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Gran triunfo municipal del ciudadanismo y revelación de su valor efectivo

Gran triunfo municipal del ciudadanismo y revelación de su valor efectivo     


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El 4 de abril de 2016 ha tenido lugar el desalojo por la policía municipal del Centro Social Ocupado y Autogestionado Transformadors, de acuerdo con la orden del ayuntamiento barcelonés hecha pública el 21 de marzo. El 1 de julio de 2015 se había actuado con más contundencia contra tres inmigrantes que ocuparon un edificio abandonado de la calle Creu de Molers y fueron desalojados por policías antidisturbios. La nueva administración municipal de Barcelona mostraba que su manera de “cambiar las cosas” no difiere demasiado de la anterior en las formas, aunque no recurra gratuitamente a la brutalidad policial, pero coincide plenamente con ella en el fondo: en ambas se trata de control y pacificación del espacio urbano. Trias tuvo su piedra en el zapato con Can Vies; Colau la tendrá sin duda en Transformadors y en el Banc Expropiat de Gràcia, también amenazado de desalojo inminente. La autogestión y la participación quedan bien en los discursos, pero no desempeñaron ningún papel en la “rebelión democrática” que llevó la formación Guanyem Barcelona a dirigir el consistorio, previa alianza con los neoestalinistas de IC-V y EUiA, personal con más experiencia en la gestión tecnoburocrática de los ayuntamientos.
Dado el carácter ambiguo, interclasista y abiertamente ciudadanista del discurso del 15M, la PAH y las asociaciones de vecinos, no cabía esperar otra cosa que una candidatura municipal. La desvinculación exhibicionista por parte de Colau de los enfrentamientos entre manifestantes de la Marcha por la Dignidad del 22 de marzo de 2014 y la policía antidisturbios, ya mostraba un pacifismo fariseo típico de todos los aspirantes a poltronas. A pesar de todo Colau decía la verdad: “lo que pasó al final no tiene nada que ver con nosotros”. Tocada con la camiseta verde de Stop Desahucios, no hacía más que teatro, como lo hace ahora con su pose solidaria con los refugiados. Actuaba. Aparte de las lógicas ambiciones políticas, los personalismos y la natural predisposición a figurar de los militantes catapultados a escena tras un largo tiempo de oscuridad, a día de hoy no podemos dudar de los propósitos de cambio del nuevo equipo. Son reformistas sinceros, no trepadores oportunistas ávidos de poder como los miembros de Podemos. Nuestros demócratas rebeldes sabían donde se metían cuando decidieron aprovechar el clima político de hastío creado por la acentuación de las maneras empresariales de dirigir la segunda metrópolis española. Colau entendía que la vara de alcalde vendría acompañada de barreras infranqueables, contradicciones irresolubles y componendas vergonzosas, pero estaba dispuesta a pagar el precio con tal de servir honestamente a “la ciudadanía.” Para empezar, iba a sacrificar los intereses particulares de colectivos concretos (okupas, trabajadores, desahuciados, sin papeles, etc.) en pro de un interés superior, el “interés general de Barcelona”. Pero ese interés no es más que el de la Marca Barcelona, es decir, la suma de intereses privados que se esconden tras la gestión pública del municipio, sean de tipo comercial, turístico, inmobiliario, tecnoindustrial o financiero, sin olvidar los del entramado de altos cargos de las empresas municipales. Comprendiendo su impotencia frente a la megamáquina barcelonesa, tuvo que fichar a tecnócratas del equipo de Hereu y aprovechar los proyectos inacabados de la etapa socialista (líneas 9 y 10 del Metro, reforma de la Diagonal, estación de la Sagrera del AVE, carril bicicletas, el 22@, etc.), con lo cual el “nuevo urbanismo” no se iba a distinguir demasiado del viejo.
A Colau no le quedaba prácticamente más libertad de cambio que la de cambiar de sitio el busto del rey anterior. Y hemos de reconocerle una especial habilidad en llamar la atención a través de gestos a la galería, brindis al sol y twitters, una forma muy política de ocultar la falta de resultados tangibles de su gestión que pudieran marcar una diferencia cualitativa con las administraciones anteriores. Sus oponentes de la derecha carca se lo ponen fácil usándola como blanco de su machismo. Sin embargo, no habrá convencido a nadie que se halle comprometido realmente con las luchas sociales, pero ha conseguido el beneplácito de la empobrecida clase media urbana, tan apegada a su propiedad y a su plaza de garaje, al menos tanto como lo consiguió en su día Maragall, y sin el apoyo mediático de éste. Es un mérito, pero no sólo de humo vive la política, por lo que intentaremos evaluar la actuación del colauismo en los tres asuntos más candentes de Carcelona: la cuestión social, el turismo y la circulación.
El primer fracaso importante tuvo lugar en el frente de los desahucios, la especialidad de la casa y el trampolín que permitió a Colau lanzarse a la política. A pesar de iniciar su mandato parando un desahucio, a primeros de diciembre pasado la Plataforma de Afectados por las Hipotecas emitía un duro comunicado denunciando la pasividad de la alcaldesa ante los desalojos. A pesar de las promesas y del auxilio de una ley del Parlament sobre “emergencia habitacional”, el equipo de Colau no había tocado el parqué de tres mil pisos vacíos en manos de bancos, inmobiliarias y grandes propietarios, ni mucho menos multar la expulsión de inquilinos. Después de semejante vuelta de chaqueta, ya no resulta extraño que los manteros protestaran por el acoso blando de la policía y exigieran planes de empleo para todos, otra promesa incumplida, signo inequívoco de que el equipo municipal consideraba prioritario los intereses de los “botiguers”. En cuanto al reciente conflicto del transporte público, la reducción de la temporalidad en los empleos ha sido sacrificada para mantener los altos salarios de los directivos de la EMT.
En resumen, en muy poco tiempo el empuje reformista ha sucumbido frente a unas fuerzas con mucho más poder que los hipotecados y los trabajadores, cosa que quedará corroborada con el nuevo enfoque dado a la cuestión turística. De entrada ni la candidatura de Barcelona En Comú ni la FABV eran contrarias al turismo, sino a su masificación, responsable de la degradación de la vida cotidiana en los barrios del centro y la Barceloneta. En la alcaldía están a favor del desarrollo tecnológico, de las smarts cities y de los grandes eventos como el Mobil World Congress, “un triunfo colectivo” para Colau. Es más, la alcaldesa había firmado su adhesión al acuerdo sobre el cambio climático de la cumbre de París COP21, promovida por burocracias ambientalistas, elites económicas, ecologistas tecnócratas y hombres de Estado. Con tal mar de fondo, la solución no podía ser la reducción drástica del turismo sino la descongestión de los barrios afectados, trasladando la construcción de hoteles a los barrios pobres, tal como explica un Plan Especial Urbanístico para el Alojamiento Turístico. Se quiere seguir atrayendo inversores y se acepta que millones de visitantes sean la materia prima de una industria que está cambiando la fisonomía de la ciudad tanto como lo hizo el automóvil. Y a eso vamos, a comprobar que tras la verborrea del “modelo de ciudad” y de la “movilidad sostenible”, no hay nada que vaya a cambiar una ciudad comida por la especulación, el turismo masivo y la polución del aire (responsable de 3500 muertes prematuras al año), un “laboratorio urbano” diseñado expresamente para el automóvil y los negocios.
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Si las reformas urbanas intentan conciliar los intereses dominantes (los de las clases dominantes) con las tímidas demandas vecinales, sólo obtendremos cataplasmas, que lejos de erradicar el mal, solamente tratan de disimular sus excesos. Nunca se va a realizarse una restricción seria de la circulación o del consumo energético, las únicas capaces de reducir la contaminación, no ya porque no se quiera contrariar al automovilista privado, votante potencial, o por que no se quiera perjudicar a la industria de la automoción, que cuenta con beligerantes representantes políticos en Convergència, Ciudadanos y el PP, o sencillamente porque no se deseen suprimir empleos de mierda, sino porque ningún cambio contempla alternativas no capitalistas en la producción, en la movilidad y en la distribución. Barcelona se ha convertido en una monstruosa fábrica a la que no hay que engrasar sus lúgubres mecanismos, sino desmontar de abajo arriba. Algo que Colau ni puede ni tiene intención de hacer.
¡ESTE AYUNTAMIENTO TAMBIÉN DESALOJA!
Argelaga, 5 de abril de 2016

La peste ciudadana. La clase media y sus pánicos

La peste ciudadana. La clase media y sus pánicos


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Que la economía y la política vayan a la par es algo elemental. La consecuencia lógica de tal relación es que la política real ha de ser fundamentalmente económica: a la economía de mercado corresponde una política de mercado. Las fuerzas que dirigen el mercado mundial, dirigen de facto la política de los Estados, la exterior, la interior y la local. La realidad es ésta: el crecimiento económico es la condición necesaria y suficiente de la estabilidad social y política del capitalismo. En su seno, el sistema de partidos evoluciona de acuerdo con el ritmo desarrollista. Cuando el crecimiento es grande, el sistema tiende al bipartidismo. Cuando se detiene o entra en recesión, como si obedeciera a un mecanismo homeostático, el panorama político se diversifica.

El capital, que es una relación social inicialmente basada en la explotación del trabajo, se ha apropiado de todas las actividades humanas, invadiendo todas las esferas: cultura, ciencia, arte, vida cotidiana, ocio, política… Que hasta el último rincón de la sociedad se haya mercantilizado significa que todos los aspectos de la vida funcionan según pautas mercantiles, o lo que es lo mismo, que cualquier actividad humana es gobernada por la lógica capitalista. En una sociedad-mercado de éstas características no existen clases en el sentido clásico del término (mundos aparte enfrentados), sino una masa plástica donde la clase del capital -la burguesía- se ha transformado en un estrato ejecutivo sin títulos de propiedad, mientras que su ideología se ha universalizado y sus valores han pasado a regular todas las conductas sin distinción. Esta forma particular de desclasamiento general no se traduce en una desigualdad social menguada; bien al contrario, es mucho más acentuada, pero incluso con el aguijoneo de la penuria ésta se percibe con menor intensidad y, por consiguiente, no induce al conflicto. El modo de vida burgués ha inundado la sociedad, anulando la voluntad de cambio radical. Los asalariados no quieren otro estilo de vida ni otra sociedad esencialmente diferente; a lo sumo, una mejor posición dentro de ella mediante un mayor poder adquisitivo. El antagonismo violento se traslada a los márgenes: la contradicción mayor radica más que en la explotación, en la exclusión. Los protagonistas principales del drama histórico y social ya no son los explotados en el mercado, sino los expulsados y quienes se resisten a entrar: los que se sitúan fuera del “sistema” como enemigos.

La sociedad de masas es una sociedad uniformizada, pero tremendamente jerarquizada. La cúspide dirigente no la conforma una clase de propietarios o de rentistas, sino una verdadera clase de gestores. El poder deriva pues de la función, no del haber. La decisión se concentra en la parte alta de la jerarquía social; la desposesión, principalmente en forma de empleo basura, precariedad laboral y exclusión, se ceba en la parte más baja. Las capas intermedias, encerradas en su vida privada, ni sienten ni padecen; simplemente consienten. Sin embargo, cuando la crisis económica las alcanza, las tira hacia abajo. Entonces, dichos estratos, denominados por los sociólogos clases medias, salen de ese inmovilismo que era basamento del sistema de partidos, contaminan los movimientos sociales y toman iniciativas políticas que se concretan en nuevas formaciones. Su finalidad no es evidentemente la emancipación del proletariado, o una sociedad libre de productores libres, o el socialismo. El objetivo es mucho más prosaico, puesto que no apunta más que al rescate de la clase media, o sea, a su desproletarización por la vía político-administrativa.

La expansión del capitalismo, geográfica y socialmente, comportó la expansión de sectores asalariados ligados a la racionalización del proceso productivo, a la terciarización de la economía, a la profesionalización de la vida pública y a la burocratización estatal: funcionarios, asesores, expertos, técnicos, empleados, periodistas, profesiones liberales, etc. Su estatus se desprendía de su preparación académica, no de la propiedad de sus medios de trabajo. La socialdemocracia alemana clásica vio en esas nuevas “clases medias” un factor de estabilidad que hacía posible una política reformista, moderada y gradual, y desde luego, un siglo más tarde, su ampliación permitió que el proceso globalizador llegara al límite sin demasiadas dificultades. El crecimiento exponencial del número de estudiantes fue el signo más elocuente de su prosperidad; en cambio, el desempleo de los diplomados ha sido el indicador más claro de la desvalorización de los estudios y, por lo tanto, el termómetro de su abrupta proletarización. Su respuesta a la misma, por supuesto, no adopta rasgos anticapitalistas, ajenos completamente a su naturaleza, sino que se materializa en una modificación moderada de la escena política que reaviva el reformismo de antaño, centrista o socialdemócrata, pomposamente denominada “asalto a las instituciones”.

La clase media se halla en el centro de la falsa conciencia moderna por lo que no se contempla a sí misma como tal; para ella su condición es general. Todo lo ve bajo su óptica particular exacerbada por la crisis, sus intereses son los de toda la sociedad. Sociológicamente, todo el mundo es clase media; sus ideólogos se expresan en el lenguaje de cartón piedra de Negri, Gramsci, Foucault, Deleuze, Derrida, Baudrillard, Bourdieu, Zizek, Mouffe, etc. Para ellos el “gran acontecimiento”, la quiebra del régimen capitalista, es algo que nunca sucederá. La revolución es un mito al que conviene renunciar en aras de una contestación realista a la crisis que fomente la participación ciudadana a través de las redes sociales, o sea, la cacareada “dialéctica de contrapoder”, no que impulse el cambio revolucionario. Políticamente, todo el mundo es ciudadano, o sea, miembro de una comunidad electrovirtual de votantes, y en consecuencia, ha de apasionarse con las elecciones y las nuevas tecnologías. Cretinismo ideológico posmoderno por un lado, cretinismo parlamentario tecnológicamente asistido por el otro, pero cretinismo que cree en el poder. Su concepción del mundo le impide contemplar los conflictos sociales como lucha de clases; para ella aquellos son simplemente un problema redistributivo, un asunto de ajuste presupuestario cuya solución queda en manos del Estado, y que por consiguiente, depende de la hegemonía política de las formaciones que mejor la representan. La clase media posmoderna reconstruye su identidad política en oposición, no al capitalismo, sino a “la casta”, es decir, a la oligarquía política corrupta que ha patrimonializado el Estado. Los otros protagonistas de la corrupción, banqueros, constructores y sindicalistas, permanecen en segundo plano. La clase media es una clase temerosa, espoleada por el miedo, por lo que busca hacer amigos más que enemigos, pero ante todo busca no desequilibrar los mercados; la ambición y la vanidad aparecerán con la seguridad y la calma que proporciona el pacto político y el crecimiento. Al constituirse como sujeto político, su ardor de clase se consume todo ante la perspectiva del parlamentarismo; la contienda electoral es la única batalla que piensa librar, y ésta discurre en los medios y las urnas. En sus esquemas no cabe la confrontación directa con la fuente de sus temores y sus ansias -el poder de “la casta”- ya que sólo pretende recuperar su estatus de antes de 2008, reforma que pasa por la despatrimonialización de las instituciones, no por su liquidación.

El concepto de “ciudadanía” ofrece un sucedáneo identitario allí donde la comunidad obrera ha sido destruida por el capital. La ciudadanía es la cualidad del ciudadano, un ente con derecho a papeleta cuyos adversarios parece que no sean ni el capital ni el Estado, sino los viejos partidos mayoritarios y la corrupción, los grandes obstáculos del rescate administrativo de la clase media desahuciada. La ideología ciudadanista, a la vanguardia del retroceso social, no es una variante pasada por agua del obrerismo estalinoide; es más bien la versión posmoderna del radicalismo burgués. No se reconoce ni siquiera de boquilla en el anticapitalismo, al que considera caducado, sino en el liberalismo social de corte más o menos populista. Esto es así porque ha tomado como punto de partida la existencia degradada de las clases medias y sus aspiraciones reales, por más que se apoye en las masas en riesgo de exclusión, demasiado desorientadas para actuar con autonomía, y asimismo en los movimientos sociales, demasiado débiles para creer y mucho menos desear una reorganización de la sociedad civil al margen de la economía y del Estado. En ese punto, el ciudadanismo es hijo putativo del neoestalinismo fracasado y de la socialdemocracia obstruida. El programa ciudadanista es un programa de advenedizos, extremadamente maleable y tan políticamente correcto que da arcadas, ideal para arribistas frustrados y aventureros políticos en paro. Los principios no importan; su estrategia es conscientemente oportunista, con objetivos únicamente a corto plazo, perfectamente compatibles con pactos que el día antes de las elecciones hubieran sido considerados contra natura.

En ningún programa ciudadanista figurarán la socialización de los medios de vida, la autogestión generalizada, la supresión de la especialización política, la administración concejil, la propiedad comunal o la distribución equilibrada de la población en el territorio. Los partidos y alianzas ciudadanistas se proponen simplemente un reparto de ingresos que amplíe la base mesocrática, es decir, pugnan por unos presupuestos institucionales que detengan las privatizaciones, eliminen los recortes y reduzcan la precariedad laboral, sea por la creación de pequeñas empresas, o por la cooptación de una mayoría subempleada de titulados en las tareas administrativas, intenciones que no son nada rupturistas. No llegan a la arena política como subversivos sino como animadores; lo de cambiar la constitución de 1978 no va en serio. Todavía no han puesto el pie en el ruedo y ya exhiben realismo y moderación a raudales, enarbolando la bandera monárquica y tendiendo puentes a la denostada “casta”. Son conscientes de que una vez consolidados como organizaciones y en posesión de un capital mediático suficiente, el paso siguiente será una gestión de lo existente más clara y eficaz que la anterior. Ninguna medida desestabilizadora les conviene, pues los líderes ciudadanistas han de demostrar que la economía se desenvolverá menos críticamente si son ellos quienes están al timón de la nave estatal. Forzosamente han de presentarse como la esperanza de la salvación por la economía, por eso su proyecto identifica progreso con productividad y puestos de trabajo, o sea, es desarrollista. Persigue entonces un crecimiento industrial y tecnológico que cree empleos, redistribuya rentas y aumente las exportaciones, bien recurriendo a reformas del sistema impositivo, bien a la explotación intensiva de los recursos territoriales, incluido el turismo. Lo de menos es que los empleos sean socialmente inútiles y respondan a necesidades auténticas. El realismo económico manda y completa al realismo político: nada fuera de la política y nada fuera del mercado, todo para el mercado.

El relativo auge del ciudadanismo, con sus modalidades nacionalistas, viene a demostrar el deficiente calado de la crisis económica, que lejos de sacar a la luz las divisiones sociales y sacar a la luz las causas de la opresión, dando lugar a una protesta consciente y organizada que se plantee la destrucción del régimen capitalista, ha permitido a otros disimularlas y oscurecerlas, gracias a una falsa oposición que lejos de cuestionar el sistema de la dominación lo apuntala y refuerza. Una crisis que se ha quedado a mitad de camino, sin desencadenar fuerzas radicales. No obstante, las crisis van a continuar y a la larga sus consecuencias no podrán camuflarse como cuestión política y terminarán emergiendo como cuestión social. Todo dependerá del retorno de la lucha social verdadera, ajena a los medios y a la política, recorrida por iniciativas nacidas en los sectores más desarraigados de las masas, aquellos que tienen poco que perder si se deciden a cortar los lazos que les atan al destino de la clase media y bajan de su carro. Pero dichos sectores potencialmente antisistema hoy parecen agotados, sin fuerzas para organizarse autónomamente, incapaces de erigirse en sujeto independiente, y por eso el ciudadanismo campa a sus anchas, llamando suavemente a la puerta de los parlamentos y consistorios municipales para que le dejen entrar. Esa es la tragicomedia de nuestro tiempo.

Argelaga, 30 de abril de 2015.

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LA MONEDA SOCIAL, ¿UNA HERRAMIENTA TRANSFORMADORA?



LA MONEDA SOCIAL, ¿UNA HERRAMIENTA TRANSFORMADORA?



El grupo por la defensa del territorio del Alto Palancia analiza el fenómeno de la moneda social a partir de los discursos del Movimiento Decrecentista francés y la Cooperativa Integral Catalana, a los que considera sus principales promotores. Los primeros, a nivel europeo y, los segundos, en la península. Si bien a estos grupos hay que reconocerles el haber introducido en la escena pública un cierto cuestionamiento del mito liberal del crecimiento ilimitado y el colapso al que nos conduce, hay que recriminarles del mismo modo su autocomplaciencia general, de la que deriva que hablen de“salir de la economía” sin un proceso de luchas y enfrentamientos previo, considerado no deseable […] O lo que es lo mismo, salir del capitalismo sin un proceso de derribo, tan solo con la buena voluntad de un conjunto deprosumidores” (productores/consumidores).
Publicado en 
Argelaga 3
1. Entorno a algunas experiencias significativas en el ámbito cooperativista
Para analizar el nuevo fenómeno de la «moneda social», que se está introduciendo en la Península Ibérica y se ha extendido a lo largo y ancho del territorio, y cómo se ha formalizado esta propuesta para que pueda desarrollarse en nuestra comarca, tenemos que partir del análisis de los grupos promotores de dichas iniciativas: el Movimiento Decrecentista francés y la formación de la Cooperativa Integral Catalana (C.I.C.).
Por un lado, los decrecentistas franceses son los iniciadores a nivel europeo de este empuje cooperativista que está tomando forma bajo la influencia de Serge Latouche y otros pensadores menos conocidos, que reintrodujeron en la escena pública asuntos que tenían que ver con la necesidad de cuestionar la ideología del crecimiento sin límites y el desborde al que nos conduce. Muchas de sus ideas pueden parecer, en principio, atractivas, y así ha sido para el grueso del movimiento agroecológico, que necesitado de respuestas sencillas y convincentes, las han utilizado para formar elcorpus teórico de estas prácticas en positivo, cuyo mayor exponente son las de las redes de ecoaldeas, grupos de consumo, la bioconstrucción, aunque no han sido los únicos. La revista progresista francesa más laureada, léase Le monde Diplomatique, o instituciones con tan poco talante transformador como la misma onu, se han sumado al carro en algún momento debido a lo superficial y fácilmente asimilables que eran las ideas generadas por dicha tendencia ideológica, pero sobre todo por el esquematismo general en el que son incluidas propuestas como la de la «moneda social», lo cual es prioritario valorar para entender cómo se llega a plantear esta iniciativa. Pues bien, esta atmósfera a analizar es la de «salir de la economía» sin un proceso de luchas y enfrentamientos previo, considerado no deseable. La fórmula consiste en apartarnos a un lado, crear islotes de autogestión y que se vayan reproduciendo, formando redes de gente dispuesta a practicar en positivo la autosuficiencia en el marco actual, para ir creando así la alternativa post-capitalista, como ya reza alguno de estos grupos. O lo que es lo mismo, salir del capitalismo sin un proceso de derribo, tan solo con la buena voluntad de un conjunto de «prosumidores» (productores/consumidores), nada nuevo bajo el sol.
Por otro lado, y refiriéndonos al interior de la Península Ibérica, no podemos olvidar la gran difusión que tanto la C.I.C. como los periódicos Podem y Rebelaos han realizado de estas propuestas. Ambos han sido los pioneros en introducir la herramienta de la «moneda social» en el ámbito cooperativista catalán, movimiento que ya empezaba a ser notorio unos cuantos años atrás, antes del «boom» de la difusión de la economía social en el resto de la Península Ibérica. En este periódico monográfico se fragua lo que llaman la alternativa cooperativista. En él se hace un llamamiento a que se generalice este modelo al resto del Estado con herramientas parecidas a las de la «moneda social», lo cual, nos dicen, será la base que permitirá esa «autogestión integral». No sabemos si el Ayuntamiento de Villarreal también se habrá irradiado con estas «perspectivas revolucionarias», ya que no ha tardado en formalizar su propia propuesta de «moneda social».
En este sentido, y por poner un ejemplo más consolidado a nivel europeo, en Toulouse, el Sol Violette (moneda social francesa) comenzó a andar en mayo de 2011. Desde sus inicios no ocultaron que debía ser complementaria con el Euro y que pretendía sustituirlo en un futuro, en un marco donde las «monedas sociales» ya estuvieran generalizadas, y tuvieran que ser los Estados los que dieran un paso al frente al hacer uso de esta nueva economía. Si vemos el vídeo promocional del Sol Violette, se nos explica que se han invertido 120.000 euros para que la moneda salga adelante y empiece a dar sus primeros pasos, bajo la colaboración del Ayuntamiento de Toulouse, un agente poco transformador para el entusiasmo emancipador que desprenden los protagonistas del vídeo.
A nuestro entender, los responsables en lanzar la iniciativa respiran un positivismo casi patológico (del de mirar hacia otro lado para que el problema desaparezca), generando la creencia de que si la gente se suma a la propuesta y el uso de la moneda se generaliza, la alternativa ya estará en marcha, borrando de un plumazo todo el proceso de conflicto, de lucha en defensa del territorio y por una comunidad libre, necesarios para que la gente podamos reapropiarnos del sentimiento de lo común y que las relaciones sociales se empiecen a entender de una manera diferente.
Dejando ahora a un lado el caso francés y analizando este fenómeno a un nivel general, iniciativas parecidas no son rechazadas, como ya decíamos, por los poderes locales (Villarreal, Barrio de Ruzafa, etc.). Es algo parecido a las propuestas de «bancos de tierras» realizadas por poderes municipales en estos últimos años de crisis, que permiten un lavado de imagen a los mismos que se han encargado de poner trabas al sentimiento colectivo e imponer un individualismo desmesurado en nuestros pueblos. Siguiendo esta línea, en poco tiempo estas propuestas serán asumidas también por los Estados, ya que sirven para que personas excluidas aguanten mejor una situación que en algún momento puede llegar a ser insostenible. Para constatar esta idea, en la página de la Xarxa Local d’Intercambi del Camp del Turia (promotora de los Ecos en el este peninsular) hemos encontrado la siguiente aseveración:
En otros países donde estos sistemas se han desarrollado bastante, el Estado ha ignorado también el coladero de impuestos porque esto ahorra al Estado el gasto en prestaciones sociales, o se llega a un acuerdo para proporcionar servicios al Estado. Nuestro punto de vista es que cuando el CES se haga grande, el Estado debería convertirse en un usuario del CES y participar en él con normalidad. De esta manera el Estado podría conseguir crédito por sí mismo a través de los servicios que proporciona a todos los miembros y cargar su débito al comprar los servicios de los usuarios del CES.
Afirmaciones parecidas podemos extrapolarlas a cualquier promotor de la «moneda social», incluso hay quien considera que la estabilidad económica de un país como Suiza se explica por el peso del wir en la economía nacional, argumento que aunque parezca exagerado sí que nos muestra cuales son los objetivos últimos de las «monedas sociales» en el ámbito europeo, estabilizar la economía del país en épocas de recesión.
2. El uso de Internet y el «ágora virtual»
La herramienta cibernética, o software, que necesita la moneda para registrar las operaciones se denomina ces. Cabe decir que es como un gestor centralizado donde deben inscribirse todos los intercambios o transacciones realizadas de modo que mantiene actualizado el estado en que se encuentra tu cuenta personal (ya se trate de un saldo positivo o en negativo). Su objetivo es aunar todas las «monedas sociales» del mundo permitiendo intercambios internacionales entre monedas de diferentes países.
El CES es algo parecido a una «comunidad virtual» cuando a la suma de los usuarios de todo el mundo se le quiere denominar «comunidad», hecho a nuestro juicio inadmisible de aceptar, ya que se está haciendo uso de un concepto de manera tan distorsionada, que coincide con la terminología que utilizan las «redes sociales» para nombrar a dichos espacios de interacción cibernética, lo cual ya tendría que haber alertado a más de uno, a excepción de los usuarios del asamblearismo cibernético, tan de moda últimamente, a los que desde luego les parecerá «normal».
Junto a esta globalización virtual de los intercambios, los argumentos defendidos van en la dirección de fortalecer los lazos comunitarios a un nivel local, pero nos preguntamos si realmente entienden lo que es el sentimiento de comunidad, ya que la sensación de comunidad o colectivo que ofrece Internet (ces, Facebook, Twitter…) es la consumación de la muerte de la comunidad real. Cuando hablamos de comunidad real nos referimos a la comunicación directa cara a cara, al sentimiento común de hacer las cosas en colectivo y de manera comunal. Todo ello en un marco lógico y humano, partiendo de lo local y utilizando el territorio como centro vertebrador de la vida humana. Y esto no es precisamente lo que fomenta Internet, sino que lo destruye, o más bien lo ha destruido y ha ocupado su espacio, ya que es la consolidación de su contradicción, uno de los factores de la desintegración de la vida rural. Por lo tanto, si lo que pretendemos es fortalecer los lazos colectivos nuestros fines deberían ir encaminados a recuperar, en la medida de lo posible, ese espacio agotado o destruido, que es el de las prácticas comunitarias e intercambios en un ámbito cercano, tal como se había hecho no hace tantos años en nuestro entorno, y así defender estos últimos vestigios casi extinguidos de una existencia razonable y lógica.
Este objetivo nos hace ver internet como una estructura poco imparcial, uno de los mayores soportes del mundo del Progreso y un elemento cuya existencia necesita del resto del mundo desarrollado para existir (velocidad instantánea, deslocalización, conurbación global, mercantilización…), por lo que pretender utilizarlo como una herramienta neutral no nos parece lo más correcto si lo que pretendemos es «transformar» la realidad, ya que posiblemente la estemos reproduciendo.
Internet es uno de los triunfos del nuevo modelo social imperante y por lo tanto una herramienta no deseable para una sociedad libre. Con esto no queremos ser dogmáticos, ya que en algún momento podemos hacer uso de él, pero este debe ser testimonial y para informar de la existencia de lo real, para nada más. Sin embrago, en el momento en que sustituye a iniciativas comunales o posibles instituciones colectivas, está contribuyendo a que el modelo social continúe con su reproducción, forjando un futuro de necesidad con respecto al sistema técnico vigente. [1]
3. Centralización asamblearia
Respecto a la manera en que se ha desarrollado la propuesta y el concepto asambleario que tiene el proyecto, habría que matizar algunas cosas. Es completamente cierto que desde el momento en que la moneda la asuma una región o comarca concreta se realizará de manera asamblearia y horizontal, pero: ¿Cómo ha llegado este producto más o menos creado a nuestras manos? Para nosotros un proyecto asambleario y autónomo debe de ser pensado, ejecutado y desarrollado por la misma asamblea según las necesidades más palpables. Estas monedas no se han difundido de esa manera, pues fue con el periódico Rebelaos que empezó a gestarse dicha iniciativa y a ser asumida por gran parte del movimiento agroecológico, que si algo ha demostrado es la falta de pensamiento crítico propio. El Rebelaos fue pensado por unas pocas personas (según tenemos entendido) y a la semana siguiente ya se encontraba difundido por la totalidad de ateneos y espacios del ambiente alternativo de toda la península, demostrando el carácter centralizado del proyecto (hoy en día aún podemos encontrar cientos de periódicos amontonados en los diferentes espacios del ámbito libertario). Además se han realizado hasta la fecha un sinfín de «cursos formativos» para instruir a personas que sirvieran de puente a su propuesta de «moneda social», y esta no nos parece la manera más horizontal de emprender un proyecto.
4. La transformación social y sus derivas
I.
La «moneda social» tiene como fin el desarrollo de una red de intercambios, tanto de saberes como de productos, y es precisamente esto lo que aparentemente puede influir a la hora de aceptar el uso de esta iniciativa a la gente de a pie. A primera vista resulta aceptable ya que es una idea interesante en cualquier situación de transformación social, pero debemos plantearnos algunas cuestiones que nos doten de una perspectiva más amplia de la que nos proporciona el pensamiento decrecentista. ¿Es necesario utilizar una moneda social centralizada para realizar intercambios?, ¿a quién beneficiará todo este «boom» que se ha creado en el mundo alternativo con las propuestas entorno a la economía social?, ¿nos lleva esta práctica a salirnos del capitalismo, como están vendiendo Enric Duran y sus acólitos, o tan solo es una manera más de buscarse la vida?
Muchas preguntas quedarán en el tintero sin una respuesta clara, ya que en muy pocas ocasiones se desarrolla un proceso de reflexión y debate ante cuestiones primordiales. Es un poco desmoralizante ver cómo ha calado un discurso tan facilón en el movimiento agroecológico, quien falto de estrategias bien orientadas ha optado por sumarse a la «gran propuesta» antes del avance del colapso, sin darse cuenta de que «productos» redentores de este tipo tan solo pueden triunfar en momentos de debilidad, en una sociedad que ya se hunde por su propio peso.
II.
El desarrollo de la idea de reapropiación nos parece más que interesante y debería ir unido al debate de cómo puede desarrollarse un proceso de recuperación de prácticas comunitarias. Desde hace muchos años este es uno de los grandes debates que ha existido en los círculos desde los que se plantea la emancipación, y que creemos no debe ser resuelto con soluciones mágicas que tan solo vayan orientadas a «apartarse a un lado y obrar en positivo», ya que esta opción, aunque no deje de ser necesaria, debe de ir unida a un espíritu de defensa y resistencia con respecto al ataque capitalista con el territorio, si no quiere ser un movimiento aplastado en el primero de los combates. Aunque queremos advertir que no es apropiado vender la moto a nadie cuando entramos en el debate de las «alternativas», ya que el escenario puede llegar a ser muy complicado en los próximos años para los que pretendemos trabajar políticamente desde lo rural.
En este sentido son bastante esclarecedoras las palabras de Guy Bernelas, quien incide en que «toda la buena voluntad del localismo, ya se refiera a la reterritorialización de la economía o a la reinvención de una democracia de proximidad, solo puede llevar a realizar su simulacro. Latouche fracasa en su intento de definir con claridad la diferencia existente entre «la impostura del desarrollo local o regional» subvencionado por Bruselas, y la «revitalización del mantillo local» a iniciativa de sus habitantes. La debilidad del razonamiento [...], se encuentra en la exposición de los medios según los cuales debería nacer y extenderse esta revitalización [...], y no hemos visto que los SEL (sistemas de trueque locales) se hayan extendido demasiado, sino que, por el contrario, han desaparecido por hastío en las cuentas o por integración en los sistemas de asistencia municipales [...]. Hay que creer que de hecho se trata de una llamada tácita a la benevolencia del Estado, para que permita que se desarrolle esta economía informal [...]. El Estado democrático del cual se considera buen ciudadano será susceptible de interesarse a su vez en las ideas alternativas de este buen ciudadano, y de darle la espalda a la globalización, a las empresas multinacionales, a las industrias de la química y el transporte, etc., o al menos de simularlo» [2].
Por lo tanto preferimos un pensamiento que tenga en cuenta las futuras acometidas que los poderes locales y nacionales llevarán a cabo contra proyectos autogestionarios que pretendan salir en la medida de lo posible del capitalismo o que pretendan enfrentarse al desarrollo, que no vender un producto con manual de instrucciones incluido, en el que se explica sencillamente lo fácil que es escapar del sistema.
Quizá la vuelta a lo rural tan preconizada, no sea tan fácil como parece [3], ya que el panorama de los pueblos en la actualidad no es nada alentador (envejecimiento de la población, pérdida de conocimientos, urbanización, etc.), y en los futuros años, el despoblamiento masivo de las ciudades puede provocar un estado de conflicto continuo para apoderarse del poco entorno fértil que quede, que sin duda derivará en ocupaciones de tierras, destrucción de recursos y sobre explotación de bosques y suelos, acompañados de episodios de violencia entre «autóctonos» y «foráneos» que podrían poner en juicio el debate de la propiedad de los primeros al ser llevada esta a la cruda supervivencia, situación que se verá agravada mientras la gestión del territorio continúe en manos municipales, autonómicas, y/o estatales, en vez de en las de unos habitantes organizados que pudieran plantear estos problemas desde lo real e igualitario, dando una, en cualquier caso difícil y limitada, respuesta al problema.
En este sentido no habría que desechar las alternativas surgidas desde los márgenes en las ciudades y no solo en lo que respecta a comunidades que tomen en consideración la cuestión de su propio autoabastecimiento, sino en la medida en que estas afronten la reapropiación y gestión de sus propios recursos unidas al cuestionamiento del orden social vigente. Prueba de ello es el nuevo marco jurídico que está preparando la ue entorno a la prohibición de las variedades autóctonas y demás restricciones, que imposibilitan y ponen en el punto de mira una futura autogestión del sustento y que nos hacen ser un poco más cautos al plantearnos estas cuestiones venideras.
Aún con todo creemos que es necesario mojarse en este debate y hablar de nuestros deseos, sin ganas de entrar en el terreno de la profecía, que nos convierta en jueces inapelables de lo que viene, dictaminando si es posible o no la destrucción del régimen capitalista. Es cierto que nos repele la palabra «alternativa», al haber sido tan manoseada por el espectro alterglobalizador y haber ocupado su nicho político dentro del régimen de dominación que nos aborrece con lo ecológico, verde, sostenible, alternativo, etc. Diferentes foros sociales y organizaciones poco transformadoras como por ejemplo Attac se han encargado en difundir un pensamiento como el de «Otro mundo es posible» defendiendo a la par un estatismo argumental declarado bajo el manto de la crítica al neoliberalismo. Pero todo esto no quita que tengamos una opinión propia respecto a la necesidad de trabajar en cuestiones que denominamos «positivas». Nuestro debate nos ha conducido a tomar una posición en la que caben las dos vías y ambas deben ir a la par y ser igual de necesarias, pero siempre si tienen como fin la crítica total al capitalismo y su vida industrializada. Son importantes todos los procesos de abastecimiento que nos puedan proporcionar poco a poco una incipiente autosuficiencia, y lo que es más importante, el aprendizaje colectivo de saberes necesarios para enfrentarnos a nuestra desposesión actual en la que cada minuto que pasa corre en nuestra contra. Los huertos comunitarios, los grupos de consumo (preferimos claramente los que buscan la autosuficiencia que los de compra-venta ya que mantienen un entramado de microempresas y autoempleos que no se alejan demasiado de las prácticas capitalistas), la recuperación de faenas colectivas; son pasos necesarios a dar si queremos recuperar esa comunidad necesaria cuya existencia depende en parte de estos factores necesarios para un proceso de reconstrucción.
III.
La cuestión económica debe también estar en los primeros lugares de la crítica, por eso consideramos importantes unas perspectivas iniciales que pueden identificarse, como nuestra propuesta en lo referido a cómo funcionaría un proyecto de autoconsumo. Para empezar habría que poner en común a los vecinos para ver qué posibilidades hay de producir lo que se necesita en un ámbito concreto, después, y contemplando estas posibilidades, se podría ampliar el ámbito de intercambios, con las comarcas cercanas o regiones próximas, para paliar la falta de productos básicos que no pudieran ser generados a nivel local. En esta situación habría que plantearse, como mucho, y en un punto del proceso muy avanzado, si se necesita algún tipo de vale local, descentralizado y autónomo, a la hora de realizar algún intercambio, pero nada más. Y este sería de ámbito local y generado por dicha comunidad, como evidencian los ejemplos concretos para nuestra comarca que históricamente se han dado: el médico, al que se le pagaba la iguala, que primero se daba en especie y más tarde en dinero; el molinero, con la maquila (un kilo por fanega o tres cuartillos); o el hornero que cedía el horno para que la comunidad amasara sus panes, con el pan de poya que se le dejaba, de ahí el nombre que recibían de hornos comunales, o de poya, los cuales llegaron a ser propiedad de los vecinos hasta que pasaron a manos particulares, y en los que aún con todo seguía acudiendo la gente a amasar. Al barbero de El Toro se le pagaba anualmente con trigo, y como dato podemos encontrar el de un huevo por dos sardinas. En Matet, dos huevos por tres sardinas, lo cual es lógico ya que el valor solía incrementarse si existía desplazamiento. En algunos pueblos como Gátova se pagaba con fascaljareta o trenilla de esparto, del de las esparteñas, que se utilizaba en agricultura para atar ramucha y aliagas que posteriormente se llevaban para encender el horno. El pelejero, que recogía las pieles de los conejos, cambiaba estas por mixtos o agujas para coser, siendo también muy significativos los casos de una barcilla de trigo por un cuarterón de aceite, el peso de garbanzos por el peso de alubias donde estas no se producían y viceversa, una olla por su capacidad de aceite, una cesta por lo que quepa en ella de patatas… Sacañet cambiaba los garbanzos a Soneja por cebollas. Todo ello sin olvidar la ayuda mutua en las faenas del campo, la casa, o el municipio entre familiares, amigos y hermanos, lo que se traduce en un fuerte tejido social en el que predominaban las relaciones personales directas, desde lo local a lo comarcal, y no al contrario (de lo global a lo particular), y donde la necesidad imponía que el dinerojugara en la mayoría de los casos un mero valor residual [4].
Con ello no pretendemos idealizar el pasado ni vender una posible vuelta a este como si tal perspectiva tuviera algún sentido lógico. Tan solo nos sirve en la medida que nos permiten conocer formas de vida que han sabido autorregularse sin la influencia de una economía separada. Por eso nuestro planteamiento pretende ser sencillo, se trata de entender cómo podríamos regular nuestras necesidades en un ámbito concreto sin la necesidad de recurrir al mercado ni a la producción industrial en la medida de lo posible. Entendemos que el modelo que se ha vivido hace años en nuestra comarca, no era la panacea, ya que el intercambio cuantitativo presupone la propiedad privada y se puede decir que es una manera de cuantificar precapitalista; pero si esto lo unimos a un sentimiento de comunidad que fortalecía el intercambio sin retorno y la donación entre el vecindario, así como la costumbre de trabajar en común cuando las faenas requerían de más manos para su finalización, obtenemos una visión interesante que debe ser tenida en cuenta para posibles proyectos emancipatorios.
Volviendo a la cuestión de si dichas prácticas pueden suponer un acto de ruptura o transformación pensamos que, nunca aisladas del resto de comportamientos planteados, puesto que por sí solas no comprometen nada, sí que cumplen su cometido en la medida en que refuerzan las relaciones directas y el sentimiento de comunidad, lo cual, insistimos, sin caer en un reduccionismo a dichos aspectos, resulta al menos alentador para los tiempos que corren, en los que la fragilidad del tejido social se muestra obvia precisamente por su ausencia.
IV.
La «moneda social» funciona al revés: se crea, ya sea de modo cibernético, como hemos indicado antes, o se invierte una cantidad importante de dinero para acuñarla, como se ha hecho en otros lugares hasta ahora; y después pretende generalizarse el uso de las prácticas colectivas aunando intereses individuales con la comunidad virtual, a la cual deberás destinar tu esfuerzo para equilibrar tu parte del intercambio. En primer lugar, con esta relación no se generan lazos comunitarios ni nada por el estilo, a no ser que se considere como comunidad al global de operadores que interactúan por Internet, por lo tanto dicho argumento cae por su propio peso. En segundo lugar, no solo se establece el interés individual de partida por encima del colectivo, sino que es este el que prevalece y determina el resto; más que una simbiosis entre ambos, denota una marcada influencia del primero sobre el segundo.
Además, si vemos el espectáculo generado en Toulouse con el Sol Violette y que las cooperativas españolas han utilizado en sus jornadas como referente, tan solo podemos ser muy escépticos con estas propuestas.
Por tanto sería triste que nuestros esfuerzos fueran utilizados por la falsa conciencia y por opciones políticas cercanas a ese «espiritualismo ciudadanista» que roza lo reaccionario, cosa que no parece nada complicada. Retomando al autor de El manto de Medea: «El verdadero interés del Estado reside más bien en el mantenimiento respetuoso de la confusión ciudadana en la cual participan tanto la idea de decrecimiento como el anuncio de este movimiento social [...]. Ocuparse de los asuntos de la comunidad y del territorio en el que vivimos, o bien retomar una actividad de producción que sea realmente económica, significa en la práctica desear el final del Estado».
Grupo por la defensa del territorio del Alto Palancia
Notas
1. Para ahondar en la cuestión de la rendición de la cultura humana a la tecnología recomendamos la lectura de Langdon Winner y Neil Postman, dos autores que en cualquiera de sus obras esbozan una crítica interesante a los cambios que la tecnología provoca en las facultades sociales de los humanos.
2. Bernelas, Guy. El manto de medea. Muturreko burutazioak. Bilbao. 2008.
3. Queremos recomendar el texto “Fe de erratas: la agitación rural frente a sus límites” de Marc Badal, publicado en la revista Raices nº4 que nos ha servido para aclararnos en algunas cuestiones importantes y creemos que su lectura puede aportar mucho a quién pretenda plantearse la acción política desde lo rural.
4. Los datos de este apartado han sido extraídos del libro A escullar, de Manuel Gil Desco y Rafael Benedito Fornas, en el que podemos encontrar otros muchos antecedentes interesantes y significativos sobre nuestra historia reciente; y los hemos utilizado porque creemos que manifiestan, por sí mismos, sin necesidad de más teorías y palabras, aquello que queremos expresar.

ARGELAGA nº5




#5 – OTOÑO 2014



Portada A5Argelaga, nº 5
Otoño 2014 – 5 € – 100 págs.
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Editorial y contenidos
La democracia directa contra los robots es un importante trabajo de Michel Gomez, pionero de las luchas anti-industriales, en el Comité de los Irradiés, en el colectivo In Extremis o en la editorial Les Amis de la Roue, por citar sólo tres ejemplos. En él se analiza la degradación de la democracia directa por la seudoprotesta posmoderna del tipo «indignados» o Occupy Wall street. Además señala trampa que puede llegar a ser la llamada economía social y solidaria en manos de burocracias mediadoras entre el sistema capitalista y la catástrofe que genera.
La alarma energética y la crisis social, de Miquel Amorós, resume la discusión de la cuestión energética en dos de sus charlas recientes. Establece la relación intrínseca entre energía barata y crecimiento económico, que impone un estilo de vida despilfarrador y dependiente, pues el acceso a la energía está severamente controlado por un oligopolio. El agotamiento de los combustibles fósiles extiende ese control a las fuentes de energía renovables, dando la explotación del territorio un salto cualitativo y agudizando el conflicto social. No hay solución desarrollista, pues dentro de la economía de mercado, la lógica industrial acentúa la crisis en lugar de resolverla.
Sobre la reedición del «Manuscrito encontrado en Vitoria» es un cuestionario entregado por Álvaro Hilario a Miquel Amorós para su publicación en el diario «Gara». Se trata de una conocido trabajo debida principalmente a la pluma de Jaime Semprun, que apareció en 1977 con la firma de «Los Incontrolados». Contiene prácticamente el único análisis de la relación de fuerzas entre el orden burgués y la amenaza proletaria, favorable al primero tras la masacre de Vitoria. La democracia posfranquista fue edificada sobre cadáveres obreros.
Contra el Progreso es un texto clásico y verdaderamente anticipador, escrito por Agustín García Calvo en el exilio y publicado en «Frente libertario». Con el fin de amenizar una tertulia con viejos y jóvenes libertarios, que al no ser gente de partido sabían conversar, Agustín prepara un pincho moruno con las nociones abstractas de Futuro, Tiempo, Progreso e Historia, que tanto han servido a la dominación como pilares de su ideología.
Informe: Cuestionando la capitalidad europea de la cultura Donostia 2016, del grupo Anti TAV de Donostia. El nacionalismo es ante todo una ideología interclasista, o mejor dicho, una ideología propia de una clase dominante que aspira a administrar su espacio vital lo más ventajosamente para sus intereses, y por eso ha de convencer a «los mercados», es decir, al capitalismo internacional, que la independencia del mismo será igual de ventajosa para ellos. El actual clima de consenso en Euskadi, estimulado por el soberanismo catalán, indica que se persigue un capitalismo mucho más desarrollista que el que permitiría la permanencia en el Estado español, lejos de los que los antidesarrollistas postulamos, que no es otra cosa que una Euskalherria o una Catalunya comunitaria, fuera del capitalismo y sin Estado. Para muestra del turbocapitalismo identitario, la mercantilización de la cultura, la apuesta por el turismo industrial, la apología del TAV y demás infraestructuras, el recurso a los grandes eventos y el sueño de una «eurociudad», o sea, la transformación de Euskadi y Catalunya en un sistema metropolitano completo, verdadero ejemplo de terrorismo urbanizador.
En Grecia, el Estado se hunde, los barrios se organizan es una entrevista realizada para el número 7 de la revista francesa «Z», perfectamente ilustrativa del proceso de organización autónoma de la población ante la descomposición y la quiebra del aparato estatal. El ejemplo es válido para cualquier otro país europeo; la diferencia sólo es de grado. Resaltemos las dificultades con que tropieza la autonomía: las inercias de una vida sometida a la mercancía, la costumbre del recurso al Estado, el egoísmo, la aparición de fascismos, la represión policial, la fatiga del sacrificio, etc. La vida libre no es un camino fácil, pero tampoco lo está siendo la vida esclava.
Las minas de Casandra. Contra la minería aurífera en Grecia es un trabajo que amplía un artículo aparecido en el libro «El oro de Salave» (Cambalache, 2013), de imprescindible lectura. La resistencia admirable de los habitantes de Calcídica a las actividades letales de multinacionales como Eldorado Gold o Hellas Gold y a las intimidaciones de todo tipo que padecen por parte de una policía mercenaria cedida por el Estado, nos dicen que estamos ante la lucha más importante en defensa del territorio habida en el continente. Se trata, como bien dicen los griegos, de una «lucha por la vida», entendida como vida sin los apremios del capital, cuya acumulación ahora se centra en la explotación exhaustiva de los recursos territoriales, en detrimento del medio ambiente, del vecindario y de la sociedad civil griega.
La utopía digital a debate. Un comentario crítico a «Sociofobia» de César Rendueles es una aportación de José Ardillo a la crítica de la ideología digitalista. La utopía de internet para todos, de un espacio virtual socializado, se parece demasiado a la utopía liberal del último capitalismo como para pasarlo por alto. Las ilusiones de libertad de las redes no tienen traducción en el espacio real porque son eso, idealizaciones del mercado global. Gracias al progresismo y fascinación por la técnica de Marx, heredados de la burguesía, casi todos los anticapitalistas modernos han confiado en el papel liberador de las nuevas tecnologías. Sin embargo, la informatización del mundo es la esclavización del mundo.
El bosque avanza. Los Diggers: una lucha por la tierra y la justicia es un extracto del folleto colectivo «El bosque que avanza», aparecido hace poco en Francia. La evocación del movimiento de los Diggers, entre 1645 y 1650, o sea, durante la Revolución Inglesa, resulta aleccionadora. El punto central de su programa, la explotación común de los bienes comunales en manos de los terratenientes, se asemeja extrañamente al punto central de un programa actual verdaderamente revolucionario. El antidesarrollismo no empieza de otro modo. Para los que quieran saber más, recordemos a propósito la existencia de una película estupenda, «Winstanley», rodada en 1975 por Kevin Brownlow y fácil de encontrar en la red.
Sobre la inviabilidad técnica del capitalismo es la segunda colaboración de Jorge del Arco en esta revista. El cenit de la producción de petróleo anuncia la inviabilidad del capitalismo, pero no supone su fin. El capitalismo no caerá por su propio peso sino que derivará en modos de explotación nuevos. No cabe sentarse y esperar a la crisis final, la que despierte al proletariado de su letargo, ni tampoco una reacción altruista de los privilegiados, dispuestos a dejarse convencer con propuestas nacidas en el campo de la ciencia. No hay ciencia que sea neutral, ni poder que preste oídos a los vendedores de reformas. No confiarlo todo a factores objetivos, ni delegar en otros la tarea de liberarnos; no precipitarse en un activismo irreflexivo, ni tampoco rehuir el enfrentamiento: Simplemente analizar los hechos desde una perspectiva revolucionaria.
Dossier: Actualidad de la «Zone À Défendre», la ZAD. La ocupación y cultivo salvaje de los terrenos destinados a la construcción de un aeropuerto inútil cerca de Nantes fue rubricada por una imponente manifestación en esa ciudad. Las maniobras divisorias de los estrategas del poder lograron el objetivo opuesto: los ocupantes «zadistas», los reformistas ciudadanistas y los campesinos aparcaron o superaron momentáneamente sus disputas ante la agresión indiscriminada. El dossier consta de tres documentos: la carta de un participante a la redacción de Argelaga, un documento interno «En pro de los Comunales de la ZAD» y un testimonio de la manifestación del 22 de febrero.
Los indígenas ante el progreso, la cooperación y la caridad, de Antonio Pérez. Se trata de un miembro del legendario Grupo Ácrata madrileño de 1967-69, luego de alguien que empezó la experiencia de la política en la trifulca contra la policía, la cárcel y el exilio. Tuvo tiempo para ser uno de los escasos antropólogos españoles que convivió en América con los indígenas, por lo que cuando escribe, conoce el tema de primera mano. Ha sido siempre un guerrillero, alguien que va por libre, sin compromisos, culto e irónico, ingenioso y certero en su crítica, como vienen a demostrarlo sus variadas colaboraciones en revistas y blogs.
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Reseñas
Comunicados
Contraste de pareceres

Interrogantes sobre el cenit del petróleo (José Ardillo)



Jose Ardillori irakurritako lehenengo idatzietatik bere jarraitzailea nauNala esan zezakeNat, literaturaren inguruan, ekologiaren inguruan, pertsonaia anarkikoen bizien inguruan idatziriko testu bikainak dizkiNalako. Ezagutzen ez baduNK esan ARGELAGAn idatzirikoez gain CUL DE SAC, RAÍCES,... kolektibo-argitalpenetan ere idatzi izan diNala.  

INTERROGANTES SOBRE EL CENIT DEL PETRÓLEO


El artículo de José Ardillo, «Interrogantes sobre el cenit del petróleo», nos introduce en los cauces y remolinos que el más que probable agotamiento del crudo o peak oil abre tanto en el proceso de acumulación capitalista, dinamitando a la menor oportunidad el mismísimo régimen del «bienestar», como en cada uno de nosotros. Y lo hace sin tratar de vendernos ilusiones o recetas voluntaristas, lo que es de agradecer. Tampoco es amigo de anteponer escenarios apocalípticos para captar nuestra atención. Muy al contrario, su escrito es capaz de responder a multitud de preguntas simplemente abriendo otras nuevas. Ardillo, seudónimo de Toni García, cofundó el colectivo ya extinto Los amigos de Ludd, es autor del libro de ensayos Las ilusiones renovables. La cuestión de la energía y la dominación social (Muturreko burutazioak, Bilbao, 2007) y de la muy congruente novela de anticipación El salario del gigante (Pepitas de calabaza, Logroño, 2011).
Publicado en
 Argelaga 1.
Atravesamos una época de gran incertidumbre en todo lo que concierne la cuestión del futuro de la energía. Hace cien años, la era del petróleo no hacía más que comenzar, tenía un gran futuro por delante, enormes espacios por explorar y numerosos pozos que perforar. Eso sí, un «gran futuro» relativo ya que la edad de esplendor del petróleo no habrá sido más que un breve parpadeo en la historia de la humanidad, por no hablar de la historia geológica.
Desde hace más de una década comenzó, como se sabe, la guerra de la información en torno al agotamiento del petróleo. Desde entonces han aparecido numerosos libros, artículos, blogs y notas de prensa que abordan la cuestión desde diferentes perspectivas. Hacer un recuento, aunque fuera sumario, de esta controversia excedería nuestras capacidades así como los límites de este artículo. Nos conformaremos, por el momento, con la formulación de algunas dudas e interrogantes que nos salen al paso.
Como ustedes saben, el problema del agotamiento del petróleo se ha dado a conocer a menudo como «peak oil» (pico o cenit del petróleo), «Hubbert’s peak» (pico de Hubbert), «techo del petróleo», «depletion» (agotamiento), «fin del petróleo barato»… fórmulas todas ellas que se traducen, según los especialistas, en un fenómeno de colisión o choque entre las reservas de petróleo y las expectativas industriales y comerciales de explotación. Lo que ha inducido a varios autores a hablar de «fin de la fiesta», «larga emergencia», «crepúsculo trágico», etc. En la versión más simplificada de este fenómeno, la extracción de petróleo para una zona dada alcanza un máximo productivo –el cenit o pico– a partir del cual se inicia un declive inexorable. Ahora bien, expresado de una forma tan abstracta, esta definición no nos aporta información alguna que sea interesante. Y ahí reside el problema: el agotamiento del petróleo requiere de un contexto muy preciso sin el cual no sabemos de que estamos hablando. El geofísico M. K. Hubbert, que trabajaba en los años cincuenta para la compañía Shell, advirtió que la evolución en la explotación de un yacimiento petrolífero se podía describir gráficamente con una curva en forma de campana: tras un momento breve donde la producción alcanza su culmen, lo que ocurre aproximadamente cuando se ha agotado casi la mitad de la reserva, la producción empieza a declinar. En 1956, Hubbert se sirvió de un modelo predictivo estadístico que le permitió anticipar el declive de la producción de petróleo en Estados Unidos. Este declive comenzó de hecho en 1970, como Hubbert lo había previsto. Ese es el contexto: la industria petrolera estadounidense, los años 1956-70, el subsuelo norteamericano, las tecnologías extractivas de aquella época, las conductas mercantiles y las políticas fiscales de entonces, sin olvidar, claro, el escenario mundial de aquel momento. Años más tarde Hubbert aplicaría su modelo a la industria mundial del petróleo, previendo su cenit al rededor del año 2000.
Nosotros, que estamos lejos de ser economistas, geólogos, científicos o especialistas de ningún tipo, simplemente tomamos el periódico, leemos y nos preguntamos: cuando se habla del cenit del petróleo, ¿de qué se está hablando en concreto? ¿Se refieren a un milagro de la geología o a un comportamiento rutinario de la industria extractiva? ¿Tiene algo que ver con las decisiones de los magnates del petróleo, los ministerios de energía, los corredores de bolsa? ¿Se trata de geoestrategia o de quiromancia? Según el historiador y consultor Yerguin, vivimos en la Edad del Hombre de Hidrocarburo, ¿quiere decir eso que nuestro Hombre agotará el recurso fósil que le hace ser lo que hoy es para pasar a ser otra cosa? ¿Cómo será ese paso y a dónde le conducirá?
Estos interrogantes podrían parecer ociosos pero provienen sobre todo de la incertidumbre producida por el anuncio de un acontecimiento donde se mezclan innumerables vectores. A veces hemos tenido que escuchar versiones extremadamente simplificadas o abstractas que parecen hablar de un «peak oil» unidimensional, aislado de los mil factores en donde se desenvuelve la evolución de la sociedad y la economía.
Antes de nada, tenemos que decir que todos los aspectos que conciernen al «peak oil» (geológicos, industriales, técnicos, financieros, fiscales et alia) están necesariamente sometidos a uno solo: la política. Lo que realmente importa en la evolución de la producción y consumo del petróleo es como la sociedad industrial y, por tanto, Estados, instituciones, grandes capitales, van a desplegar estrategias para encajar los cambios que se avecinan a medida que los yacimientos de distintos países vayan perdiendo su capacidad productiva. No podemos ver simplemente el cenit del petróleo como un acontecimiento que viene, como algo que se le impusiera a la sociedad desde el exterior. La evolución de la economía, la explotación de combustibles y materias primas, está ligada a los caminos tomados por las sociedades en las que vivimos. Por otro lado, cuando se habla a escala del planeta y de una fuente de energía como es el petróleo que está hoy en la base de toda actividad humana, no podemos abordar el «peak oil»como un fenómeno aislado del conjunto.
Los detractores de Hubbert le han reprochado a menudo que intentara extender su modelo a la totalidad del planeta. Según ellos, para Hubbert era relativamente sencillo hacer una evaluación de las reservas petrolíferas de su país, así como tener una idea bastante clara del comportamiento de la industria, la evolución de los precios, etc. Pero, ¿cómo trasvasar dicho modelo al mundo sin tener un conocimiento cierto de las reservas de países que guardan celosamente sus datos? ¿cómo prever el comportamiento de una industria que podría tomar caminos diversos como perforar a gran profundidad, llegar a zonas antes descartadas, buscar los petróleos no convencionales como las arenas bituminosas, asfálticas, etc.? ¿cómo pasar por encima de otros factores como la evolución de las técnicas extractivas, las crisis económicas que inciden en el consumo, la especulación sobre los precios, las guerras, los desastres ecológicos y la alarma conservacionista? En su libro Hubbert’s Peak. The Impending World Oil Shortage (2001), su autor, Kenneth S. Deffeyes, haciendo gala de un humor republicanoide, y refiriéndose a las predicciones de Hubbert para los Estados Unidos insistía, a pesar de la posible incidencia de factores externos de todo tipo, en la validez del método hubbertiano: «adviértase que la curva de la producción existente en los Estados Unidos ya incluye los efectos de la Gran Depresión, dos guerras mundiales, y Jimmy Carter.»
De acuerdo, pero ¿y las predicciones a escala global?¿Se cumplirá inexorablemente el modelo predictivo de Hubbert? ¿Llegaremos al final de la curva descendente de la campana o, por el contrario, la industria mundial ha anticipado ya el recambio y se prepara para abandonar la extracción sin importarle si queda más o menos petróleo en los yacimientos? ¿Cuál es el comportamiento lógico o deducible de una industria cuando hablamos a escala del planeta y nos referimos a un recurso estratégico como es el petróleo? Es ahí donde se pone en juego la cuestión. Lo de menos es buscar la brillantez de un modelo predictivo, su grado de acierto. Lo que realmente importa es el sentido histórico y social que estamos dando a la cuestión del agotamiento de los recursos fósiles. Cuando miramos el problema desde la perspectiva mundial lo que debe preocuparnos es como la sociedad industrial está transformándose a medida que avanzamos en el desgaste de combustibles y materias primas.
En el año 1970, un ciudadano medio norteamericano, poseedor de un vehículo utilitario, podía vivir en completa ignorancia del declive que se estaba dando en la producción de petróleo de su país. El mismo gobierno podía permitirse el lujo de asistir pasivamente a este declive ya que su poder militar y financiero le aseguraban la provisión de petróleo a bajo precio en los países árabes y en otros lugares. Desde luego, dicho declive no podía pasar sin consecuencias y a lo largo de los años posteriores las repercusiones se harían notar. En cualquier caso, el gobierno norteamericano… ¿estaba dispuesto a elaborar una estrategia que le sacara de su dependencia para con el petróleo? En absoluto. A partir de los años setenta, muchos países industrializados realizaron esfuerzos considerables para encontrar nuevos yacimientos de petróleo fuera de los países pertenecientes a la OPEP. Reino Unido y Noruega comenzaron a explotar las profundidades del Mar del Norte y los Estados Unidos no dudaron en buscar el petróleo a mayor profundidad en el Golfo de Méjico o en Alaska. La llamada escasez energética de los años setenta no estimuló más que superficialmente el desarrollo de otras fuentes de energía que pudieran sustituir al petróleo y, por lo que respecta a la movilidad y el transporte, con la excepción tal vez de Brasil, ningún gobierno se planteó seriamente disminuir su dependencia del petróleo. Este primer «choque» petrolero de los años setenta no sirvió en ningún caso de aviso para las clases políticas ni para los financieros, si exceptuamos los gestos vacíos, como la fotografía de Schumacher y Jimmy Carter en la Casablanca, con un ejemplar de Small is Beatiful. En aquella época se habló mucho de energías «libres» y «limpias», pero entonces apenas tuvieron un despegue industrial o comercial significativo. La experiencia piloto de los años setenta nos sirve para ver, por un lado, como los intereses de la industria petrolera tienen un enorme peso sobre las decisiones políticas y, por otro lado, para constatar que el petróleo entonces, como ahora, resultaba una sustancia endiabladamente difícil de sustituir dentro del funcionamiento de un régimen económico mundial que, en sus grandes rasgos, sigue siendo el nuestro.
¿Qué enseñanza o lección podemos sacar hoy de este ejemplo con respecto a la controversia sobre el agotamiento del petróleo? La más evidente es que hoy los gobiernos e industrias no pueden permitirse el lujo de quedarse sentados esperando que llegue el famoso cenit del petróleo. Hoy los países desarrollados no pueden ir a buscar petróleo en otros lugares que no estén dentro de este planeta. ¿Se estaría llegando a los límites? Es ahí donde está la dificultad de concebir el modelo de agotamiento de Hubbert a escala del planeta. Hoy estamos asistiendo a un sinfín de fenómenos contradictorios en el mundo de la economía y de la industria [1]. Para algunos esto es el signo de que el recambio, la «transición energética», se prepara. Para otros, son los anuncios de una crisis profunda e inminente. Sabemos que, en efecto, la producción de algunas naciones ha entrado en declive: Indonesia, 1996, Reino Unido, 1999, Méjico, 2004… Se dice que tal vez Arabia Saudí habría alcanzado ya el techo de su producción.
Aquí empieza realmente la controversia. Para los escépticos del «peak oil» dos cosas son claras. Lo primero es que queda mucho más petróleo de lo que los «hubbertistas» estiman. Por tanto, no estamos ante una situación de emergencia. Y lo segundo: estas reservas de petróleo dejan tiempo suficiente para un «descenso» suave y razonado. La economía mundial sabrá adaptarse en las próximas décadas a un nuevo régimen energético: no será el petróleo, pues, el que nos abandone, será la sociedad industrial, con nuevas tecnologías y nuevas estrategias, la que abandonará el petróleo definitivamente. Los argumentos más economicistas insisten en que los mismos mecanismos financieros expulsarán gradualmente del mercado al petróleo e introducirán otras formas de energía que están ya en nuestro horizonte: biocombustibles, hidrógeno, carbón líquido. Y todo ello en base a una nueva automovilidad impulsada por la electricidad o el gas. Será una nueva época que ya se prepara.
Por el contrario, los defensores del «peak oil», en su versión lúgubre, hablan de un declive global de la producción que ya se ha dado, o que se dará dentro de muy poco, y que tomará por sorpresa a las naciones desarrolladas. Es decir, que el ritmo de extracción y producción no bastará para satisfacer una economía que, en ningún caso, habrá sabido dar los pasos para salir de su dependencia del petróleo. Los precios subirán vertiginosamente, lo que podría paralizar todo el sistema o llegar a situaciones de una tremenda tensión bélica. Será una nueva época, pero más bien de terror y miseria.
De un lado, los optimistas consideran que el mismo mercado y la iniciativa de los gobiernos están ya reubicando las necesidades energéticas. Que aún tenemos por delante cuarenta o cincuenta años para aflojar nuestra dependencia y reorientar la economía hacia la llamada sostenibilidad.
De otro lado, los hubbertianos pesimistas advierten que la sociedad industrial sufrirá un contundente descalabro por que los mercados continúan bombeando petróleo a toda mecha sin que las propuestas de recambio se consoliden.
Los fanáticos de la maquinaria económica tienden a pensar que los servicios y necesidades se modifican y se adaptan en función de la ley de la oferta y la demanda y en función de los precios. La plasticidad de la economía cubre todo su campo de visión. Es lo que les hace pensar que antes de 1973, antes de la primera crisis relacionada con el petróleo, con los precios y los mercados de aquella época, ningún gobierno habría pensado seriamente en dedicar hectáreas de terreno al cultivo de los agrocarburantes, o a desarrollar el automóvil eléctrico, o a cultivar algas como posibles combustibles. Todo ello quedaba fuera del campo económico de lo posible y deseable. Hoy se espera que las energías renovables puedan llegar a contribuir pronto con un 20 % a la producción eléctrica mundial. El precio del kilovatio nuclear sube cada vez más y esto hace que, por ejemplo, el kilovatio eólico empiece a serrentable. Con los precios del diésel ocurre lo mismo: tal vez dentro de un tiempo el galón de bioetanol será competitivo. Para muchos economistas e incorregibles optimistas, la famosa transición energética se está dando ya por que la plasticidad del mercado empieza a hacerlo real. Para estos analistas el agotamiento físico del petróleo es un fenómeno secundario, lo que cuenta es la fe en la libertad de los mercados para que puedan encontrar nuevas vías, nuevos materiales, nuevos servicios. La creatividad del capitalismo está, según ellos, más allá del petróleo y más allá del cualquier recurso concreto. Nada es insustituible y toda forma de explotación no es sino un paso para seguir avanzando hacia nuevos sectores de la actividad económica.
En fin, podemos llegar a admitir, con estos optimistas y entusiastas, que las reservas de petróleo son mayores de lo que los hubbertianos estiman. Concedámoslo por mor de la discusión. Pero la cuestión fundamental sigue ahí. ¿Por qué? Por que todo parece indicar que la transición energética, tal y como la proclaman economistas, periodistas y observadores, no se está produciendo. Es en este punto donde los hubbertianos podrían acumular argumentos a su favor, como en sus intervenciones más acertadas suelen hacer.
Pensar que el mercado, como un ente divino, podría encontrar siempre sustitutos al petróleo es igualmente caer en un juego de espejismos y abstracciones enormemente peligrosas. Tal vez el «peak oil» mundial, tal y como a veces lo difunden algunos comunicadores, sea una quimera, un reclamo para medioambientalistas ingenuos, como lo es la propaganda de Al Gore sobre el calentamiento global. Pero sin duda la transición energética pacífica, resultado de la sabiduría involuntaria del mercado, es una quimera mayor, y mucho más amenazante.
De hecho la prensa diaria nos ilumina suficientemente sobre los obstáculos grandiosos que las estrategias de recambio energético están encontrando a su paso. No hace falta leer entre líneas: la verdad salta a los ojos. En primer lugar vemos como la economía de los combustibles fósiles se resiste desesperadamente a morir [2]. Leemos, por ejemplo, que en uno de los yacimientos de petróleo descubiertos recientemente en las costas de la Guyana, la industria está dispuesta a llegar a más de 6.000 metros de profundidad para extraer el preciado fluido. Pero algunas plataformas del Golfo de Méjico lo hacen a más de 10.000… Cuesta representarse algo así, pero sucede. El procedimiento es caro, costoso, dañino, pero eso no detiene a las empresas y Estados. Hoy se piensa seriamente seguir extrayendo petróleo en grandes cantidades a partir de las arenas asfálticas [3] y de los «petróleos pesados», de nuevo un procedimiento caro y con un coste medioambiental enorme. China aspira a aumentar su parque automovilístico y para ello no dudará en explotar el petróleo allá donde yazca [4]. Se piensa codiciosamente en zonas del Ártico [5], en el Mar de China, en el Caspio…
Sorprende leer un reportaje publicado recientemente en el New York Times. Según este periódico los Estados Unidos han iniciado, en los últimos años, una escalada para recuperar su vieja capacidad productiva. Es una especie de nueva locura petrolera que se está produciendo en el Estado de Tejas. ¿Volverán los buenos años? Citamos: «En 2011, los Estados Unidos no han importado más que el 45% de los carburantes líquidos que han consumidos, mientras que las importaciones de petróleo han alcanzado el porcentaje récord de 60% en 2005.» Según el rotativo las políticas de Bush, que Obama habría continuado, la evolución de las tecnologías, la situación de los precios, el descenso del consumo de gasolina, entre otras causas, estarían operando un verdadero milagro. Citamos de nuevo: «La producción nacional de petróleo, que conoció una caída regular, pasando de 9,6 millones de barriles por día en 1970 a 4,95 millones de barriles por día en 2008, ha vuelto a subir en el curso de los últimos cuatro años hasta situarse en una cantidad al rededor de los 5,7 millones de barriles por día. El ministerio de Energía estima que la producción diaria podría ponerse cerca de los 7 millones en 2020. Algunos expertos creen incluso que la producción podría llegar a los 10 millones de barriles por día –lo que colocaría a los Estados Unidos casi al mismo nivel de Arabia saudita.» Evidentemente, estas cifras tienen el hogareño sabor del cuento de la lechera. No queremos señalar, de ser creíbles dichas estimaciones, lo que esto significaría para las perspectivas hubbertianas, pero nos sirve para insistir en la complejidad del fenómeno del agotamiento del petróleo. En cualquier caso, el reportaje señala que todas estas nuevas perforaciones, ligadas a las relacionadas con el gas de «esquisto» han lanzado el territorio tejano a una nueva fase de especulación y destrucción ecológica. Lo que era previsible.
Este reportaje sobre el «renacimiento» de la producción petrolera norteamericana ha venido acompañada de diversos comentarios. En las páginas digitales de Crisis energética hemos podido leer este verano pasado la respuesta más contundente. El artículo en cuestión, titulado «¡Que siga la fiesta, el Peak Oil es un mito!» es valioso tanto por la información que aporta como por su orientación crítica. En efecto, su autor se ocupa de contrarrestar la ola de optimismo interesado que ha generado esta supuesta recuperación de la producción norteamericana. Parece que ciertos medios de información han dado por zanjada la cuestión del cenit petrolero, posponiéndolo para una edad lejana. El problema es, de nuevo, que función darle al pesimismo. Lo verdaderamente terrible no es que los empresarios y estadistas se amparen detrás de una propaganda que oculta al público la verdad sobre el porvenir de los combustibles fósiles. Lo más preocupante es la cantidad de medios que están dispuestos a poner en marcha para continuar movilizando el mundo sobre el modelo que ya conocemos [6]. El autor de Crisis energética reprocha al periodista George Mombiot su conformismo frente a la propaganda oficial. Por desgracia, la frase de Mombiot («hay bastante petróleo para freír el planeta») anuncia más la época que nos espera que cualquier otra previsión derrotista sobre el futuro energético. No quiere decir esto que demos la razón a un personaje como Mombiot, claro, sólo que su pesimismo, por una vez, apunta en la dirección correcta. Por decirlo de otra forma: los más fieles al «peak oil» tienen motivos para desanimarse. Si esperaban un colapso súbito, tendrán más bien altibajos, frenazos, depresiones, dentro de un prolongado descenso que se parecerá más a un hundimiento interminable. Insistimos, buscar la exactitud del momento cenital se convierte en un pasatiempo cuando lo que realmente importa es analizar como Estados e industrias desdeñan las enormes dificultades que salen a su paso en la búsqueda de un petróleo cada vez más costoso.
Así que parece que la plasticidad del mercado, la inteligencia creadora del capitalismo, no lo puede todo. Encontrar un sustituto al petróleo puede parecer un pasatiempo de sociólogos y think-tanks, pero mientras tanto los hombres serios que dirigen el mundo continúan su búsqueda desenfrenada del crudo, como el capitán Ahab perseguía a Moby Dick.
Pero, en segundo lugar, ¿de qué transición energética se nos está hablando? ¿Es la energía eólica la que va a liberarnos de la dependencia de los combustibles fósiles? ¿el aprovechamiento de la energía solar por el negocio fotovoltaico? Aquí se mezclan planos distintos de la cuestión, por que la energía eólica, o fotovoltaica, comporta instalaciones propuestas para servir electricidad a una sociedad mundializada, mecanizada e industrializada que depende locamente del petróleo para impulsar su movilidad, su comercio y su producción de alimentos, es decir, para seguir existiendo [7]. Son medios caros y sofisticados que crecen sobre una economía ruda y agresora, hipertrofiada de combustibles fósiles. Son poco más que un derivado chicdel petróleo y morirán con él.
Pero no anticipemos acontecimientos. No podemos saber lo que ocurrirá. Lo que sabemos es que nos encontramos en medio de una tensa espera donde la propaganda nos anega e intenta confundirnos. Pero, en cualquier caso, ¿es esto la «transición energética» con la que los optimistas y dicharacheros cuentan para abandonar el petróleo sin necesidad de rapiñar las reservas? ¿El coche eléctrico? ¿La economía del hidrógeno? ¿Los agrocarburantes? ¿La fusión nuclear? Si de eso se trata, entonces los optimistas van a tener que posponer mucho más el declive del petróleo. Hablan del año 2037, del 2050… Tendrían que darse un plazo más holgado. Lo van a necesitar, porque con la batería de recursos y artimañas que presentan se requerirán al menos dos siglos si quieren que su querida transición energética no se convierta en un pasaje del Apocalipsis: si se piensa que es muy posible que el ITER [8], ni ahora ni en sus sucesivas mutaciones, llegue jamás a producir electricidad aprovechable. Cuando se tiene en cuenta que la producción total de los llamados biocombustibles apenas representa hoy el 3% de la producción total de carburantes, o cuando uno advierte que el coche eléctrico es un juguete lujoso diseñado para circular en un mundo que no existe… Y de la producción de hidrógeno es mejor no hablar, ya que ya hemos hecho perder bastante tiempo a nuestros lectores.
Nos toca a nosotros despertar a la realidad. El despliegue futuro de la «transición energética» podría seguir un ritmo más o menos pausado, podría dar vueltas sin avanzar hacia ninguna parte, demorarse eternamente con esperanzas vanas, podría siempre mantener el peor escenario a distancia, pero lo que es claro es que nunca se parecerá a una suave operación de recambio [9]. Con los datos que hoy tenemos en la mano, es razonable pensar más bien en cuadros de conflicto, de tensión, de guerra neocolonial [10], de ansiedad y de destrucción ecológica.
Así que podemos cerrar este artículo como lo comenzamos, con una gran incertidumbre, a la que se añaden algunos oscuros presagios.
Hasta pronto.
José Ardillo
Notas
1. Ver a ese respecto el artículo de Roberto Bermejo «Techo del petróleo y economía» en Mientras Tanto nº 117.
2. Como declaraba recientemente el presidente de la Unión francesa de industrias petroleras: «Hasta 2030, la demanda de energía aumentará un 34% y como no sabemos hacer volar los aviones ni andar los coches con otra cosa que no sea petróleo, la demanda de crudo aumentará.»
3. Se dice que sólo en la región del Orinoco, en Venezuela, podría haber depósitos suficiente de «petróleo pesado» como para obtener una cantidad mayor de barriles de petróleo que el conjunto de las reservas de Arabia Saudí. La extracción de petróleo a partir de estos aceites pesados incluye un procedimiento caro y ecológicamente amenazante. Antes de obtener un petróleo refinable es necesario inyectar vapor de agua por separar el petróleo de las arenas y del agua. Hasta hace poco se calculaba que la obtención de un barril de petróleo a partir de este procedimiento era treinta veces el precio de un barril de petróleo convencional.
4. Para ver las transformaciones energéticas que ha sufrido China en los últimos años se puede consultar el artículo de Jesús Ramos Martín «La insostenibilidad energética del “Gran Dragón”: China 1985-2009» en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global nº 115, noviembre 2011.
5. Según el Instituto de geología norteamericano las reservas del Ártico contendrían 90.000 millones de barriles de petróleo, encontrándose la mayor parte de ellas bajo el mar. Desde el punto de vista del consumo diario mundial, al decir de los expertos, un volumen menor.
6. Las plataformas petroleras del Ártico tendrán que protegerse de los icebergs con gigantescos islotes de hormigón.
7. En lo que concierne la energía fotovoltaica ver el artículo de Pedro Prieto «La energía neta de la solar fotovoltaica en España. Los límites del desarrollo renovable» en el mismo número antes citado de Mientras Tanto. De especial interés resulta la valoración conjunta que el autor hace en sus conclusiones sobre las energías renovables.
8. El ITER ha podido ser calificado, sin sonrojo, como «el más grande proyecto de investigación energética en el mundo.»
9. Para ver un ejemplo reciente de optimismo energético de lo más banal, el artículo de Emilio Trigueros, «La elusiva conciencia de la energía» publicado en El País,11 de abril de 2012.
10. El periódico contestatario francés CQFD publicaba en su último número de marzo una interesante entrevista con Raphaël Granvaud, que justamente ha hecho una laboriosa investigación sobre la explotación del uranio en África por parte de la empresa estatal francesa AREVA. Ahí se ve claramente hasta que punto la dominación neocolonial sigue siendo la estrategia indispensable para alimentar de energía a las viejas naciones desarrolladas. A ese respecto se puede leer con provecho lo que escribe Eduardo Romero sobre la estrategia militar española para salvaguardar sus intereses energéticos en el Golfo de Guinea. Ver su libro Quien invade a quien. Del colonialismo al II Plan África, Cambalache 2011.