[ Cultura y Anarquismo-tik hartua]
Recientemente se ha cumplido el bicentenario del nacimiento de Marx.
Este acontecimiento ha recibido la atención de diferentes articulistas
que han aprovechado la ocasión para hablar de esta figura histórica,
generalmente en términos aduladores. Por esta razón es hora de hacer una
valoración de las ideas contenidas en la obra de Marx, aunque sólo sea
de forma muy general, para examinar con la perspectiva del tiempo
histórico las consecuencias de las mismas.
En primer lugar hay que señalar que Marx es el fundador de una gran
ideología que, a diferencia de todas las demás, lleva su nombre. Esto es
bastante indicativo de la naturaleza tanto de sus ideas como del gran
movimiento político que se inspiró en ellas y que adoptó el nombre de
marxismo. La preeminencia de la figura de Marx como gran autoridad,
tanto ideológica como intelectual y política, constituye un elemento
central en el marxismo que viene complementado con el no menos notorio
culto a la personalidad que tanto ha caracterizado a las organizaciones
basadas en esta ideología.
Sin lugar a dudas la obra de Marx es prolija. Pero en el balance
final que puede hacerse de esta es incontestablemente negativo, al menos
si nos remitimos a las consecuencias que sus planteamientos ideológicos
y filosóficos han provocado. En lo que a esto respecta son numerosos
los ejemplos históricos de aquellos países en los que las ideas de Marx
fueron puestas en práctica, o que en su caso inspiraron la instauración
de regímenes autodefinidos como socialistas o populares. El resultado
fue en todos los casos, sin excepción, la creación de inmensas distopías
llenas de terror, violencia, corrupción y miseria. Ahí tenemos el caso
de China donde el partido-Estado ejerce un dominio omnímodo sobre la
sociedad, y donde la desigualdad y la falta de libertad es rampante.
Pero también están otros casos no menos reseñables como el de Corea del
Norte, Cuba, la URSS, la RDA, la Rumanía de Ceaucescu, la Albania de
Enver Hoxha, la Camboya de Pol Pot, etc. Bien podrán decir los acólitos
del marxismo que estos ejemplos son desviaciones de las ideas de Marx, y
que estas no fueron puestas en práctica tal y como fueron pensadas por
el propio Marx. Lo cierto es que este argumento, a la luz de los hechos,
no se sostiene, y hoy vemos cómo la izquierda en todo el planeta está
completamente desacreditada al igual que las ideas de Marx en las que
históricamente buscó inspiración. Incluso aquellas organizaciones que
sin ocupar posiciones de mando toman como referencia la obra y
pensamiento de Marx demuestran en su práctica cotidiana, al igual que en
el obrar de sus máximos representantes, la verdadera faz de las ideas
marxistas: corruptelas, clientelismo, luchas de poder, violencia,
sectarismo, autoritarismo, etc.
Si Marx se ha caracterizado por algo es por su completa falta de
originalidad a la hora de desarrollar su propio pensamiento, hasta el
punto de que la mayoría, por no decir la totalidad, de sus ideas sólo
son préstamos tomados de otros autores que le precedieron. Lo esencial
de su pensamiento ya estaba contenido en las obras de los materialistas
franceses, especialmente de los fisiócratas, pero también en autores del
mundo anglosajón como Adam Smith o David Ricardo, sin olvidar la más
que obvia deuda intelectual con Hegel del que tomó su lógica dialéctica y
la aplicó a los procesos históricos y sociales.
Marx ha pasado a la posteridad por haber sido uno de los personajes
históricos que más daño ha hecho al pensamiento humano. Sus logros en
este sentido son dos. El primero es haber articulado una gran narrativa
en la forma de sistema de pensamiento que pretende explicarlo todo. En
esto el marxismo no se diferencia en nada importante de ninguna religión
pues al igual que estas se fundamenta en una serie de axiomas que
operan como dogmas, y a partir de ellos desarrolla toda su lógica
argumental y explicativa con la que organiza el mundo. Axiomas que por
supuesto no están demostrados en modo alguno. Pero además de esto el
marxismo se caracteriza por no dejar espacio para el libre pensamiento
al implantar todo un sistema de ideas esencialmente cerrado que gira en
torno a su propia lógica interna que se encarga de reproducir ad
infinitum. Es de sobra conocido cómo el marxismo, allí donde han sido
implantados regímenes políticos inspirados en esta ideología, ha
suprimido toda libertad de conciencia y ha impuesto a la sociedad su
particular forma de pensar que, para legitimarse, se ha presentado como
científica y objetiva. Y ahí es donde el marxismo llegó a ser algo más
que una ideología al pretender mostrar las leyes impersonales que rigen
la historia, y que proporcionan el conocimiento preciso para transformar
el mundo en un sentido revolucionario. De ahí que Lenin exclamase que
el marxismo es todopoderoso porque es cierto.
El marxismo viene a ser una religión política en la que Marx es su
profeta encargado de mostrar la verdad revelada constituida por el
marxismo como nueva fe.
El Capital, junto a otras obras como
El manifiesto comunista,
es la biblia de este credo político. En esa biblia está contenido el
conocimiento que, en forma de leyes históricas, sociales y económicas,
rige el universo y en virtud de las cuales este puede ser transformado.
El partido comunista es la iglesia en la que se organizan los líderes de
esta fe encargados de conducir a la comunidad de fieles, compuesta por
el movimiento obrero, hacia el paraíso terrenal del comunismo, ese nuevo
cielo en la tierra. La revolución viene a jugar el papel del día del
juicio final, la gran catarsis que redimirá a los justos y condenará a
los malvados. Engels, Lenin, Trotsky, Gramsci, Stalin, Mao, etc., son
los apóstoles de esta religión que se ocupan de impartir directrices y
desarrollarla en su puesta en práctica. Junto a ellos están los
intelectuales comprometidos, esa vanguardia revolucionaria que vela por
la ortodoxia ideológica en el seno del movimiento obrero y de la iglesia
que constituye el partido. Son un nuevo clero que se encarga de decir
lo que está bien y mal, lo que es aceptable y lo que no lo es, lo
correcto e incorrecto, porque ellos están imbuidos de un conocimiento
objetivo, científico y sobre todo auténtico que los convierte en una
autoridad indiscutida. Y finalmente nos encontramos con el Estado que es
en todo esto el nuevo Dios que nos salva. Un Dios mortal que en las
manos correctas nos redime y actúa de manera benéfica, completamente
desinteresada, para construir una nueva humanidad.
El segundo gran logro de Marx contra el pensamiento humano es su
reduccionismo. Un reduccionismo que consiste en enfocar el mundo, y
consecuentemente todos los procesos humanos, a través de una perspectiva
tan limitada como la que ofrece la filosofía del materialismo
histórico. Una filosofía que reduce al ser humano a la condición de
estómago con patas al afirmar que el hecho fundamental de la sociedad es
la producción, y por tanto la forma de obtener los medios de vida. La
economía, y con ella las relaciones de producción, son la base de toda
sociedad y el elemento determinante de su desarrollo histórico en la
medida en que todos los restantes procesos sólo son epifenómenos de la
base material y económica sobre la que se organiza la sociedad. Se trata
de una concepción del mundo y de la vida esencialmente burguesa, y que
sólo entiende la realidad en términos económicos, y por tanto numéricos y
monetarios. Para el marxismo todo es una cuestión de beneficios
económicos, de rentabilidad y productividad, y en última instancia de
dinero.
El economicismo del marxismo, algo que comparte con el liberalismo,
lleva a cabo una deformación profunda de la realidad al afirmar que el
poder económico que se forma en las relaciones de producción es el que
articula la superestructura política, de manera que esta última depende
en todo lo esencial de la economía. El Estado, entonces, es el resultado
de las relaciones sociales que se desenvuelven en la economía, y por
tanto la consecuencia directa de la existencia de relaciones de
explotación en la que la clase privilegiada se dota de los medios de
coerción precisos para mantener su posición dominante. Esto es lo que
condujo a Marx a considerar el gobierno del Estado moderno la junta que
administra los negocios comunes de toda la clase burguesa. Sólo la
ruptura revolucionaria que conduzca al proletariado a la conquista del
Estado puede hacer que este comience a funcionar en interés de la clase
obrera al mismo tiempo que reprime a la clase explotadora. Un
planteamiento que en modo alguno resiste cualquier análisis histórico
del surgimiento del Estado y de su posterior evolución, y lo mismo cabe
decir de los sucesivos intentos de poner en práctica las ideas de Marx.
El marxismo, con su economicismo, ha hecho lo imposible para
presentar la economía como el factor determinante de la política. Y al
hacerlo ha socializado entre la clase obrera una concepción burguesa del
mundo que sólo tiene en cuenta los beneficios económicos, el dinero, la
rentabilidad, etc., y que entiende todo, absolutamente todos los
fenómenos sociales, en esos términos. El marxismo ha demostrado ser así
un agente aburguesador de la clase obrera al sumirla en una ideología
que rinde culto a la economía y al logro del máximo beneficio, y para la
que el dinero y la producción lo son todo. El marxismo consiguió que la
clase obrera aprendiese a pensar, sentir, ser y obrar como la
burguesía, y sobre todo a resultarle apetecible todas aquellas cosas que
precisamente le parecen apetecibles a la burguesía. El marxismo
convirtió al burgués en el espejo en el que el obrero pasó a mirarse.
Esto fue llevado hasta el punto de convertir la condición burguesa en la
principal aspiración obrera. De este modo el marxismo preparó y ejecutó
la derrota ideológica del movimiento obrero frente a la burguesía.
La imagen que el marxismo presenta de la realidad, especialmente en
su versión socialdemócrata, es la de un mundo en el que banqueros,
empresarios, etc., constituyen el poder económico que controla y dirige
el Estado como máxima institución del poder político. El Estado sirve a
los intereses de los capitalistas porque sólo es una maquinaria, un
instrumento de opresión que, sin embargo, puede cambiar su finalidad si
es controlado por el proletariado, y más concretamente por los
representantes de esta clase social. Entonces el Estado se convierte en
un ente salvador y benéfico que redime a la sociedad al pasar a estar a
su servicio en la medida en que es dirigido y organizado según los
preceptos establecidos por Marx.
Lo cierto es que Estado y Capital constituyen a día de hoy una misma y
única realidad. Tal es así que el Estado es el principal poder
económico en la sociedad al apropiarse de una porción del PIB por medio
del gasto que ninguna corporación privada alcanza, llegando en algunos
casos al 50 ó 70% del mismo. Esto hace que el Estado, con sus
presupuestos, sea la organización que mayor cantidad de recursos
financieros, económicos y materiales controla y gestiona, sin olvidar la
ingente cantidad de funcionarios que tiene a su servicio como mano de
obra (el Estado español dispone de aproximadamente 3 millones de
funcionarios, más que ninguna corporación privada). Asimismo, ninguna
empresa del capitalismo privado tiene la capacidad de gravar la economía
con impuestos y menos aún de regularla por medio de innumerables
organismos y agencias de las que dispone el Estado, sin olvidar las
leyes que organizan tanto el mercado como la economía en su conjunto. El
Estado se sirve en primer lugar a sí mismo, sólo después sirve al
Capital y lo hace en la medida en que esto le permite servirse de este
para conseguir sus propios objetivos que, obviamente, trascienden lo
puramente económico. Si el Estado es algo es un maximizador de poder y
no de beneficios, tarea que históricamente dejó en manos de la
burguesía.
Vemos cómo la izquierda, una y otra vez, apoyada en esa mitología
ideológica expelida por el marxismo, ahonda en esa reaccionaria y
anticuada idea de defensa del Estado como remedio de todos los males. Y
lo hace con el claro propósito de promocionar a sus líderes a la
condición de burguesía de Estado encargada de gestionar los ingentes
recursos que dicha organización concentra. La burguesía de izquierda
martillea la conciencia de la sociedad mediante la repetición
sistemática del discurso marxista, y sobre todo socialdemócrata, de que
el Estado nos salva, y que desde sus instituciones es como puede
cambiarse la realidad injusta del capitalismo. En este sentido el
marxismo anula la capacidad reflexiva del sujeto y ciega a quienes se
dejan embaucar por un discurso ensordecedor que no se atiene lo más
mínimo a los hechos concretos. El resultado es la permanente postración
de la clase sometida bien al Estado o bien a una casta de charlatanes
que dice representarla.
En todo esto huelga decir que la extinción del Estado como meta
última era para Marx una mera concesión retórica para acallar las
críticas, pero difícilmente puede conseguirse la desaparición del Estado
cuando lo que se propone es su progresivo fortalecimiento y
crecimiento, siempre a expensas de la sociedad, mediante la
administración de la dominación. La falta de coherencia entre medios y
fines, al plantear que el Estado puede ser desvinculado de los fines
para los que fue creado (la opresión de la población por una minoría
organizada), es lo que lleva una y otra vez a los mismos resultados que
hemos podido comprobar en diferentes lugares como la URSS, China, Cuba,
etc. En todos ellos apareció una nueva elite dirigente, una burguesía de
izquierdas, que oprimió a la población con mayor saña que sus
predecesores.
El culto al Estado es un rasgo definitorio del marxismo y de todos
los partidos que se adhieren a esta ideología. No por casualidad el
fascismo nació en la izquierda e hizo de ese culto al Estado su
principal divisa política, a la que le siguió el culto a la personalidad
que tanto predicamento tiene en la izquierda. Es lo propio de una
ideología totalitaria en la que la libertad y la ética nada importan al
estar supeditadas al principio de eficacia política en la lucha por el
poder. Sin lugar a dudas la razón instrumental ha sido un elemento
fundamental en la práctica de las organizaciones marxistas, lo que unido
a las ideas desarrollistas, productivistas e industrialistas hacen
explicable que cuando el marxismo ha sido puesto en práctica haya
producido sociedades distópicas llenas de sufrimiento para la población.
El balance general que puede hacerse de las ideas de Marx, y más
específicamente de su sistema de pensamiento, es negativo. La historia, a
la que los marxistas siempre han considerado el último juez, da
suficientes pruebas de la negatividad intrínseca de una ideología que
tanto daño ha producido a la humanidad. Una ideología que se empecina en
separar al capitalismo del Estado cuando es el Estado el que crea,
protege y reproduce el capitalismo. Una ideología que hace de la
principal causa de los males de la humanidad, el Estado, el remedio de
esos mismos males que produce. El marxismo, junto al izquierdismo que le
es intrínseco, merece el repudio de todos los que amamos la libertad, y
que por ello mismo aspiramos a un mundo sin amos ni esclavos, sin
explotadores ni explotados, sin jefes ni súbditos, sin gobernantes ni
gobernados, sin opresores ni oprimidos. Por todo esto Karl Marx sólo
puede ser considerado una fatalidad que únicamente merece estar en el
cubo de la basura de la historia.
Esteban Vidal