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Entrevista a Enrique Martinez Reguera


Entrevista a Enrique Martinez Reguera

¿Cuál fue la intención al reeditar “Por si llegas a leernos querido Walter?

Nos motivó el habernos enterado de nuevos e interesantes datos sobre este caso. Hemos sabido que la familia extensa de Walter lo reclamó repetidamente desde Camerún antes de haber sido entregado en adopción y no entendemos cómo España puede dar en adopción un niño que no es español, sin contar con el país de donde procede ni con la familia que cuidó los tres primeros años del niño y podía seguir haciéndolo.

Cuando fuimos a Logroño, lo hicimos con el deseo de que un amigo jesuita hiciera de mediador entre la familia biológica y la familia adoptiva, para que ambas se conocieran y pudieran establecer una relación cordial. Guste o no, la realidad es que este niño tiene dos familias que le quieren y que podrían contribuir a su bienestar y su desarrollo. No se discuten los derechos de las familias sino el derecho de este niño a gozar de ambas familias. Walter tiene dos hermanitos que desean conocerle ¿en nombre de qué supuesto “interés superior” del menor se les ha arrebatado a esos niños el crecer junto a su hermano mayor? Con el señuelo de un supuesto “interés superior del menor” a Walter se le han hurtado sus raíces, su memoria, su primera crianza, ignorando hasta el color de su piel.

En esta segunda edición del libro habéis incluido una carta dirigida a los padres adoptivos. ¿Qué deseáis comunicarles? ¿Pensáis que la hayan leído?

Se nos ocurrió que un capítulo debería expresar lo que deseamos. Lo fundamental es, que no queremos entablar disputa sobre el niño. Jamás hemos pensado arrebatarlo; al niño ya le ha bastado de truculencias con una sola vez. Al contrario, estamos muy agradecidos por el cariño y la atención que le ofrecen. Lo que sí queremos, es que se reconozca la realidad: que ambas familias tienen un cariño en común, a una misma persona y esto debiera unirlas, nunca enfrentarlas. Además el chiquillo ya tiene trece años y se estará preguntando por qué vive con la familia con la que vive. ¿Sabe que sus papás llevan años luchando por poder abrazarlo? Lo que querríamos transmitir es que el niño podrá ser más feliz sabiendo que ni él ni los papás que le dieron vida tienen nada de qué avergonzarse.

Monike y Ferdinand han sido absueltos ante el Juzgado de lo Penal y ante la Audiencia de todas las acusaciones que los servicios sociales formularon contra ellos.

Ciertamente. Aun así, éstos, los mal llamados servicios sociales, nunca han rectificado. En mi opinión: actuaron precipitadamente porque a los dos días de recoger información sobre el caso ya declararon el desamparo; actuaron tendenciosamente, porque sólo recogieron las opiniones que suscitaban sospechas, y ninguna de la información favorable que abundaba: de la guardería donde estaba el niño, de la casera en donde vivía, del forense, de la psicóloga oficial, de los especialistas de la Universidad de Bilbao que estudiaron el caso, etc., ni finalmente de la fiscalía. Se saltaron la normativa, no hubo un plan de actuación tal y cómo dicta el protocolo local, nacional e internacional.
La legislación cántabra, española y europea dicen claramente que la familia extensa tenga prioridad frente a la adopción cuando sea posible. Esto era posible, estaba reclamando al niño. Entregaron en adopción a un niño que no era español sin contar con el país ni con la familia de origen. Algo tendrá que decir Camerún.

Actuaron con indisimulada crueldad: cómo se le puede permitir a un funcionario por muy técnico que se crea “sentenciar”: “jamás volverán a ver a su hijo” o dificultando el poder visitarlo, incluso contraviniendo las disposiciones del juez.

Actuaron del modo más traumático, por la forma cómo se lo llevaron, que un niño de cuatro años tuvo que vivir inevitablemente como un secuestro.

Actuaron con dudosa legalidad, porque resolvieron la adopción anticipándose a la sentencia absolutoria dictada por el juez de lo penal.

Actuaron de forma asocial, coaccionando a la abogada que defendía el caso y amenazando a la guardería y a la cocina económica con retirarle los recursos sociales, por el interés que mostraban en defender al niño.

De hecho, ahora, el caso irá al constitucional por vía administrativa y si tampoco ahí se resuelve, irá ante la justicia europea.

¿El caso de Walter es una excepción o conoces más casos?

Son multitud. Yo he conocido esta misma semana otros dos casos. La ley de protección jurídica del menor es en realidad una ley de desprotección jurídica de las familias. El mundo económico/político que vivimos tiene sumo interés en sacarle rentabilidad a las familias sin otros recursos, institucionalizándolas, estatalizándolas, interviniéndolas. Convirtiendo en materia de consumo su tiempo real y sus expectativas de futuro.

Ahora se habla mucho (y con razón) de los niños que se robaron bajo el franquismo. Pero desde los años 80 para acá se sigue arrebatando multitud de niños, aunque ahora no se “roban”, se “expropian” como si fueran un mueble, como siempre hicieron los regímenes autoritarios.

En la época de Franco si una familia necesitada no se veía capaz de alimentar a sus hijos, entregaba alguno a una institución religiosa que le merecía confianza. Y las familias que deseaban adoptar un niño acudían a esa misma mediación. Todo ello envuelto en gratificaciones económicas. Es fácil imaginar los abusos y aberraciones a que se prestaba tal sistema.

Lo que ahora ocurre es, que en nombre del supuesto interés superior del menor y a cobijo de un ley de protección jurídica, se ha sustituido aquella mediación privada por un abigarrado sistema intervencionista de “técnicos”, psicólogos, pedagogos, logopedas, educadores de fin de semana y etc, etc. Y lo que antes eran “gratificaciones” ahora se ha convertido en “ineludibles servicios” que mueven ingente cantidad de intereses y capital; personas que van a vivir y viven de gestionar e intervenir sobre esas familias y esas indefensas criaturas. Sofisticado y brumoso sistema de tráfico de niños.

Me sorprende la alarma originada por el despropósito de Tramp, de separar a los niños inmigrantes de sus padres, en contraposición con la ciega y sorda indiferencia de nuestra ciudadanía ante los miles de niños que todos los años arrebatan las comunidades autónomas a sus padres. La ley de protección jurídica del menor, que por cierto redactó la interpol en Shegen, lo sacraliza todo.

Y entrando ya en minucias de bulto, me preocupa muchísimo el secretismo, anonimato y la clandestinidad, con que actúan los supuestos “técnicos” o comisarios políticos de intervención en la infancia. Con el pretexto de protegerse. Si tienen que protegerse de las personas sobre las que intervienen es porque nuestros “servicios sociales” han dejado de serlo.

Te proponemos hacer un puente entre la etapa franquista y nuestra actualidad. Queríamos preguntarte por el negocio de la seguridad, la criminalización de la infancia a través del concepto de “peligrosidad” y los años 80.

En los años 80, cuando entró el Psoe, institucionalizaron la infancia: ley de protección jurídica, ley penal de menores, decreto de derechos y deberes de los alumnos. Los “chavales” dejaron de serlo y se convirtieron en “menores” que es un concepto jurídico/penal. Para ello montaron una gigantesca campaña de criminalización. Horas y horas hablando en los medios de comunicación de niños navajeros… toda una estrategia para hacernos creer que los chavales se habían vuelto peligrosísimos. Sobre esa campaña de miedo, se instaló el negocio de la seguridad ciudadana; un negocio que hasta entonces no existía: puertas blindadas, cerrajerías, vehículos equipados, cámaras de videovigilancia, guardas jurados, policías de menores…

Recomiendo sobre este tema un librito que publiqué hace tiempo en la Editorial Popular y que se llama “La calle es de todos”, donde a través de recortes de periódicos de la época, muestro el negocio en que se convirtió la infancia mediante el miedo y la inseguridad. Si lo tomáis con humor, hasta puede ser divertido. Querían que desconfiáramos unos de otros para acabar con el tejidos social y lo consiguieron. Cambiaron la noción de infancia. Ya no son niños como cuando yo lo era. Ahora son menores. Y así van transitando de chiquillos a menores, de menores a clientes, de clientes a usuarios de una plaza, de usuarios a plazas disponibles, porque las plazas no sienten ni padecen.

Miles de familias como estos vecinos de Astillero sobre los que hablamos, se ven solas en situaciones complicadas. De no ser por pequeñas alianzas y gestos solidarios, es más fácil que prolifere el abuso y la violencia contra ellas. ¿Qué es lo primero que hacéis tú y tus compañeros cuando os encontráis con situaciones como esta?

Cuando conocemos un caso, salimos a su encuentro, nos ofrecemos, lo acompañamos.
Imaginate lo que pudo ser para estas personas migrantes del Camerún, que de la noche a la mañana la comunidad cántabra les arrebatase un hijo, les amenazase con 9 años de cárcel por supuestas torturas.

Lo que hacemos y recomendamos es establecer todos los vínculos humanos que sean posibles, para compartir el problema desde dentro.

Lo primero es, estar al lado de sus penurias e incluso de sus posibles errores para que su cambio sea posible. Lo segundo, advertir a la ciudadanía que el miedo la está cosificando, que es necesario recuperar la calle y el tejido social, en una época en donde la sacralización del dinero y el dogmatismo del capital nos está deshumanizando, cosificando.

Debemos crear grupos de apoyo, tejido social, denuncia social.

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El triunfo del desamor. El repudio de la infancia en la sociedad moderna.

El triunfo del desamor. El repudio de la infancia en la sociedad moderna.


La continua caída de la natalidad es la expresión más clara de la desafección de la sociedad actual hacia los niños y las niñas, su ausencia en la experiencia cotidiana de millones de personas, la desaparición del deseo de maternidad-paternidad en un grupo creciente de mujeres y hombres, será un elemento importante en la destrucción de la civilización humana tal como la conocemos, Los niños y niñas viven hoy segregados socialmente, molestan en casi todas partes, son ajenos al mundo de sus mayores, no comparten lenguaje, proyectos, intereses, problemas ni conflictos, en muchos casos ni siquiera comen lo mismo. En las sociedades de la modernidad tardía las criaturas están condenadas a llevar una existencia falsa, nutrirse de actividades, espacios, experiencias y diversiones especiales para ellos de manera que adultos e infantes casi parecen especies diferentes. Convertidos en objetos exóticos, no se les comprende lo que hace más fácil que ni se deseen ni se les ame.
No puede considerarse la desnatalidad en occidente como el resultado de la elección de los sujetos, o del aumento de la libertad de las mujeres como se dice sino de un proceso inducido desde arriba por el feminismo de Estado que es instrumento esencial de las instituciones coercitivas del poder(1). Las directrices institucionales han conseguido modificar de forma sustancial la conciencia de millones de mujeres y hombres que han pasado a considerar a los niños y niñas un elemento de opresión y explotación de sus madres, que se ven, según dicen, sometidas y limitadas en su independencia y pierden ventajas materiales así como posibilidades de consumo y diversión. En general, se considera que los hijos roban a sus madres la satisfacción de sus propias necesidades y deseos. Los derechos de las mujeres se presentan enfrentados a los de las criaturas e incompatibles con ellos.
La adhesión al trabajo asalariado y su derivado, el dinero y lo que se consigue a través de él, por parte de un sector decisivo de las mujeres es el factor de más peso en la renuncia e incluso el repudio de la experiencia maternal. El sistema educativo es un agente principal del adoctrinamiento contra la maternidad por ello el nivel académico es inversamente proporcional al número de hijos (en las clases bajas y medias, pues en la clase alta, en la actualidad, la fecundidad es más alta)
La caída demográfica no es pues el resultado de las dificultades económicas, la falta de ayudas estatales ni la elección autodeterminada de los individuos sino de la eficacia arrolladora de la maquinaria de dominación mental del Estado moderno que ha conseguido intervenir de forma decisiva en los impulsos más primarios de los sujetos, someter a sus designios las emociones, conductas y relaciones más íntimas instalándose un policía en la conciencia de cada individuo.
Un feminismo antimaternalista(2) que es anterior, pero que ha sido incorporado al feminismo de Estado) ha conseguido destruir en un sector significativo de las féminas el deseo de tener hijos (que afecta también a muchos varones). La falta de amor e interés por las criaturas produce un ascenso imparable del egoísmo como inevitable estado de quienes no tienen otra preocupación que su propia persona, se pierde la capacidad de apreciar los valores inmateriales como son los afectos, las relaciones, la comunicación con los otros, la ayuda, la colaboración, la convivencia, los vínculos o la simple alegría que las niñas y niños proporcionan a su entorno. La falta de obligaciones, responsabilidades y problemas, la ausencia de reflexión para solucionar los escollos de la educación y guiar el desarrollo de los hijos, tiende, a no ser que otras metas trascendentes sustituyan estas tareas, a embotar la inteligencia y arruinar la creatividad.
La exclusión social a que están sometidos los niños y niñas, que no participan de las conversaciones ni las reuniones sociales de sus mayores, ni de sus trabajos, obligaciones y diversiones, su aislamiento del mundo de los adultos, impide que puedan aprender de la vida real y los convierte, en muchas ocasiones, en seres fastidiosos y cargantes, incapaces de respetar las más elementales normas de la convivencia con los otros, ajenos a las necesidades y problemas de sus padres, egocéntricos y egoístas, esclavos de sus caprichos o apetencias, inconscientes y violentos. De este modo se cierra el círculo argumental y se confirma, para muchos, la máxima de que la crianza es una penosa experiencia.
Todas estas situaciones son solo una forma de materialización de los profundos conflictos que afectan a la práctica del acto genésico humano, acto que ha sido caotizado de modo trascendental por el aparato de adoctrinamiento de los poderosos.
Quienes se arriesgan a ser padres o madres en la sociedad presente carecen de certezas acerca de la tarea de criar, proteger y educar a sus hijos. En la sociedad tradicional los sujetos tenían contacto con los niños de forma cotidiana, compartían con la infancia momentos y situaciones vitales de todas las clases, observaban la forma como ejercían la maternidad las mujeres del entorno y también la manera como los hombres practicaban la paternidad, se incorporaban al acerbo de juegos, canciones, retahílas y poesías de la tradición oral que estaban basadas en el conocimiento profundo de los hitos del desarrollo infantil en todos sus aspectos: afectivo, comunicativo, motriz, relacional etc. En el mundo rural tradicional, por ello, el cariño hacia las criaturas se producía de manera natural(3) paralelamente al conocimiento de la idiosincrasia y singularidad de esta etapa de la vida, conocimiento que se transmitía de forma horizontal creando vínculos inquebrantables entre las generaciones.
En la actualidad la crianza ha sido enajenada de la comunidad de los iguales para ser dominio de los expertos(4), extendiendo la idea de que las madres y los padres no son competentes para educar a sus hijos, que no pueden guiarles ni comprenderles si no se ponen en manos de las autoridades del sistema. Se explica tal acontecimiento, no como lo que es, una pérdida, sino como una adquisición, argumentando que las familias tienen derecho a recibir del Estado la asistencia a las necesidades de sus hijos, embelleciendo el rostro de la máquina estatal capitalista que aparece como la locomotora del progreso social y la emancipación de los ciudadanos, sobre todo de las ciudadanas que se ven “liberadas” de la carga de sus hijos e hijas, para poder entregarse al trabajo productivo y el consumo de productos y diversiones.
Las relaciones materno-filiales (y, por extensión también las paterno-filiales) se construyen hoy a través de un intrincado revoltijo de teorías, casi todas ellas ajenas a la realidad y a la experiencia práctica. La madre, tan importante en el desarrollo infantil, es ahora, en muchos casos, una mujer angustiada por el conflicto entre sus intereses (no siempre auténticos) y los de sus hijos. Encuentra una enorme dificultad para conciliar el trabajo productivo y la crianza de manera que oscila entre las conductas de abandono y de hiperprotección convirtiéndose así en una figura ambivalente que genera una enorme inseguridad, miedo y dependencia en las criaturas.
Algunas corrientes del feminismo maternalista, no solo no han resuelto estos problemas, sino que han venido a embrollar aún más la experiencia de la maternidad convirtiendo a la mujer en sujeto de impulsos, pulsiones e instintos de búsqueda de placer a través de la reproducción (lo que puede definirse como una forma de neomachismo que nos reduce a nuestro útero) y al hijo o hija en objeto gratificante de consumo fisiológico-emocional, a la vez que sujeto de la protección inefable de una madre cuyo vínculo deviene, inevitablemente, en patológico. Concebidos ambos como entes dominados por sus pulsiones y deseos, básicamente físicos, que han de ser satisfechos de inmediato y despojados de los atributos humanos de la conciencia y la capacidad de elección de fines, su relación daña a los dos. Exacerbando el componente libidinal de la experiencia de la reproducción la adulteran y falsifican, pues la maternidad-paternidad es un acontecimiento de una gran complejidad que integra impulsos sexuales primarios, procesos afectivos, categorías morales y axiológicas, satisfacción de necesidades básicas y esenciales y elementos culturales y sociales, pero es, ante todo, un acto de amor, pues el vínculo afectivo hacia los hijos es el más desinteresado de los lazos que nos unen a los otros, y, por ello, el más humano. No es casual que la arqueología defina el carácter humano de las sociedades a través de la huella que en el registro arqueológico dejan las relaciones de afecto, de cuidado y dedicación a los dependientes, que están más allá de la crianza física (que es común a todos los mamíferos).
Así mismo se niega la fundamental singularidad de la paternidad y su aportación esencial y no sustituible a la crianza, expulsando a los hombres del hecho reproductivo tanto en la calidad de agentes participantes en la decisión, como en su contribución educativa.
Como resultado de todo ello se está transformando de forma radical, no solo la relación con los niños y niñas sino la concepción esencial de las personas, pues ya los infantes no son considerados seres humanos completos, dotados por ello de un valor intrínseco y una consideración primaria en tanto que individuos(5). De sus necesidades son excluidas la conciencia de sí mismos y del mundo-ambiente, la capacidad de elección en cuestiones limitadas pero muy reales y todas las demandas del espíritu. Al negarles los valores que son atributos de la humanidad se inicia un escabroso camino hacia la creación de una sociedad deshumanizada compuesta de individuos capaces de servir con diligencia en el trabajo, los ejércitos y las tareas que les sean encomendadas pero incompetentes para la libertad y la gestión autodeterminada de sí mismos y la sociedad.
En el pasado, a través de la educación como proceso social, lo humano, su sentido y significado, se reconstruía generación tras generación. El esfuerzo que empleaba la comunidad de los adultos en su labor educativa, incluía tanto la recogida de la experiencia acumulada cuanto su mejora a través de la propia práctica. Esta actividad, además precisaba de la reflexión sobre numerosos aspectos reales y concretos de la existencia humana y, por ello, estimulaba el ejercicio del análisis tanto como la capacidad práctica de tomar decisiones y obrar en consecuencia. Es obvio que el desafío vital de la maternidad-paternidad ayuda a superar, de alguna manera, las limitaciones inherentes a nuestra condición humana que nos arrastra muchas veces a la mezquindad y el egoísmo. Los niños se convierten así en agentes activos del desarrollo de la sociedad y gran potencia unitiva de los adultos pues ellos no son solamente el objeto de la educación sino también educadores en tanto que mejoran el entorno en que crecen y se convierten en instrumento de enriquecimiento personal de aquellos que les cuidan.
De la experiencia de la crianza y cuidado de los hijos resulta un crecimiento innegable de la capacidad individual y social para la convivencia, para crear vínculos y lazos comunitarios y desarrollar formas humanas de vida, su ausencia es expresión material (no la única pero sí importante) de una crisis civilizatoria de impredecibles consecuencias.

NOTAS:
(1) La inmigración es hoy el gran negocio del sistema, pues permite trasladar los costes de la crianza de los seres humanos a las mujeres de los países de Tercer Mundo. España tiene una población extranjera diez veces superior a su crecimiento natural por nacimientos, y gracias a ello el país se puede permitir una natalidad muy lejana a la tasa de reposición de la población. Por ello el antiguo sistema de opresión femenina que se basaba en inducir la alta natalidad para nutrir los ejércitos de los Estado ha sido radicalmente transformado hoy y sustituido por nuevas formas de opresión que consisten en destinar a las féminas a las obligaciones laborales y las propiamente militares con su incorporación a los ejércitos.
(2) Simone de Beauvoir, en “El segundo sexo”, dice que las mujeres “encierran dentro de sí un elemento hostil, la especie, que las roe” y apostilla que “la gestación es un trabajo fatigoso que no ofrece a la mujer ningún beneficio individual (sic)”, pensamiento monstruoso que es mera ideología de extrema derecha, un atentado a los fundamentos de la condición humana.
(3) En “Los desiertos de la cultura. Una crisis agraria” Santiago Araúz de Robles enfatiza la ternura del grupo hacia los niños y niñas y el lugar propio que estos tienen en la comunidad.
(4) En 1949, Benjamin M. Spock publicó “Tu hijo” puede considerarse este texto el hito de inicio, en el mundo anglosajón, de la gran perturbación que destruiría la transmisión cultural de los conocimientos acerca de la crianza. De ese texto se han vendido cincuenta millones de ejemplares y ha sido traducido a cuarenta y dos idiomas.
(5) Con argumentos como los que se pueden leer en un diario de gran tirada, “se limita (el bebé) a estrujar las ubres que le sostienen. Pero aparte de un calor humano animal, no produce un intercambio, sólo recibe. Pero se mitifica la maternidad para que nadie pueda racionalizar el proceso… esta gratificación impide muchas veces a las mujeres que su carrera profesional… pueda a su vez ser gratificante” El País 9-01-2001 “El precio de un hijo”, Josune Aguinaga. Con seguridad la persona que esto escribe no ha tenido nunca contacto con un bebé y no ha podido vivir y apreciar la capacidad afectiva, comunicativa, relacional e intelectual que desarrolla el ser humano desde su nacimiento. Si así es, no debería atreverse a componer frases tan rotundas como pérfidas.
Fuente: Revista de pedagogía “En la fila de atrás” nº3.

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