucesivas colonizaciones la mayor parte de territorios del planeta, se detengan ahora a espoliar la propia casa (las sociedades de las antiguas metrópolis). Lo cual no puede sino ser descrito como un proceso de auto-colonización o auto-fagocitación (consistente en devorar la riqueza social previamente creada). Proceso que ha sido también llamado “acumulación por desposesión” o bien “despojo universal”. Entre otros procesos que lo ilustran vale la pena mencionar al menos los siguientes:
-Privatización de la riqueza social y cultural acumulada a través de generaciones. Afecta, entre otros aspectos, a los servicios públicos (sanidad, educación, transporte, comunicaciones, etc.); infraestructuras (red viaria, instalaciones…) y patrimonio construido.
-Privatización también del patrimonio natural. Mercantilización de la naturaleza en todas sus formas.
-Apropiación de tierras. Eliminación de propiedades comunales o colectivas y consiguientes desplazamientos de poblaciones campesinas (sustitución de agricultura campesina o familiar por agroindustrias; intensificación de la desaparición de formas de producción y consumo no capitalistas).
-Mercantilización de los recursos genéticos.
-Derechos de propiedad intelectual o patentes sobre recursos ajenos.
-Empresarización y/o privatización de instituciones públicas (como las Universidades e incluso la Administración).
-Apropiación militar directa de los recursos y materias primas más codiciados.
En este capítulo entran asimismo las técnicas financieras de desposesión:
-Promociones fraudulentas de títulos.
-Destrucción deliberada de activos mediante la inflación y a través de fusiones y absorciones.
-Endeudamiento generalizado (por encima de la capacidad de pago) que genera un disciplinamiento de las sociedades así como formas modernas de servidumbre por deudas.
-Fraudes empresariales
-Desposesión de activos mediante la manipulación del crédito y las cotizaciones (p.e. el saqueo de los fondos de pensiones)
-Ofensiva especulativa de los fondos de riesgo (“hedge funds”), etc
Sólo faltaba un último toque a todo este plan: comenzar a sembrar el mundo de “paraísos fiscales” para guardar todo el botín del Gran Robo.
A mediados de los 70 del siglo XX se dispararía esa operación.
Según la publicación de la “Tax Justice Network”(Red para la Justicia Global), en 2015 había unos 26 billones de euros ocultos y libres de impuestos en los diversos paraísos fiscales (lo que supone aproximadamente un tercio del PIB mundial).
¿Cómo puede ser que hoy escandalice que las grandes fortunas lleven su dinero a espuertas a lo que los dueños de aquéllas llaman “paraísos”, y que en realidad deberían ser llamados “cuevas de latrocinio”? ¿Para qué si no iban a crearlas?
Como quiera que a los Grandes Capitales la tributación regresiva (consistente en gravar menos y menos a los que más tienen) no les era suficiente, se dedicaron al fraude fiscal generalizado y a la evasión de impuestos. Si en España en 1995 las rentas del trabajo sufrían una carga impositiva del 16,4% del PIB, las rentas del capital sólo llegaban al 7,4%, es decir, menos de la mitad. Trece años después, en 2008, la situación apenas había variado: 16,7% para las rentas del trabajo, 8,6% para las del capital. Esto hace que lo recaudado de la población trabajadora sea más de 9 veces el monto total recaudado del ámbito del capital.
Todo ello al margen de la evasión y el fraude fiscal, que serían escandalosos si es que tuviéramos todavía capacidad de escandalizarnos. Veamos de nuevo el ejemplo español. Según GESTHA, organismo sindical de los técnicos del Ministerio de Hacienda (http://www.gestha.es/), las grandes fortunas y empresas españolas evadieron 42.771 millones de euros sólo en 2010. Si a ello añadimos la evasión de la pequeña y mediana empresa, según esa misma fuente, obtenemos 59.032 millones. Sumando a esto el fraude a la seguridad social que se realiza a través de la economía sumergida, nos da la enorme suma de unos 90.000 millones de euros (aunque hay una posterior rectificación de los datos que sube la primera de aquellas dos sumas a alrededor de 70.000 millones y la total a algo más de 100.000 millones de euros; recordemos que los recortes sociales que venían impuestos por el gobierno del PSOE para el periodo 2010-2013 sumaban 50.000 millones de euros).

El Gran Robo como “derecho internacional” informal impuesto por EE.UU.

El ambicioso proyecto de construcción del capitalismo global a imagen del estadounidense, imbricado en esa suerte de “Open Door” de EE.UU. hacia afuera (en lo que sería un Imperio por inundación o anegación), iba a emprenderse a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial para trasladar la jurisprudencia USA al resto del planeta, y con ella después el conjunto de dispositivos y medidas del Gran Robo, que pasarían a blindarse a través de toda clase de Acuerdos y Tratados.
Así, un aspecto importante de lo que significan Tratados como el TTIP (EU-EEUU), es que están creando un “derecho internacional” informal que en realidad está basado en las leyes y la jurisprudencia de EEUU (porque ningún Tratado o Acuerdo con este país puede contradecir las leyes o el Congreso de EEUU, ni EE.UU. acepta ninguna decisión de organismo multinacional que le contravenga). Es decir, que todos los Tratados firmados por este país institucionalizan de jure la aplicación extraterritorial de las leyes de EEUU. La liberalización comercial (OMC y Tratados de libre comercio) potencia esa operación a escala mundial.
Las otras potencias capitalistas aprenderían del camino trazado, para hacer lo propio con otras formaciones menores. No es de extrañar, por ello, que en 1997 se realizaran 1850 Tratados Bilaterales (se había firmado uno cada dos días y medio). Son reflejo de la necesidad imperiosa de construir un “modelo económico” universal y libre de responsabilidades sociales (proceso de disolución social) y con posibilidades ilimitadas de enriquecimiento para las elites (extrema desigualdad), lo que paso a paso se logra a partir de los años 90 con la creación del sistema legal supranacional que va despojando de su soberanía popular a los pueblos vía los Tratados y Acuerdos de comercio e inversiones que expanden los derechos de la propiedad privada de los monopolios (aplicando la ley estadounidense en casi todos los casos).
Pero al hacerse único el capitalismo “made in USA” se pierde a sí mismo
Justo al cumplir el sueño de un “capitalismo global” y al identificar ese capitalismo con el propio, las cosas empezaron a torcerse para el Imperio del Mundo.
No podríamos entenderlo si no consideramos la secuencia de procesos difícilmente controlables que dejó la caída del Bloque Soviético:
1) Se completó de nuevo, tras el lapsus de la desconexión soviética, un único Sistema Mundial capitalista (ayudado por la entrada de China en la OMC y aceptación de sus reglas del juego). Se consiguió así un único mercado global y (casi) una única fuerza de trabajo mundial. También un ingente ejército de reserva que permitió la acentuación de la importación masiva de fuerza de trabajo por parte de las economías centrales de ese Sistema (así como de otras formaciones sociales), desde las periferias del mismo (con la excepción de la fuerza de trabajo china), una vez que ya no había “otro mundo” no capitalista.
2) Todo ello redujo el poder social de negociación de la población asalariada en casi cualquier parte del planeta, con la consiguiente destrucción de condiciones laborales y salariales y el desguace de la negociación colectiva. Esto posibilitó frenar aún más los procesos de automatización de las principales economías capitalistas, dado que cuando la mano de obra es tan barata no compensa, o no tanto, la introducción de maquinaria o tecnología.
Así que la caída del enemigo sistémico (el mismo que ya había “salvado” al propio Sistema al forzar el keynesianismo en las formaciones centrales capitalistas) ayudó a sobrevivir al capitalismo por el lado de la valorización (o producción de plusvalía). Pero por otra parte se despejaron con ello las dinámicas de saqueo y destrucción de las condiciones laborales y sociales que hemos visto, con lo que se agravaron las contradicciones del Sistema por el lado de la realización (o venta de lo producido), pues el ciclo liberal-degenerativo conduce inexorablemente al deterioro del consumo de masas.
LLegábamos así a un círculo vicioso recesivo: falta de inversión productiva, falta de productividad, falta de crecimiento, sobredosis de explotación de la población, re-mercantilización de las necesidades sociales, deterioro de los salarios, descenso del empleo, caída en picado la capacidad de consumo.
Círculo que fue solventado pasajeramente mediante el préstamo masivo, que condujo a la expansión del crédito y al paroxismo del endeudamiento generalizado de empresas, familias, Administraciones públicas e incluso Estados.
Tan masivo que resultó una trampa. Multiplicó todo un capital que confiaba en la devolución de las deudas y se acrecentaba ficticiamente especulando en las finanzas. Cuando empezaron los impagos en masa, les siguieron las quiebras también masivas.
Pero entonces se perpetra un nuevo Robo: con el dinero de toda la población se rescata a empresas, financieras y Bancos. Este es el “socialismo capitalista”: socialización de las pérdidas de los ricos y apropiación por los ricos de la riqueza de todos. Pero con ello cada vez queda menos riqueza social de la que apropiarse.
¿Y ahora qué hacen para seguir adelante, o al menos para simular que el capitalismo global sigue funcionando?: inventarse más dinero.
Crear dinero de la nada a mansalva. Primero la Reserva Federal de EE.UU., después el Banco Central de Inglaterra y el de Japón y ahora el Banco Central Europeo. Este último está sacándose de la chistera 80.000 millones de euros al mes para sanear las cuentas de la Banca, sin que apenas nada de ese dinero llegue a la gente.

¿Todo esto puede seguir siendo capitalismo?

Llegados a este punto tendríamos que hacernos una pregunta trascendental. Si el capitalismo global muestra crecientes dificultades para combinar la tecnificación con la plusvalía, si lógicamente con la automatización tiene cada vez más problemas para conseguir la asalarización de la fuerza laboral, si el consumo por tanto no puede sostenerse sin crédito y éste deja de fluir, si está acumulando cada vez más a través del saqueo, sin reinversión productiva de las ganancias. ¿Es esto, estrictamente hablando, capitalismo?
El capitalismo debe su existencia al proceso de conversión del dinero en capital, a la apropiación privada de los medios de producción y a la explotación del trabajo ajeno en forma de plusvalía que procure ganancia. En la actualidad tenemos una involución de dos de esos procesos: hay una creciente re-conversión del capital en dinero (derivación de las inversiones productivas hacia el dinero bancario y financiero, e incluso la conversión de gran parte de esas formas de dinero en “ficticias”); y hay una creciente incapacidad de asalarización de la población, obliterándose a la larga el proceso de extracción de plusvalía. Sólo va quedando de la dotación originaria del capitalismo la retención de los medios de vida por una insignificante minoría de la población, menos del 1% de la misma[3]. Lo que conduce a una concentración de los medios de producción, de comercialización y de las finanzas nunca antes vista.
Una minoría que ahora buscaría, en un desesperado intento de compensar la caída de la tasa de ganancia y de las inversiones rentistas (los ricos no saben en qué invertir, de ahí la hinchazón de los “paraísos fiscales”), la mercantilización de todo lo que hay en la Naturaleza y de todo lo que hacen los seres humanos para conservar la vida. Buena parte del crecimiento en la actualidad proviene del paso de actividades que no entraban en la economía monetaria a convertirse en mercancías: los cuidados, las interacciones y comunicaciones humanas de todo tipo, los juegos, lo que hacemos unas por otras, el sol, el aire, la Vida…
Sólo un crack sin precedentes podría restablecer la dinámica habitual de las Grandes Crisis: depuración de ingentes capitales no competitivos e improductivos para reemprender un nuevo ciclo de crecimiento. ¿Pero cómo realizar eso en la era nuclear, cómo deshacerse de las monstruosas cifras de capital ficticio circulando por el planeta, que pueden alcanzar más de 20 veces el PIB mundial, cómo destrozar todo un entramado productivo mundial manteniendo la “gobernanza”?
Además, el camino a seguir tras ese Gran Trauma sería relanzar la inversión productiva. Esta vez, dado el desarrollo tecnológico, tendría que ser en alta tecnología (nanotecnología, biotecnología, inteligencia artificial, robótica, neurociencia…). Pero eso sólo podrá significar la aceleración del fin de los empleos no sólo manuales sino de inteligencia o habilidad profesional de cualquier tipo: todo podrá ser hecho por las máquinas androides.
De nuevo, ¿eso sería capitalismo?
Cuando un sistema está en su fase de agonía cada vez puede ofrecer menos “bienestar” y sí en cambio más dolor, sufrimiento y muerte para la Humanidad, funcionando mafiosamente y saqueando crecientemente a sus propias poblaciones. El modo de producción que viene queda por definir, en función también, obviamente, de las luchas de las sociedades. Pero lo que queda del capitalismo en degeneración es un tanatocapitalismo, un sistema que roba y mata más y más mientras no termina de morir.

Notas:

(1) La anterior desposesión masiva consistió en la apropiación capitalista de los medios de vida (medios de producción) de la población (una generalizada proletarización de la misma), que se dio a lo largo de los siglos. Ésta había sido paliada a través de las luchas históricas mediante la consecución de un Estado Social que proveía de los medios de cobertura de las necesidades básicas, a través de “servicios” sociales. La destrucción de esos servicios re-proletariza a las poblaciones.
(2) El capital se transforma en ficticio a través de la titularización de los derechos de remuneración por interés. Es decir, cuando comienza a comercializarse un capital que es deuda y que en realidad no existe (esta es la base de su ficción, que después las finanzas complejizarán sobremanera).Todo este conjunto de procesos está en la base de la segunda fase universal de financiarización (la primera se dio entre el último cuarto del siglo XIX y el primero del XX), que en EE.UU. conllevaría la abrogación de la Ley Glass-Steagall, en 1999 (la cual, en 1933 había introducido reformas bancarias para controlar la especulación y demás desmanes financieros, destacando entre sus características la separación entre la banca de depósito y la banca de inversión).
(3) Las relaciones sociales de producción (el orden social capitalista) se hace descaradamente contradictorio con el desarrollo de las fuerzas productivas, impidiendo más y más el beneficio de las sociedades. Pero al tiempo también nos va dejando menos obstáculos para una Gran Transformación. En estos momentos es más decisiva la intervención humana sobre unas estructuras en degeneración.

Profesor de sociología de la Universitat Jaume I de Castelló, miembro del Observatorio Internacional de la Crisis.

Estrategia secreta del terror.

Estrategia secreta del terror.

US Secretary of State Colin Powell holds up a vial that he said was the size that could be used to hold anthrax as he addresses the United Nations Security Council 05 February, 2003 at the UN in New York. Powell urged the UN Security Council to say "enough" to what he said was Iraq's 12 years of defiance of international attempts to destroy its chemical and biological weapons. AFP PHOTO/Timothy A. CLARY
El 5 de febrero de 2003, el secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, protagonizaba una farsa ante el Consejo de Seguridad de la ONU, en una sesión transmitida por television al mundo entero. Powell presentaba pruebas de que el Irak de Saddam Hussein disponía de un gigantesco arsenal de armas prohibidas (biológicas, nucleares y químicas), que tenía relaciones con los autores de los atentados del 11 de septiembre y que incluso los protegía. Durante su intervención, impresionó a todo el mundo presentando un frasco que supuestamente contenía ántrax iraquí. Años más tarde, Colin Powell confesó que todas aquellas pruebas –fotos satelitales, intercepciones de conversaciones telefónicas, informes de inteligencia y testimonios– eran falsas y que él mismo había mentido deliberadamente ante la comunidad internacional. Estados Unidos invadió y destruyó Irak, matando más de un millón de iraquíes, sin que Washington haya tenido que responder por sus mentiras ni por su crimen.

«El enemigo que se esconde en oscuros rincones del mundo», como lo definió en 20001 el presidente George W. Bush, sigue acumulando víctimas. Las más recientes cayeron en Bruselas. El terrorismo es un «enemigo diferente al que hemos enfrentado hasta ahora», presentado durante una emisión de televisión transmitida en vivo al mundo entero, el 11 de septiembre de 2001, con las imágenes apocalípticas del derrumbe de las Torres Gemelas. En aras de eliminar ese enemigo, lo que el propio Bush identificó como «la lucha colosal del Bien contra el Mal» aún prosigue hoy en día. Pero cada vez que se corta una cabeza a la hidra del terror, le crecen otras.

¿Qué hacer? En primer lugar, no creer lo que nos han contado durante casi 15 años. Empezando par la versión oficial del 11 de septiembre, ya aplastada bajo el peso de las pruebas científicas; pruebas que Washington, al no lograr refutarlas, descarta simplemente calificándolas de «conspiracionismo» [o «complotismo»].

Los peores ataques terroristas perpetrados en Occidente presentan 3 signos distintivos.

– Primeramente, la puntualidad. El ataque del 11 de septiembre de 2001 tiene lugar cuando Estados Unidos ya había decidido –como reportaba el New York Times el 31 de agosto de 2001– desplazar hacia Asia el centro de su estrategia para contrarrestar el acercamiento entre Rusia y China: menos de un mes después –el 7 de octubre de 2001, bajo el pretexto de perseguir a Osama ben Laden, supuesto cerebro del 11 de septiembre, Estados Unidos inicia la guerra contra Afganistán, primera etapa de una nueva escalada guerrerista. Actualmente, el ataque terrorista de Bruselas se produce cuando Estados Unidos y la OTAN se preparan para ocupar Libia, pretextando la necesidad de eliminar la amenaza que el Emirato Islámico representa para Europa.

– Segundo, el efecto del terror. La masacre, cuyas imágenes se repiten constantemente en los medios de prensa, crea un estado de opinión favorable a la intervención armada que supuestamente eliminará la amenaza. Sin embargo, nadie habla de masacres terroristas mucho peores, como las perpetradas hace 2 meses en Damasco.

– Tercero, la firma. Paradójicamente, el «oscuro enemigo» siempre se toma el trabajo de firmar los ataques terroristas. En 2001, con Nueva York todavía envuelta en el humo de las Torres Gemelas, se difunden fotos y biografías de los 19 miembros de al-Qaeda autores de los secuestros de los aviones, varios de ellos ya conocidos del FBI y la CIA. Lo mismo sucede en Bruselas, en 2016: antes de haber identificado todas las víctimas, se identifica a los autores de los atentados, ya conocidos de los servicios secretos.

¿Es acaso posible que los servicios secretos, empezando por la tentacular «comunidad de inteligencia» estadounidense –que se compone de 17 agencias federales con agentes en el mundo entero–, sean realmente tan ineficientes? ¿O será, por el contrario, que los engranajes de la estrategia del terror son muy eficientes? No escasean los ejecutores: vienen de los movimientos terroristas etiquetados como islamistas, armados y entrenados por la CIA y financiados por Arabia Saudita para destruir el Estado libio y fragmentar la República Árabe Siria, con la complicidad de gobiernos europeos.

En esa caldera es posible reclutar tanto kamikazes, convencidos de que estar inmolándose por una santa causa, como profesionales de la guerra o simples delincuentes que serán «suicidados», haciéndolos estallar por control remoto durante la acción, y cuyos documentos de identidad siempre aparecen –como sucedió en la matanza de Charlie-Hebdo. También es posible facilitar la formación de células terroristas, que alimentan de forma autónoma la estrategia del terror creando un clima de estado de sitio, como hoy sucede en los países europeos miembros de la OTAN, clima que justifica nuevas guerras, que se librarán bajo las órdenes de Estados Unidos.

Otra variante es recurrir a las falsificaciones, como se hizo con las «pruebas» sobre las armas de destrucción masiva que Colin Powell mostró al Consejo de Seguridad de la ONU el 5 de febrero de 2003. Pruebas que a la larga resultaron falsas, fabricadas por la CIA para justificar la «guerra preventiva» contra Irak [1].

  Manlio Dinucci
Il Manifesto (Italia)


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La democracia atómica española.

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    La democracia atómica española.

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    El dictador general Francisco Franco y la Junta de Energía Nuclear (JEN), creada en 1951 y controlada por generales golpistas, había previsto construir 38 reactores nucleares en todo el territorio nacional. El objetivo era convertir España en una de las grandes potencias nucleares del planeta, disponer de grandes cantidades de plutonio militar y entrar en el club atómico (con permiso del Pentágono).


    Para los norteamericanos aquel negocio resultaba redondo: se vendía la tecnología PWR (Pressurized Water Reactor) de la Westinghouse y BWR (Boiling Water Reactor) de la General Electric; se concedían los créditos en dólares del Chase Manhattan Bank, Citicorp y Eximbank y se ofrecía asesoramiento científico y tecnológico. La Chevron se encargaría también de explotar los yacimientos de uranio localizados en diferentes regiones españolas (objetivo empresarial que no logró gracias a la oposición popular y de los ayuntamientos afectados). En cierta medida esta ambición del franquismo comportó una cesión de soberanía mediante acuerdos bilaterales, el Tratado de Amistad y Cooperación y la instalación de bases norteamericanas en territorio nacional.

    El “lobby” nuclear, heredero del franquismo

    A pesar de la fuerte represión a los antinucleares y de aplicar la censura en los medio de comunicación el faraónico plan nuclear- más propio de un megalómano como era Franco impresionado por el impacto de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki- no pudo llevarse a cabo en su totalidad. En el País Vasco (Euskadi) la movilización de asociaciones como la Comisión de Defensa de una Costa Vasca no nuclear y la acción del grupo armado ETA impidió que la eléctrica Iberduero construyese las centrales de Lemóniz, Ea y Deva. En Cataluña las cofradías de pescadores y agricultores lograron frenar la instalación de dos reactores en la Ametlla de Mar, una de las poblaciones pesqueras más florecientes del litoral de Tarragona, pero no pudieron evitar la construcción de la central de Vandellòs en el golfo de Sant Jordi, a pocos kilómetros, y la de Ascó, a orillas del caudaloso río Ebro. Hubo también oposición antinuclear en Extremadura, Aragón, Andalucía, Navarra, Galicia y Cantabria contra otros proyectos nucleares. La lucha antinuclear se cobró una víctima, la ecopacifista vasca Gladys del Estal que murió por disparos de un guardia civil el 3 de junio de 1979 durante una jornada contra la nuclearización de Euskadi que se organizó en Tudela (Navarra).
    La Junta de Energía Nuclear y el Gobierno de Carrero Blanco, dominado durante la década de los 60 por tecnócratas del Opus Dei, se contentaron con imponer siete centrales nucleares y un total de diez reactores: José Cabrera, en Zorita (Guadalajara),un PWR con una potencia de 150 MW (el primer que fue inaugurado por Franco el 12 de diciembre de 1968, y clausurado en el 2006); Santa María de Garoña, en Burgos, un BWR de 466 MW, clausurado en 2013 pero que podría reabrirse en el 2015; Almaraz, en Cáceres, dos reactores PWR de 980 y 984 MW; Ascó, en Tarragona, dos reactores PWR de 1.032 y 1.027 MW respectivamente; Cofrentes, en Valencia, un BWR de1.092 MW; Vandellós, en Tarragona, con un reactor de grafito-gas de 480 MW, el único de tecnología francesa (clausurado en 1989 después de un grave incendio) y otro PWR de 1.087 MW y Trillo, en Guadalajara, un PWR de 1.066 MW.
    El brutal coste financiero del plan energético inicial y la necesidad de una gran demanda de uranio frenó los delirios atómicos del almirante Carrero Blanco. Sin embargo el teniente general Juan Vigón, director de la Escuela Superior del Ejército y Ministro del Aire del tercer y cuarto gobierno de Franco, así como el general de división Eduardo Hernández Vidal y el contralmirante José María Otero Navascués (que presidió la JEN de 1958 hasta 1974) consideraron que el parque nuclear civil ya era suficiente para lograr disponer de uranio enriquecido y plutonio en los laboratorios especiales previstos en un gran complejo que se construiría en Cubo de la Solana (Soria). La “tapadera” para desarrollar el arma nuclear fue la creación de la Junta de Investigaciones Atómicas y la sociedad secreta Estudios y Patentes de Aleaciones Especiales (Epale). Entre los científicos que asesoraron a los militares franquistas para obtener plutonio hay que destacar al profesor Paul Scherrer, del Instituto de Física de la Universidad de Zürich (que sería impulsor del CERN); Werner Heisenberg y Karl Wirtz del Instituto Max Planck de Götingen. Otros contactos a lo largo de los primeros años fueron Samuel K. Allison, de la Universidad de Chicago, y Bertrand Goldschmidt, en quien De Gaulle había confiado para aislar los primeros miligramos de plutonio (1).

    El puto amigo americano

    La estrategia energética del franquismo para superar el aislamiento internacional de la Dictadura fue abrirse al mercado nuclear norteamericano y crear empresas eléctricas y bancos (Central, Banesto, Urquijo, Hispano Americano…) cuyos consejos de administración estaban regidos por militares y financieros que habían apoyado golpe fascista contra la República (como el magnate Juan March que dominó la compañía eléctrica Fecsa-Fuerzas Eléctricas de Cataluña- o José María Oriol y Urquijo que fue presidente de Hidroeléctrica Española y UNESA). El apoyo del FMI, del Banco Mundial y del grupo Rockefeller al ingreso de España en las NN.UU. el 14 de diciembre de 1955 fue a cambio de una colonización sin precedentes (acuerdos hispano-norteamericanos o Pacto de Madrid en 1953 y en 1955; instalación de las bases USA en Rota, Morón y Torrejón de Ardoz; créditos para la construcción de centrales nucleares y compra de armamento; sucursales bancarias y multinacionales norteamericanas dominando el sector energético y agrícola).
    Sin embargo cuando llegó la hora de la verdad el Pentágono se negó rotundamente a que España ingresara en el “club atómico” a pesar de haber invertido millones de dólares en prepararse para obtener plutonio (el almirante Luis Carrero Blanco, que estaba destinado a suceder a Franco, aspiraba a construir submarinos atómicos) y en consecuencia se negaba a firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNPN). Así se lo transmitió a Henry Kissinger, durante su visita que el Secretario de Estado hizo a Madrid el 19 de diciembre de 1973, el día antes que el almirante falleciera en un atentado perpetrado por ETA (sobre el que algunos analistas vieron la mano negra de la CIA). Tampoco quiso firmar el TNPN el presidente Adolfo Suárez que antes de 1981 deseaba disponer de una bomba atómica táctica transportada por la fuerza aérea española (2).
    Las presiones del Pentágono sobre el Gobierno socialista de Felipe González (que optó por el ingreso en la OTAN) hicieron que, finalmente, el 10 de abril de 1987 España subscribiese el TNPN y desistiera de su sueño atómico.
    El modelo energético español estaba ya sólidamente dependiente de la energía nuclear (especialmente en Cataluña, autonomía que genera el 19% del PIB español, y consume el 50% de su energía eléctrica producida en las centrales de Ascó y Vandellós).

    El fraude de la “Transición democrática”

    Los Pactos de la Moncloa firmados en Madrid el 25 de octubre de 1977 entre el Gobierno de Adolfo Suárez y los principales partidos políticos- entre ellos el Partido Comunista (que no se opuso al contrato de suministro de uranio enriquecido entre la Empresa Nacional del Uranio (Enusa) y la multinacional soviética Techsnabexport) (3) dejaron intactas las estructuras energéticas heredadas del franquismo y comportaron la consolidación de la energía nuclear. Las exigencias de las organizaciones antinucleares y ecologistas, que pedían una auditoría del sector y una moratoria, no fueron oídas. Por otra parte la banca norteamericana quería terminar de cobrar los créditos concedidos para la construcción de las centrales nucleares y deseaba seguir dominando desde el exterior un sector tan estratégico como el energético (los EE.UU. también suministraban a España uranio enriquecido)
    Con los años la Empresa Nacional del Uranio (Enusa), fundada en 1972, i Tecnatom, creada en 1957, se habían fortalecido actuando en el negocio nuclear internacional, tanto en la gestión y compra de uranio enriquecido hasta la fabricación de combustible y prestación de servicios a diversos países, especialmente latinoamericanos, exportando el 65% de la producción de elementos combustibles de su planta de Juzbado (Salamanca).
    El sector energético español es consecuencia de estos antecedentes y de una oligarquía eléctrica que hoy, gracias a la connivencia con el Gobierno Rajoy, ha logrado frenar el desarrollo de las energías del sol (especialmente centrales solares y parques eólicos) temerosa de perder sus privilegios y el negocio derivado de la electricidad nuclear (Endesa e Iberdrola lideran el sector) y del gas natural (monopolizado por Gas Natura-Fenosa).
    Tras la llegada al poder del PSOE en 1982 se suspendieron los ambiciosos programas nucleares por la presión ecologista (movilizada tras el accidente de la central de Three Mile Island el 28 de marzo de 1979) y por los colosales costes financieros que comportaban. El Gobierno de Felipe González aprobó una moratoria en 1984 y en 1991 se paralizaron las obras de siete centrales: Lemóniz I y II (Vizcaya), Valdecaballeros I y II (Badajoz), Trillo II (Guadalajara), Regodola I (Lugo) y Sáyago I (Zamora). Las pérdidas alcanzaron 729.000 millones de pesetas de la época. Para compensar al “lobby” nuclear el Estado aprobó en 1997 una disposición que permitía a las eléctricas cobrar hasta el 2020 un porcentaje para recuperar las inversiones a través de la factura que pagan los consumidores. Debido a la disminución de los tipos de interés y al fuerte aumento de la demanda eléctrica, en 2006 se modificaron los criterios de la moratoria, al amortizarse más rápidamente de lo previsto la deuda contraída. Así se disminuyó el porcentaje pagado en la factura eléctrica, pasando de un 1,72% a un 0,33% disminuyendo a su vez el plazo de amortización hasta el año 2015.
    Con la moratoria el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) sirvió los intereses estratégicos del “lobby” nuclear agobiado por los elevados costes de los reactores debido a las nuevas medidas de seguridad impuestas por la AIEA y rescató financieramente a unas compañías eléctricas que se hallaban al borde del colapso.

    El cierre de la central de Garoña

    El síndrome del accidente de Fukushima, que comportó una reacción crítica contra las centrales nucleares en algunos países de la Unión Europea, como Alemania (que ha optado por el cierre progresivo de sus 17 centrales nucleares a partir del 2020), o como Italia que optó por realizar un referéndum nuclear, no afectaron a la política energética española. El ex presidente Felipe González, contratado por Gas Natural–Fenosa, ya dijo en el 2006 que la moratoria nuclear que decretó su Gobierno se debió a las dificultades de resolver el problema de los residuos radiactivos, cosa que ahora, según el líder socialista, ha mejorado tecnológicamente (?) “Hay que replantear la moratoria”, vaticinó (4). Sin embargo la liberalización del sector energético no impide que las compañías eléctricas puedan construir nuevas centrales nucleares en España, aunque con la opinión pública contraria y sin poder recibir las ayudas fiscales que tuvieron en el pasado les ha hecho desistir.
    La patronal eléctrica española, que no parece querer aplicar a fondo las propuestas de seguridad exigidas por la UE (los llamados “test stress”) para prevenir accidentes con fusión del núcleo como los ocurridos en la central de Fukushima, ha propuesto al Gobierno Rajoy alargar la vida de las centrales que funcionan hasta 60 años, siguiendo las instrucciones del “lobby” nuclear norteamericano y de las multinacionales Westinghouse y General Electric. Un ejemplo lo tenemos en Nucleonor (participada por Endesa-Enel e Iberdrola), titular de la central de Garoña, que ha presentado al Ministerio de Industria la solicitud para renovar el permiso de funcionamiento de la planta inaugurada hacer 43 años y que dejó de producir electricidad a finales de diciembre de 2012. La eléctrica pretende ampliar la vida útil de la instalación hasta el 2 de marzo de 2031, es decir, 17 años más, cambiando todo su sistema de refrigeración.
    El Consejo de Seguridad Nuclear, controlado por los nucleócratas, está dispuesto a darle luz verde. Greenpeace y las organizaciones de agricultores temen los efectos de un accidente grave que destruiría toda la cuenca del río Ebro y arruinaría sus cosechas. ¡140.000 hectáreas de regadíos resultarían afectadas! Nucleonor responde que hay 23 centrales BWR en Estados Unidos parecidas a la de Garoña que han logrado el permiso para seguir produciendo hasta un período de vida de 60 años. De lograr este alargamiento los beneficios de las eléctricas españolas serían superiores a los 40.000 millones de euros mientras que el Estado ingresaría por la tasa nuclear unos 1.200 millones de euros.
    Los pioneros antinucleares han reaccionado lanzando un manifiesto para cerrar definitivamente Garoña y desnuclearizar España y Europa. Mario Gaviria (Navarra), José Allende (Euskadi), Pedro Costa Morata (Murcia), José Manuel Naredo (Madrid), Juan Serna (Extremadura), Josep Puig, Xavier Garcia y Santiago Vilanova (Cataluña), entre otros, recuerdan, entre sus argumentos, que el Consorcio de Seguro Español, uno de los más antiguos del mundo, cubre ciertos riegos de catástrofes nucleares, pero no cubre el riesgo de una catástrofe nuclear. También proponen para la UE “el modelo alemán-danés.nórdico basado en las energías renovables como alternativa al fracaso del modelo francés nuclearizado”.
    En España socialistas y populares siguen atados al “lobby” nuclear. Su parque nuclear es el que registra más incidentes y paradas técnicas de la UE, especialmente las centrales de Ascó y Vandellós en Cataluña (registran el 43% de todos los incidentes del parque español). El 19 de octubre se cumplirán 25 años del grave incendio en la central de Vandellós I, explotada por la sociedad hispano-francesa Hifrensa, y cuyos residuos eran enviados en tren al centro militar de Marcoule (Francia) para obtener uranio altamente enriquecido y plutonio. El incendio pudo haber provocado una catástrofe del mismo nivel de la ocurrida en Chernóbil. Pero el núcleo no quedó afectado y únicamente se produjo una polución química debida a la quema de quince toneladas de aceites con PCB de los transformadores. La Junta de Energía Nuclear franquista había optado por la tecnología francesa de grafito-gas con la clara intención de derivar los residuos hacia la vertiente militar. El industrial catalán que pactó la instalación con el general De Gaulle, Pere Duran Farell, logró para su empresa,Hidroeléctrica de Cataluña (Hidruña), que tenía una participación de un 23% en Hifrensa, enormes beneficios fiscales y créditos a muy bajo interés. Ahora el desmantelamiento del reactor se financia con las facturas eléctricas de los consumidores y a falta de un Almacén Temporal Centralizado de residuos de alta radiactividad (proyectado en Villar de Cañas, Cuenca, y aún no adjudicado por el Consejo de Seguridad Nuclear) los residuos de Vandellós siguen almacenados en Francia y cuestan a ENRESA, la empresa estatal de residuos radiactivos, 60.000 euros al día. Un despilfarro increíble de dinero público.

    Nucleócratas españoles

    Los problemas ambientales y de seguridad del parque nuclear español están sometidos, como en la época franquista, al silencio de los grandes medios informativos. Las eléctricas tienen presencia en los consejos de administración de los periódicos más leídos, como La Vanguardia y El País, e invierten grandes sumas de dinero en publicidad. Lo mismo ocurre en las televisiones públicas y privadas donde el debate nuclear es inexistente. Las principales voces de los líderes antinucleares y ecologistas están censuradas y cuando se llega a publicar algún libro o ensayo crítico contra la energía nuclear no recibe ninguna divulgación significativa. El Fórum Atómico Español, asociación financiada por la patronal eléctrica, extiende sus tentáculos por toda el espacio mediático. A las organizaciones antinucleares no les queda otra alternativa que acudir a Internet. Gracias a ello se ha podido denunciar en la red la connivencia entre los grandes partidos políticos y la oligarquía eléctrica (el ex presidente Aznar ha sido contratado por Endesa y el ex presidente González trabaja al servicio de Gas Natural-Fenosa). En Cataluña la coordinadora de entidades agrupadas en la Plataforma Ciudadana para un Nuevo Modelo Energético, con el apoyo de 40.000 firmas, ha presentado una denuncia ante la Fiscalía Anticorrupción para que investigue la connivencia entre los partidos políticos y las principales empresas energéticas del país. Algo parecido a lo que está ocurriendo en Japón después del accidente de Fukushima para lograr cambiar la opinión popular contra la puesta en marcha de las 48 centrales nucleares paralizadas. La Autoridad de Regulación Nuclear (NRA) nipona, como el Consejo de Seguridad Nuclear español, está bajo el control de las compañías eléctricas.
    “La energía nuclear es la energía del futuro cuyo tiempo ya pasó”, oí decir irónicamente a Amory Lovins. Pero ni Three Mile Island, ni Chernóbil, ni Fukushima han servido para cambiar el rumbo y la inercia del “lobby” atómico mundial, estrechamente vinculado a los usos militares de la energía nuclear. La opinión pública es claramente contraria a que se siga produciendo electricidad mediante la fisión por los riegos que comporta- a pesar de los informes manipulados de la OMS del impacto sanitario de Chernóbil y Fukushima- y por su gestión centralizada, policial y autoritaria. Pero la paradoja es que las estructuras políticas de los Estados nucleares están corrompidas y son difíciles de derrumbar. Tal vez la creación de nuevos Estados, con Constituciones ecológicas basadas en una democracia participativa, puedan gestionar su política energética de forma más razonable y a favor de un modelo basado en las energías del sol. Los ecologistas españoles suelen reivindicar la fórmula de acudir a consultas populares como lo hacen Suiza y Suecia para cuestiones tan trascendentales como el modelo energético. Es lo que proponen también organizaciones ecologistas independentistas en Escocia y Cataluña, naciones donde se ha iniciado un proceso secesionista de base popular y democrática.
    Las subvenciones a las energías fósiles a nivel mundial superan anualmente los 400.000 millones de euros mientras que las renovables sólo reciben 70.000 millones de euros. España es un país con fuerte radiación solar y sin embargo Alemania la supera en metros cuadrados de instalaciones solares térmicas en las viviendas. ¡En el 2010 las plantas eólicas y solares españolas redujeron la importación de combustibles fósiles en 45.000 millones de euros! El negocio energético español, de 120 a 130 mil millones de euros al año, empezaba a tambalearse. Y el Gobierno Rajoy sirvió en bandeja a las eléctricas un decreto que ha recortado las subvenciones a las energías del sol y creado fuertes impuestos para detener el autoconsumo. Miles de inversores han perdido sus ahorros y las energías eólica y solar han sufrido un grave retroceso. El gas natural ha sido el gran beneficiado. Tanto es así que la sobrecapacidad del sistema eléctrico y de gas facilita el negocio de la exportación a Japón, Corea del Sur y Argentina.
    El debate nuclear en España se halla aparcado debido a los graves problemas económicos, sociales y de corrupción política al más alto nivel; por un alarmante incremento del paro, la pobreza energética y la solidaridad entre autonomías. De no producirse un accidente grave en alguna de las centrales nucleares en funcionamiento – que nadie desea- habrá que esperar la evolución que tenga un modelo energético europeo unificado que opte por las renovables y el cierre progresivo de las nucleares (aunque el nombramiento de Miguel Arias Cañete, ex ministro de Agricultura del Gobierno Rajoy, como Comisario de Energía y Cambio Climático no augura nada bueno ya que parece estar dispuesto a defender la energía nuclear con la falsa excusa de frenar el cambio climático).
    España que, prescindiendo de coyunturas políticas partidistas, podía haber liderado la revolución solar sigue siendo un feudo del “lobby” nuclear. Como hemos visto el dictador Franco lo dejó atado y bien atado. Pero los antinucleares no perdemos la esperanza y seguiremos nuestro pacífico combate en defensa de una Europa desnuclearizada.
    Santiago Vilanova
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    (1) Santiago Vilanova, La bomba atómica de Franco. Los objetivos militares de la energía nuclear en España, Llibres de l´Índex, Barcelona, 2011; Fukushima, el declive nuclear (Icaria,Barcelona, 2012).
    (2) Espagne: Le gouvernement souhaiterait disposer de la bombe atomique, Le Monde, 24-VIII-1979.
    (3) El acuerdo entre la Empresa Nacional del Uranio (Enusa) y Techsnabexport se gestó en 1974 entre el presidente de Enusa, Juan Basabe, y el presidente de la multinacional soviética, Yeugeni Zahkov, siendo corroborado por el presidente de la Junta de Energía Nuclear española, el teniente general Jesús Olivares Baqué. El contrato sería ratificado en 1979 por el Gobierno de Adolfo Suárez y superaba los 400 millones de dólares. En él se acordó que por cada 450 toneladas de uranio natural que ENUSA enviara a la URSS la sociedad Techsnabexport devolvería al Gobierno español 75 toneladas de uranio enriquecido. El contrato se desveló gracias a un artículo del director del departamento de países occidentales del Ministerio de Comercio Exterior de la URSS, Vladimir Simakov, recogido por la delegación de la agencia Efe en Moscú durante el verano de 1977.
    (4) “Yo tomé la decisión de la moratoria nuclear hace veintitantos años por dos razones: la seguridad y el agobio y sobre responsabilidad que suponía la imposibilidad de eliminar los residuos radiactivos. Pero esas circunstancias han cambiado gracias a la seguridad, con la mejora tecnológica de las instalaciones, y los avances sustanciales en la gestión de los residuos por lo que debemos replantearla”. (El País, 21-X-2006. Declaración del ex presidente Felipe González en la Asamblea General del Club de Madrid del 20 de octubre de 2006).
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    Fuente: ulpilex.es

Contra el fundamentalismo científico.

Contra el fundamentalismo científico.

DOGMA 4

1. Planteando el problema

La Ciencia está siendo utilizada como fuente supuestamente “objetiva” de conocimiento y producción de “verdad”, constituyéndose en un mecanismo de poder cuya fuerza y efectividad radica precisamente en que no es percibido como tal:
“Es precisamente esa pretensión de la ciencia de constituirse en metadiscurso verdadero por encima de las ideologías, saberes y opiniones particulares, lo que la constituye como ideología dominante […] su capacidad de persuadirnos de que no estamos siendo persuadidos, es precisamente esa mentira verdadera de la ciencia la que hace de ella la forma más potente de ideología en nuestros días: la ideología científica” [1].
La interacción entre este mecanismo totalitario -que hace pasar una determinada construcción de la realidad por la realidad misma- y la Bioética, esa nueva ciencia que se presenta a sí misma como interdisciplinar y se adjudica la función de decidir hasta dónde debe dejarse actuar a la ciencia y sus aplicaciones, abre la puerta a la impunidad: diagnósticos infalibles, curaciones milagrosas, seres humanos a la carta… la imposición sin trabas de un discurso ideológico con graves consecuencias sanitarias y ecológicas, escamoteado tras la pretendida objetividad científica [2].
El éxito del discurso científico ha sido conseguir que las mayorías formadas en las instituciones educativas del sistema acepten como realidad objetiva exterior, lo que no es más que una construcción subjetiva, cuando no un montaje motivado por intereses inconfesables.
Nos encontramos en manos de quienes tienen el poder suficiente para conseguir que sus teorías se acepten y para impedir que otros las refuten. Se cumple así rotundamente la profecía de Comte en un libro cuyo sólo título ya habla por sí mismo, una obra que sentó las bases del discurso dogmático y reaccionario defendido actualmente por la autodenominada “Comunidad Científica” y sus seguidores:
“La sustituimos por una religión sistemática que desarrolle la unidad del hombre; porque lleva tiempo hacer posible la constitución de tal religión inemdiata y completamente, mediante la combinación de los resultados de nuestro estado previo asistemático. Como consecuencia natural, entonces, de sus principios, el Positivismo acabará con el antagonismo entre las diferentes religiones que lo han precedido, porque reclama como su peculiar dominio ese territorio común en el que todas han descansando instintivamente”[3].
Frente a este discurso fundamentalista, aquí defendemos que lo científico no es objetivo -mucho menos cuando se aplica a lo viviente-, que el método científico no es la única posible aproximación al conocimiento -ni siquiera la más completa- y que la imposición de la ortodoxia bajo auspicios de las multinacionales de la farmacia tiene consecuencias fatales para el medio ecológico y para la salud y el bienestar de la humanidad.

2. Analizando conceptos

“Lo que mueve a la ciencia no es la voluntad de saber,
sino la voluntad de dominar”
Umberto Galimberti
“Atacar la razón científica es hoy una necesidad,
no para acabar con el conocimiento científico
sino para romper su funcionamiento como retórica de la verdad”.
Tomás Ibáñez

“Conocimiento científico”

La mayoría de las fuentes consultadas entienden que el “conocimiento científico” es una aproximación crítica a la realidad basada en el “método científico”. The business dictionary [4] da la siguiente definición que podemos considerar ortodoxa:
“Conocimiento de un hecho o fenómeno adquirido mediante el método científico. Cuatro factores son esenciales para la clasificación de información como conocimiento científico: (1) prueba independiente y rigurosa, (2) publicación mediante “peer review”, (3) medida de error actual o potencial, y (4) grado de aceptación por la comunidad científica”.
La primera condición es impecable… en el supuesto de que pudiera llevarse a la práctica. Sin embargo, las tres condiciones restantes convierten el supuesto “conocimiento del hecho o fenómeno” en una cuestión enteramente subjetiva dependiente de un grupo de “expertos”, de mil y una conjeturas sobre criterios de interpretación de lo que pueda establecerse como “rate of error”, y muy especialmente del “grado de aceptación” por parte de una entelequia indefinida, la “comunidad científica”, “iluminada por un don especial, el ethos científico”, a decir de Emmanuel Lizcano [5].
Otros autores igualmente representantes de la retórica de verdad actual de la ciencia están de acuerdo con matices en que el conocimiento científico se sustenta en dos pilares: reproductibilidad -es decir, la posibilidad de poder repetir un determinado experimento- que exige como condición previa la comunicabilidad y que posibilita la comprobación sin prejuicios; y la falsabilidad, posibilidad de diseñar experimentos que lo nieguen.
Si la condición primordial del Método Científico es la falsabilidad y ésta sólo puede comprobarse de modo fehaciente cuando una teoría resulta efectivamente falsa, entonces lo que tenemos es un conjunto de teorías que aún no han sido refutadas, puesto que el método no puede distinguir entre teorías verdaderas y falsas, sino entre las que son falsadas y las que aún no lo son. Y esto aceptando los criterios propuestos para falsar, es decir para comparar teoría con realidad.
Otra característica fundamental del conocimiento científico es su etnocentrismo, que lleva a la mayoría de los autores a calificar el conocimiento no científico como “vulgar” [6], “común” [7], “ordinario” [8], “precientífico” [9], y en general opuesto al “conocimiento por excelencia” que sería según ellos el conocimiento científico.

“Método científico”

Una definición generalizada: “prácticas utilizadas y ratificadas por la Comunidad Científica como válidas a la hora de exponer y confirmar teorías. Habitualmente se utiliza como forma de eliminar falacias y prejuicios. Solo las ideas que puedan comprobarse experimentalmente están dentro del ámbito de la ciencia”.
El método científico sirve para establecer el conocimiento científico, pero puesto que consiste en prácticas acordadas por la comunidad científica, ello supone que los científicos se ponen de acuerdo sobre el modo válido de establecer el conocimiento. ¿Es posible acordar lo que constituye un conocimiento objetivo? ¿No es un acuerdo la suma de subjetividades coincidentes?
Roland Omnés [10] considera la ciencia como “representación de la realidad” y el “método científico” como “un método para juzgar, no para construir”. ¿Qué significa esto exactamente? ¿Resuelve Omnés los problemas de la intervención humana en el presunto conocimiento objetivo de la naturaleza?
Veamos: “el método de que se trata es aquel que permite comprender cómo se puede reconocer después si una ciencia está firmemente establecida”. Omnés elude por tanto la cuestión inicial: ¿cómo se construye?
Según Omnés, el método tiene cuatro tiempos, el segundo de los cuales es el crucial: “es el de conceptualización […] consiste en elaborar y seleccionar conceptos adecuados a una representación de lo real”. Pero, ¿con qué criterios podemos saber que son “adecuados”?
En el cuarto tiempo de su método, correspondiente a la “verificación”, Omnés viene a plantear la ingenua postura desarmada por Karl Popper y que ya Einstein consideraba poco menos que absurda: que a base de “miríadas de previsiones y experiencias” que nos dicen que la teoría se cumple, podemos darla “sin duda” por “verdadera”.
La crítica más radical a las pretensiones de “objetividad” y “verdad” del discurso científico proceden del anarquismo epistemológico [11], cuyo autor más arriesgado y carismático es Paul Feyerabend, cuyo tratado Contra el Método se ha convertido en un clásico de la contestación a una ciencia esclerotizada y prepotente, a la que Feyerabend coloca un mismo plano con otras vías de acceso al conocimiento.

“Ciencia fáctica”

El epistemólogo Rudolf Carnap planteó una división básica de las ciencias en tres grupos: la Lógica y la Matemática serían ciencias “formales” por oposición a las “empíricas” o “fácticas”, divididas a su vez en dos grupos: las “naturales” -Astronomía, Biología, Física, Geología, Química, Geografía- y las “sociales”: Antropología, Política, Economía, Historia, Psicología, Sociología…
Las ciencias formales utilizan, según Bunge, la lógica para demostrar rigurosamente sus teoremas, las ciencias fácticas necesitan de la observación y la experiencia. Dos rasgos esenciales de las ciencias de la naturaleza son:
—racionalidad: “conceptos, juicios y raciocinios” que pueden combinarse mediante reglas lógicas y organizarse en un “sistema”, es decir en una retórica de verdad o “paradigma” en la conceptualización de Kuhn.
—objetividad: según Ferrater Mora, “objeto” es “lo que no está en el sujeto”, sea real o no. Se trata pués de lo que se percibe en el exterior desde el sujeto. Brown, discutiendo los problemas relacionados con la objetividad científica -que no son pocos ni leves precisamente- dice:
“la tesis de que la ciencia es objetiva […] no es evidente a todas luces, ni tampoco es una afirmación en favor de la cual se haya aportado ningún elemento de juicio empírico. Antes bien, es una proposición paradigmática, un supuesto básico del programa de investigación del empirismo lógico” [12].

“Verdad”

Después de dar vueltas buscando la “infalibilidad mediante la eliminación del juicio humano” durante doscientas páginas, Harold Brown [13] -cuya premisa fundamental es que “el conocimiento solo puede ser verdadero”, acaba diciendo:
“estamos así de nuevo en el mismo punto que comenzamos. A menos que los científicos tengan un método efectivo para determinar de una vez por todas qué proposiciones son verdaderas, no podemos determinar qué parte de la ciencia corrientemente aceptada es de hecho conocimiento, ni tan siquiera si existe algún conocimiento científico en absoluto”.
¡Enorme dilema! Brown acude al razonamiento circular para proponer que lo que no es verdadero no es conocimiento, pero ¿cómo podemos establecer lo que es “verdadero”?
Brown termina cayendo en la misma zanja que el resto de sus colegas: “una vez que nos libramos de la creencia de que la ciencia puede establecer verdades definitivas”, sólo nos queda aceptar “en cambio que lo que puede esperar alcanzar la ciencia es un consenso racional tentativo basado en los elementos de juicio disponibles”. Las páginas finales de su libro están dedicadas a dar su opinión de cómo debe establecerse un consenso “legítimo”.
¿Y dónde queda la incómoda exigencia de “verdad”? La propuesta de Brown es tan sorprendente como desvergonzada: propone aceptar dos definiciones para “verdad”: la “verdad1” correspondería al concepto que denota un valor absoluto y adecuación a la realidad, mientras que la “verdad2” sería la “verdad científica”, aceptando que cualquier proposición que forma parte del conocimiento científico es “verdadera2” aunque no sea “verdadera1”.
Es decir, lo que propone Brown es un concepto de verdad relativa que al insertarla en el terreno de la ciencia se convierte en “absoluta”. ¿Estamos ante un pragmático sin la menor suspicacia? ¿Ante un cínico? ¿Ante un estafador que cree dirigirse a incautos lectores?
Por su parte, Mario Bunge define verdad como lo “que concuerda aproximadamente con su objeto”. El adverbio es suficientemente elocuente; la concesión casi anula el concepto de objetividad, pues ¿quién decide cuánto de aproximado debe ser para que pueda considerarse objetivo? ¿A partir de dónde deja de serlo? No parece sino puro relativismo.
Pero Bunge continua:
“que verifica la adaptación de las ideas a los hechos”. ¿Y cómo lo hace? “recurriendo a un comercio peculiar con los hechos (observación y experimentación), intercambio que es controlable y hasta cierto punto reproducible”.
Nueva ralativización y pregunta obligada: ¿hasta qué punto se permite que pueda llegar esa adecuación o esa falta de adecuación para que la observación pueda considerarse verificada?
La “verdad” es, por tanto, la mentira del sistema que controla los procesos de producción y comunicación de los discursos. Como dice Agustín García Calvo:
“No hay forma de Poder sobre la gente que pueda ejercerse si no es a través de la mentira […] es la mentira y la mentira presentada como verdad y como objeto de fe lo que ha dado siempre fuerza al Poder y sigue dándosela hoy día […] de forma que ¿qué duda os cabe de que la encargada del mantenimiento de esta mentira es la ciencia y que no puede declararse inocente de nada?” [14].
Sólo produciendo a contracorriente, creando contra la “verdad”, ponemos en marcha un auténtico proceso de transformación social.

“Dogmatismo”

“Por extensión, el término dogmatismo designa la tendencia a erigir fórmulas que expresan conocimientos en verdades indiscutibles, al margen del estudio, de la crítica y del debate” [15].
Mario Bunge, considerando la pregunta de si el Método Científico es dogmático, dice:
“No se conoce otro remedio eficaz contra la fosilización del dogma -religioso, político, filosófico o científico- que el método científico, porque es el único procedimiento que no pretende dar resultados definitivos. El creyente busca la paz en la aquiescencia; el investigador, en cambio, no encuentra paz fuera de la investigación y la disensión: está en continuo conflicto consigo mismo, puesto que la exigencia de buscar conocimiento verificable implica un continuo inventar, probar y criticar hipótesis. Afirmar y asentir es más fácil que probar y disentir; por esto hay más creyentes que sabios, y por esto, aunque el método científico es opuesto al dogma, ningún científico y ningún filósofo científico debieran tener la plena seguridad de que han evitado todo dogma” [16].

“Fundamentalismo científico”

A partir del encuadre de Lizcano: “También nosotros tenemos nuestra particular forma de fundamentalismo, es decir, ciertas creencias incuestionadas e incuestionables, ciertos absolutos que justifican cuantos sacrificios se estimen necesarios para su preservación, defensa y expansión. Incluso sacrificios humanos. El nuestro es el fundamentalismo tecno-científico” [17], propongo -esquemáticamente- las siguientes reflexiones:
La ciencia moderna es el “reino de la cantidad”, “desprecia o aparta una parte considerable de los datos de la experiencia, a saber, todos los que presentan un carácter genuinamente cualitativo” [18]. Ese desprecio por lo esencial -cuyo origen se halla en el racionalismo cartesiano, que a su vez hunde sus raíces en el Renacimiento y ha desembocado en el materialismo moderno- la convierte en“completamente incapaz de explicar nada” [19].
Paradójicamente, la ciencia -empeñada en la búsqueda de principios que no dependan de la subjetividad humana y eviten por tanto desembocar en relativismo, irracionalidad, discrecionalidad…- pretende un origen “suprahumano” para fundamentarse, que la arrebata de las manos de lo que ella misma considera racional y la lanza directamente al mismo terreno que la tradición, la intuición, la religión y demás conocimientos de los que pretende diferenciarse y que considera “inferiores”.
Frente a esas “pseudociencias”, la ciencia pretende autolegitimarse como objetiva, como conocedora de una verdad exterior que no depende de la subjetividad e individualidad humana, pero, por otra parte, niega todo lo que no es material, es decir, todo lo que no puede percibir el ser humano con sus sentidos.
Ernesto Sábato:
“Las regiones más valiosas de la realidad -la más valiosa para el hombre y su existencia- no son aprehendidas por esos esquemas de la lógica y la ciencia […] De las tres facultades del hombre, la ciencia sólo se vale de la inteligencia y con ella ni siquiera podemos cerciorarnos de que existe el mundo exterior ¿Qué podemos esperar de problemas infinitamente más sutiles? […] el arte y la literatura, pues, deben ser puestas al lado de la ciencia como otras formas de conocimiento” [20].
No deja de ser paradójico que un movimiento humanista haya sentado las raíces de la deshumanización, ya que “como servidor de la máquina, el propio hombre debe convertirse en máquina” [21].
El resultado final de ese proceso de caída -enunciado lúcidamente por Guénon en 1945- es el hecho de que las “aplicaciones prácticas” -la Era Tecnológica, diríamos 65 años después- “constituyen la única superioridad efectiva de la civilización moderna; superioridad poco envidiable por otra parte y que, desarrollándose hasta ahogar toda otra preocupación, ha dado a esta civilización el carácter puramente material que hace de ella una verdadera monstruosidad” [22].
Y es que, en estos momentos, ya no hablamos de la ciencia moderna en el sentido en que lo era en los siglos pasados, sino que, como dice Bauer:
“la ciencia del siglo XXI es diferente de la `ciencia moderna´de los siglos XVII al XX; se ha producido una transformación `radical, irreversible, estructural´ a nivel mundial, en la forma de organización y actuación de la ciencia […] Un aspecto de ese cambio es que el ethos científico ya no se corresponde con las tradicionales normas `mertonianas´ de escepticismo desinteresado y puesta a disposición pública; ha quedado subordinada a los intereses de las corporaciones” [23].

REFERENCIAS

[1] LIZCANO, E. “Ciencia e Ideología”, en Diccionario crítico de Ciencias Sociales, Madrid y México, Editorial Plaza y Valdés, 2009. (http://www.ucm.es/info/eurotheo/diccionario/C/ciencia_ideologia.htm).
[2] GARCIA BLANCA, Jesús. Bioética, biociencias y biotecnologías. Una propuesta de revisión crítica en el contexto de las relaciones de poder. Congreso Bioética y Medio Ambiente. Universidad de La Habana, 13-15 de noviembre, 2003.
[3] COMTE, August. Catecismo de la Religión Positiva. Londres, John Chapman, 1858
(http://books.google.es/books?id=FaMNAAAAYAAJ&printsec=frontcover&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false).
[4] http://www.businessdictionary.com/definition/scientific-knowledge.html
[5] LIZCANO, Emmanuel. “La ciencia, ese mito moderno”, en Claves de razón práctica, nº 32, 1993, pp. 66-70.
[6] http://www.filosofia.org/enc/dfc/conocimi.htm
[7] http://sociologiac.net/biblio/Bachelard_ConocimientoC.pdf
[8] http://grupobunge.wordpress.com/2006/09/16/conocimiento-ordinario-y-cientifico/
[9] http://www.alipso.com/monografias/laciencia2_otra_vez /
[10] OMNÉS, Roland. Filosofía de la ciencia contemporánea. Barcelona, Idea books, 2000. pp. 201 y ss.
[11] RAMIREZ SALINAS, L. A. “El anarquismo epistemológico”, 2002 (www.rmg.com.py). RAMIREZ, Oscar V. “El proceso kafkiano a la ciencia y la razón de P. K. Feyerabend”. Jornades de Foment de la Investigació. Universitat Jaume I. (http://www.uji.es/bin/publ/edicions/jfi5/ciencia.pdf)
[12] BROWN, Harold I. La nueva teoría de la ciencia. Madrid, Tecnos, 1983. p. 204.
[13] BROWN, Harold I. op. Cit. p. 200.
[14] Transcripción de su intervención en la mesa redonda “Ciencia: pro y contra”, celebrada el 15 de noviembre de 1994 en la Facultad de Biología de la Universidad de Barcelona, Archipiélago, 20, primavera de 1995, pp. 75-83.
[15] http://es.wikipedia.org/wiki/Dogma
[16] BUNGE, Mario. La ciencia. Su método y su filosofía. Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1998 (http://www.linksole.com/da443i).
[17] LIZCANO, Enmanuel. Metáforas que nos piensan. Sobre ciencia, democracia y otras poderosas ficciones. Traficantes de Sueños y Ediciones Bajo Cero, 2006 (http://traficantes.net/index.php/trafis/editorial/catalogo/otras/metaforas_que_nos_piensan).
[18] GUÈNON, René. El reino de la cantidad y los signos de los tiempos. Barcelona, Paidós, 1997, p. 68.
[19] GUÉNON, René. Op. Cit. p. 66.
[20] SABATO, Ernesto. Hombres y engranajes. Madrid, Alianza Editorial, 1980.
[21] GUÉNON, René. Op. Cit. p. 59.
[22] GUÉNON, René. Op. Cit.
[23] BAUER, H.H. “Science in the 21st Century: Knoledge Monopolies and Research Cartels”. Journal of Scientific Exploration, Vol. 18. Nº 4, pp. 643-660, 2004.
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Jesús García Blanca |   saludypoder.blogspot
Extractos de la comunicación presentada en el Congreso SIDA – Conocimiento y Dogma Condiciones de surgimiento y declive de las teorías científicas, 16/17 de julio 2010, Viena, Austria.