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Curadme; de Sara R. Gallardo

a mis hermanas locas
a las que siguen torturando

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Queréis curarme de enfermedad.
Queréis curarme de biología,
de herencia genética,
de mi exclusivo sistema límbico.

Curadme de vacío, si es que sabéis que lo nombro;
curadme de sombras, de diluvios,
curadme de abusos sexuales, de enredaderas creciendo,
curadme de descensos, de entrañas,
curadme de mi pobreza y no os sentiréis tan frustrados.

Curadme de vuestros medicamentos, de vuestra industria,
curadme de vuestra suficiencia,
curadme de vuestras correas, de vuestras coerciones.
Curadme, si queréis, de vuestro dominio sobre lo que siento.

Curadme por dentro las autolesiones,
curadme como profesionales las vidas que he ido extraviando;
curadme del estado de shock de un dolor muy profundo.

Curadme del individualismo que promovéis,
del do it yourself, del “si tú quieres, puedes”.

Curadme de las olas que vienen rompiéndose en mí,
curadme de todas las etiquetas que me habéis hecho colocar y ocultar al mismo tiempo.
Curadme de trabajos mal pagados, de amistades que se alejan;
curadme de la incomprensión de los míos, sobre todo,
curadme de la luz de gas.

Recién comienzo a vivir sin odiar mi sufrimiento,
mientras vuestras palabras lo envilecen.
Yo manejo mi abismo,
salid de él de una vez. Dejad de curarme.


[Primera Vocal webgunetik hartuta]

Soledad; texto adaptado de la entrevista con Zygmund Bauman en el documental «La teoría sueca del amor. El triunfo del estado de bienestar»

Soledad; texto adaptado de la entrevista con Zygmund Bauman en el documental «La teoría sueca del amor. El triunfo del estado de bienestar»



Es falso que la felicidad signifique una vida sin problemas. La vida feliz implica superar las dificultades, los desafíos, controlar los retos del destino. Es exactamente esta alegría de luchar contra los problemas, de enfrentarse a ellos y superarlos lo que se pierde cuando el confort crece.
Tienes de todo. Tienes suficientes provisiones para mantenerte lejos del hambre, la miseria y la pobreza. Pero hay una cosa que no tienes, una cosa que el Estado o las políticas dirigidas desde arriba no pueden proporcionar: el estar con otras personas, ser uno en compañía. Eso lo tienes que conseguir por tu cuenta.
Las personas, cada vez más independientes1 y privadas de las habilidades de socialización, están perdiendo su capacidad para negociar la convivencia con sus iguales. El proceso de negociar y renegociar, volver a discutir, volver a aceptar, recrear… es muy agotador, requiere mucho esfuerzo, mucha atención. Y el aislamiento te quita la capacidad de hacer precisamente eso.
Ahora estamos dividiendo nuestras vidas entre dos mundos diferentes: online y offline. Conectando y desconectando. La vida online está en gran medida libre de riesgos. Los riesgos de la vida. Es tan fácil hacer amigos de Internet, de la red. Nunca estás realmente sintiendo tu soledad. Si no te gustan las actitudes representadas por otros usuarios simplemente dejas de comunicarte con ellos. Cuando no estás conectado lo que inevitablemente ves es la realidad de la diversidad de la raza humana. Las personas son diversas: transeúntes, extraños… Tendrás que enfrentarte a la necesidad de dialogar, de entablar una conversación. Tienes que enfrentar el hecho de que las personas son diferentes y hay muchas maneras de ser humano. Cuando se inicia un diálogo nunca se sabe cómo va a terminar. Tal vez, en lugar de demostrar que eres sabio y todos los demás son estúpidos se demostrará que otros son sabios y tú eres el estúpido.
La independencia te quita la capacidad de hacer precisamente eso. Cuando más independiente seas, menos serás capaz de detener tu independencia y reemplazarla por una agradable interdependencia. Así que al final de la independencia no está la felicidad, sino un vacío, una pérdida de sentido vital y un aburrimiento inimaginable.
1. El término «independencia» en este contexto hace referencia a la vida desarrollada con una necesidad mínima de dependencia e interrelación con otras personas.
Texto adaptado (y aparecido originalmente en la revista Ekintza Zuzena) de la entrevista con Zygmund Bauman en el documental La teoría sueca del amor. El triunfo del estado de bienestar, de Erik Gandini, 2015. En él, el director explora el estilo de vida sueco con sentido del humor, reflexionando sobre como una vida segura y fácil puede convertirse en una existencia vacía y solitaria.
[ Primera Vocal-en webgunetik hartua ]

Dos materiales sobre el negocio de la felicidad




El primero de estos materiales es un programa radiofónico: en el excelente podcast La linterna de Diógenes se dedicó parte de un programa a hablar con el psicólogo de la universidad de Oviedo José Carlos González, uno de los autores de La vida real en tiempos de la felicidad, sobre la psicología e ideología positiva, sus antecedentes históricos, su implementación en el mundo económico y empresarial, la escasa fiabilidad de sus postulados (pese a sus continuos intentos de presentarse como ciencia), los libros de autoayuda, la cultura del “me gusta”, la figura del gurú… Recomendamos encarecidamente la entrevista porque expone de una manera muy amena y cercana los principales nexos de unión entre una ideología con vocación hegemónica de rasgos individualistas y las exigencias que impone el  capital a la hora de organizar la realidad, y se hace de una manera que aborda la genealogía de dicha ideología positiva, evolucionando desde el puritanismo protestante productivista hasta una psicología que acaba por identificar felicidad y adhesión al cuerpo social y sus valores. La película de siempre, pero adaptada a los nuevos tiempos y presentada de manera más sutil.



[Ojo: la parte reseñada comienza en el minuto 23 y 15 segundos]

El segundo de estos materiales es un artículo escrito por José Durán Rodríguez que fue publicado por El Salto y cuyo título reza: El negocio de la felicidad, el fraude del siglo XXI, el cual reproducimos de manera íntegra a continuación.

En el invierno de 2013, la corporación multinacional de bebidas refrescantes Coca-Cola anunció el lanzamiento de una página web con más de 400 estudios sobre felicidad y salud que pretendía ser un referente en el campo de la investigación acerca del bienestar. Lo hizo a través del llamado Instituto Coca-Cola de la Felicidad, integrado en una iniciativa de la división española de la compañía que en 2010 y 2012 ya había organizado en Madrid dos ediciones de un evento denominado Congreso Internacional de la Felicidad.

Entre la maniobra publicitaria y la generación de una imagen de marca amigable, bajo la coartada filantrópica de responder al creciente interés sobre el tema, Coca-Cola se sumó a una agenda global que propone ser feliz como respuesta a todos los males.

Margarita Álvarez es una de las 50 mujeres más poderosas de España, según la revista Forbes, y también fue incluida en el listado de las 100 mujeres más influyentes en nuestro país en 2016, elaborado por la plataforma Mujeres&Cia, en la categoría de Directivas. Álvarez creó y presidió el Instituto Coca-Cola de la Felicidad entre enero de 2008 y marzo de 2011. Acaba de publicar Deconstruyendo la felicidad, un libro cuyo propósito, según se lee en la nota de prensa difundida por la editorial Alienta, es “ayudarte a averiguar si realmente existe la felicidad y, si es así, determinar dónde se puede encontrar”. La nota añade que en sus páginas no hay “reglas ni pautas: solo conocimiento. Porque saber y tener información sobre algo tan relevante te ayudará a entender cómo funciona el cerebro, cómo te utilizan tus pensamientos y cómo puedes identificar y aceptar todas tus emociones para afrontar mejor las circunstancias de la vida”.

Parece poco probable que la idea de ser feliz que maneja Álvarez guarde relación alguna con la que puedan tener, por ejemplo, las más de 800 personas afectadas desde 2014 por el ERE de la embotelladora de Coca-Cola en la planta de Fuenlabrada (Madrid).

[ Primera Vocal webgunetik hartuta ]

La llama (tercer tomo de La forja de un rebelde), de Arturo Barea

Fragmento de La llama (tercer tomo de La forja de un rebelde), de Arturo Barea

 

Bellos y no tan conocidos párrafos de Arturo Barea sobre su experiencia cercana a la locura en mitad del asedio a Madrid en la Guerra Civil. El miedo, el insomnio y la acumulación de horrores vividos como detonadores de un proceso que quiebra la estabilidad mental. Tal lejos y tan cerca. La Gran Vía, los obuses. La familiaridad de la fragilidad en épocas distintas…

Escuchaba con el conjunto de mi cuerpo por el silbido de un obús o el zumbido de un avión entre los mil ruidos de la calle; mi cerebro trabajaba febrilmente tratando de eliminar todos los sonidos que no eran hostiles y de analizar todos los que contenían una amenaza. Tenía que luchar incesantemente dentro de mí mismo contra esta obsesión, porque amenazaba cortar el hilo de lo que estuviera haciendo, escuchando o diciendo. Las gentes y las cosas alrededor de mí se borraban y contorsionaban en formas fantasmales, tan pronto como perdían el contacto directo conmigo. Me aterrorizaba estar en una habitación solo y me aterrorizaba estar en la calle entre las gentes. Cuando estaba solo, me sentía como un niño abandonado. Era incapaz de subir solo a nuestro cuarto en el hotel, porque esto suponía tener que cruzar solo la Gran Vía y porque después era incapaz de enfrentarme a solas con el cuarto. Cuando estaba en la habitación, me quedaba mirando la fachada blanca de la Telefónica, con los orificios de sus ventanas cubiertos de ladrillos o enmascarados con cortinas negras y sus docenas de cicatrices de granadas. Lo odiaba y me fascinaba. Pero no podía soportar más el mirar hacia abajo, hacia la calle.

Aquella noche me dio una fiebre alta y, aunque no había comido, vomité jugos amargos en convulsiones espasmódicas. Al día siguiente mi boca se llenaba del líquido agrio al sonido de una motocicleta, de un tranvía, del chillido de un freno, de las sirenas de alarma, del zumbido de los aviones, de la explosión de granadas. Y la ciudad estaba llena de estos ruidos.

Me daba perfecta cuenta de lo que me estaba pasando, y luchaba desesperadamente contra ello: tenía que trabajar y no tenía derecho a mostrar nerviosismo o miedo. Estaban los otros, ante los que yo tenía que mostrarme sereno si quería que ellos estuvieran serenos. Me acogí al pensamiento de que tenía el deber de no mostrar miedo, y de esta manera me encontré obsesionado con otra clase de miedo: el miedo de tener miedo.

Aparte de Ilsa y de mi cuñado Agustín, al cual había incorporado a la oficina como ordenanza en el puesto de Luis, todos sabían tan sólo que no me encontraba bien y que parecía tener un humor especialmente sombrío. El bombardeo era cada vez más continuo.

Los mismos periodistas pedían un traslado de la oficina de censura a un sitio más seguro; a petición suya habíamos instalado teléfonos para las conferencias en el piso bajo del edificio, pero aun así tenían que andar y cruzar constantemente la Gran Vía y esto se había convertido en un peligro innecesario e irrazonable. Ilsa era casi la única persona que defendía nuestra estancia allí: había tomado cariño a los muros de la Telefónica y se sentía una parte integrante de ella. Pero la situación se había hecho imposible de mantener hasta por ella misma.

En el hotel cambiamos nuestro cuarto a la espalda del edificio, donde nuestras ventanas daban a un patio interior, estrecho como una chimenea, que recogía y amplificaba todos los ruidos. Sufría ataques de fiebre y ataques de vómito y ni dormía ni comía. Por un día entero hice la censura en el rincón oscuro del hall del hotel, mientras Ilsa la hacía sola en la Telefónica. Fue ella quien obtuvo de Rubio Hidalgo la autorización para cambiar la censura al edificio del Ministerio de Estado. Algunos de los periodistas pedían que el traslado se hiciera a uno de los barrios más quietos y casi totalmente seguros contra el bombardeo, pero esto hubiera tomado mucho tiempo y una complicada instalación de cables. En el Ministerio, el cuarto de prensa y el de censura tenían aún las instalaciones y sus muros eran de gruesa piedra, aunque el edificio estaba dentro del alcance de los cañones y en el borde de su habitual campo de tiro.

La Telefónica había sido tocada por más de ciento veinte granadas, y aunque dentro de sus paredes no había caído ni una sola víctima en todo este tiempo, los periodistas y los censores teníamos el presentimiento de un desastre inevitable.

El primero de mayo, la Oficina de Prensa Extranjera y la censura volvieron al Ministerio de Estado en la plaza de Santa Cruz. Durante algunos días aguardé, sin moverme de mi rincón en el hall del hotel, que la mudanza quedara terminada, luchando contra mí mismo y perdido dentro de mí. Por entonces ignoraba que Ilsa cruzaba la calle bombardeada y trabajaba durante ocho días en el piso cuarto de la Telefónica, con la convicción absoluta de que estaba condenada a ser matada allí. Y en mi ignorancia y mi egoísmo, la dejé incluso que fuera ella quien coleccionara todos los documentos importantes y los llevara al ministerio, ayudada por Agustín.

El día después de haber dejado definitivamente la Telefónica, un obús penetró por una de las ventanas de la desierta oficina y explotó sobre la mesa central. Unos pocos minutos después de las cinco. Todas las tardes, a las cinco en punto, Ilsa se había hecho cargo del servicio y se había sentado a esa misma mesa a trabajar.

El Ministerio de Estado está construido alrededor de dos grandes patios enlosados y techados con cristales, y separados uno de otro por la monumental escalera de piedra que conduce a los pisos superiores, arrancando de la triple entrada del edificio.

[…]

Al cabo de unos pocos días, cuando vi que tampoco podía dormir allí, pedí al médico del ministerio que me reconociera y me diera alguna droga que me ayudara. Me dio una medicina a base de opio. Ilsa pensaba que la mejor cura era batallar mentalmente contra la obsesión y vencerla, pero no entendía que simplemente no pudiese dormir. Aquella noche me metí en la cama temprano, tambaleándome de exhaustación y de falta de sueño, y me tomé la dosis ordenada por el médico.
Me hundía en un pozo profundo. Se disolvían las líneas del cuarto. Agustín no era más que una sombra que se movía entre paredes amarillas sin fin que se perdían a su vez en abismos oscuros. La luz era un resplandor débil que se iba apagando lentamente. Mi cuerpo perdió el sentido de peso y comenzó a flotar. Me hundía en el sueño.

Me invadió un terror infinito. Ahora, en aquel mismo momento, iba a comenzar el bombardeo. Y yo estaría allí atado en la cama, incapaz de moverme, de protegerme. Los otros se irían a los sótanos y me dejarían solo allí. Comencé a luchar desesperadamente. La droga había obrado sobre los nervios motores y no podía moverme. Mi voluntad no quería someterse, no quería dormir ni dejarme que yo durmiera. Dormir era correr peligro de muerte. El cerebro me gritaba órdenes urgentes: «¡Muévete, sal de la cama, chilla!». La droga continuaba su ataque. Me sacudían olas de náuseas profundas dentro de mí, como si las entrañas se hubieran desintegrado de mi cuerpo y se agitaran furiosamente, buscando su liberación con manos, no, con garras y dientes propios. Alguien estaba hablando encima de mi cabeza, pegado a mí, tratando de explicarme algo, pero yo estaba muy lejos, aunque veía las sombras de sus cabezas enormes inclinadas sobre mí. Me sentía lanzado en abismos sin fin, cayendo en el vacío sin llegar nunca, con una presión horrible en el estómago; y al mismo tiempo tratando de empujar hacia arriba con todo mi cuerpo y resistir la caída y el choque final en el invisible fondo del abismo. Me estaba despedazando; mis miembros se convertían en masas algodonosas y deformes y desaparecían de mi vista, aunque aún seguían estando allí; y yo estaba tratando de recuperar estos brazos y estas piernas, estos pulmones y estas entrañas mías que se estaban disolviendo. Caras fantasmales y manos monstruosas y sombras flotantes se apoderaban de mí, me levantaban y me dejaban caer, me llevaban más y más lejos. Y yo sabía que en aquel mismo momento iban a comenzar las explosiones. Me sentía muriéndome de desintegración de mi cuerpo, con sólo un cerebro inmenso dejado a solas que acumulara todas sus energías contra esta muerte, contra esta disolución del cuerpo a que estaba unido.

Nunca he sabido si aquella noche estuve en el umbral de la muerte o de la locura. Tampoco Ilsa ha sabido nunca si ella me vio marchar inevitablemente hacia uno de los dos fines.

Lentamente mi voluntad iba siendo más fuerte que la droga. Al amanecer estaba completamente despierto, envuelto en sudor frío, mortalmente agotado, pero triunfante y capaz de pensar y moverme. A la caída de la tarde sufrí un nuevo ataque, en el que me revolqué sobre la cama, luchando por retener mis sentidos, mientras Ilsa, que no se atrevía a dejarme solo, contestaba las preguntas de dos visitantes polacos, antipáticos, sentados a la mesa que había en el cuarto. Veía sus caras distorsionadas haciendo muecas y trataba de no llorar. Parece, sin embargo, que lo hice.

La parte peor de mi experiencia, y de todas las fases de la experiencia a que me llevó el choque, fue que todo el tiempo me daba perfecta cuenta del proceso y de su mecanismo. Sabía que estaba enfermo y lo que tengo que llamar anormal: mi «yo» estaba luchando contra un segundo yo, rechazando el rendirse a él, dudando a cada momento de tener la energía necesaria para vencer; y prolongando así la batalla, dudaba si el otro yo que producía este miedo abyecto de destrucción no tenía realmente razón. Para poder vivir entre los otros, tenía que suprimir esta duda.

Cuando me levanté y reanudé el trabajo, me sentí completamente aparte de los demás, que a mí me parecían anormales por su incapacidad de compartir mis propias angustias. No podía librarme de la introspección, porque estaba obligado a mantener un control consciente sobre mí mismo, y esta autoobservación constante me hacía observar a los demás desde un nuevo ángulo.

Perdí mi interés en el trabajo de la oficina que los otros seguían en las líneas marcadas, manteniendo una resistencia pasiva y creciente contra los dictados de la oficina de Valencia. Lo que ocupaba toda mi imaginación era el entender los impulsos que movían en nuestra guerra a otras gentes y entender el curso de la guerra en sí.

Me parecía a mí que a cada individuo le impulsaban a la lucha cosas pequeñas impensadas e irrazonables, cosas que respondían sólo a emociones hondas e indefinidas.

Una partícula de materia gris palpitante había puesto en movimiento dentro de mí una cadena de pensamientos y emociones ocultos. ¿Qué era lo que animaba a los otros? No lo que decían en palabras ordenadas y escogidas, sino lo otro.

[ Primera Vocal-etik hartua ]

Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis; de Javier Erro

Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis; de Javier Erro                                          
El pasado mes de junio de 2017 se cumplió un año de la edición de Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis, de Javier Erro. Poco tiempo después publicamos la edición digital en la página web Mad in America para el mundo hispanohablante. Ahora, con un camino ya recorrido (tanto en lo que se refiere a cantidad de copias distribuidas y descargadas como a presentaciones realizadas por el autor a lo largo y ancho de la geografía ibérica), publicamos el pdf en Primera Vocal.
Queremos dar las gracias tanto a Javier Erro como a la Biblioteca Social Hermanos Quero de Granada, que ha sido el colectivo que se ha encargado de la edición y distribución de la guía. Os animamos tanto a solicitar copias impresas como a descargar y difundir la obra. Ya ha llegado a varios miles de personas, y estamos convencidos de que en el próximo año llegará a otros muchos miles más.
En ocasiones minusvaloramos nuestra capacidad de trabajo y el impacto de nuestros proyectos. Con medios relativamente precarios y mediante un proceso autogestionado hemos conseguido hacer llegar esta guía a bibliotecas, librerías, asociaciones de salud mental, institutos, etc. distribuidos por todo el país. Y ello ha sido posible por la enorme cantidad de manos que se han acercado y han comenzado a colaborar (desde supervivientes de la psiquiatría que han hecho llegar la guía a lugares y personas a las que no podríamos llegar de otra manera a profesionales que han comprado decenas de copias para regalar a pacientes, pasando por libreros que la recomiendan y venden aun a sabiendas de que apenas les dejará unos céntimos de beneficio). Al fin y al cabo, este ha sido un camino colectivo, algo que coincide con la misma esencia de Saldremos de esta: implicarnos, crear lazos, avanzar en la dirección contraria a la que apunta esta sociedad. Combatir el canibalismo social y la atomización. Sea apoyando a una persona en crisis o socializando conocimientos. No conocemos otra manera de sobrevivir al orden de cosas que nos ha tocado habitar… lo bueno que tiene es que además es una manera hermosa de estar en el mundo.
Saldremos de esta, por Javier Erro

[ Primera Vocal taldekoen webgunetik hartua]

Fármacos, marketing y violencia

Fármacos, marketing y violencia
                    
Cualquier injusticia social, cualquier dolor innecesario, es violento por naturaleza. […] Oponiéndote estarás haciendo frente a la misma esencia del problema. James Baldwin.
Estas líneas son redactadas tras la publicación en Mad in America para el Mundo Hispanohablante de un artículo sobre las oscuras estrategias empleadas por la industria farmacéutica (Janssen en este caso) para publicitar un nuevo neuroléptico inyectable llamado Trevicta. Lo primero que queremos hacer es recomendar encarecidamente su lectura, se presenta de manera clara y concisa cómo opera la maquinaria publicitaria en perfecta armonía con los medios de comunicación. Nuestra aportación desde Primera Vocal pasa tan solo por dar la mayor difusión que podamos a dicho texto y reflexionar brevemente sobre la naturaleza real de este tipo de operaciones empresariales y su incidencia en las personas que acudimos todos los días a los centros de salud mental de este país.
Vayamos por partes. ¿A qué naturaleza nos estamos refiriendo? A la violencia. A una lógica cruel que únicamente responde al incremento de los beneficios económicos. Una manera de intervenir en la gestión del sufrimiento que deja dos resultados claros: riqueza de una parte y vulnerabilidad de la otra.
La industria farmacéutica tiene un claro problema de imagen. Eso es evidente. Hacen todos los esfuerzos posibles (incluyendo desde hace poco apartados dedicados a la transparencia en sus propias webs, donde recogen el dinero que sueltan a profesionales, hospitales, instituciones y asociaciones) por limpiarla, pero saben que no es suficiente. No se trata de un problema de esta u otra empresa, es algo estructural, cualquier persona que se pare a pensar un momento y atienda al funcionamiento del mundo que le rodea caerá en la cuenta de que el capitalismo y la filantropía no son compatibles (y ni siquiera hay que ser anticapitalista para ello). No se puede cotizar en bolsa y buscar el cese de todo aquello que posibilita el que se pueda cotizar en bolsa. En otras palabras, ¿quiere realmente Janssen (y todas sus compañeras de armas) que las personas que consumen sus fármacos se recuperen y lleguen a no necesitarlos (o incluso que tan solo necesiten tomar menos dosis)?, ¿es compaginable la acumulación de riqueza y el bienestar de la sociedad a la que se dispensa fármacos?, ¿podemos imaginar una situación en la que alguna empresa del ramo aceptara sin pelear un cambio de paradigma que implicara un incremento de salud sin sus productos? Creemos que no.

Ahora bien, el negocio tiene que continuar. Hay que renovar el catálogo cuando las patentes caducan, hay que ofrecer nuevos productos, colocarlos y promocionarlos de manera que la ciudadanía vea esos esfuerzos comerciales como una contribución al bien social. Los caminos son varios:
1) El marketing a gran escala, la influencia en los medios de comunicación y la generación de noticias construidas con una única fuente de información, pero que suenan bien, como este épico titular del 20 Minutos: Un nuevo medicamento es capaz de controlar la esquizofrenia con solo cuatro dosis al año.
“Controlar”, eso  es cierto, Janssen ha dado en el clavo… tener a los pacientes drogados gracias a carísimos pinchazos espaciados en el tiempo es una forma de control que nos recuerda a ciertas distopías y a algunas estrategias psiquiátricas empleadas en los totalitarismos más aberrantes del siglo XX. Es una apuesta manifiesta porque las cosas sigan como están e incluso se optimice el rendimiento: ellos ganan más, los pacientes son atendidos menos tiempo (menos personal, menos molestias), las revisiones de la medicación son mucho más improbables y la retirada de la misma se convierte en un horizonte tan lejano que ya ni es horizonte ni es nada. Pero, ¿”controlar” la esquizofrenia? Eso es un brindis al sol, y el medio que lo ha publicado debería haberse molestado en preguntar a los pacientes por ello. Si los neurolépticos curaran algo no tendrían que pinchárnoslos para asegurarse de que los tomamos, los tomaríamos nosotros por nuestra propia iniciativa. Drogas como Trevicta pueden ayudar a frenar determinados síntomas, pero no los hacen desaparecer, los difuminan a un precio muy alto: deterioro de la salud y salvajes efectos secundarios. Las personas diagnosticadas deberíamos contar con la información y la capacidad de opinar sobre las drogas que entran en nuestro cuerpo. Tratar de implementar la inyección como tratamiento implica negar a los pacientes la capacidad de decidir sobre el mismo, erradicar la libertad en el espacio asistencial. Es una forma de violencia. Cotidiana y envuelta de bonitas palabras (“Es por tu bien”), pero violencia al fin y al cabo.
2) El marketing del comercial, el llamado “visitador médico”. La profesión de comercial tampoco goza de mucha consideración social: hombres y mujeres son entrenados en técnicas de persuasión y lanzados a patear las calles (las consultas en este caso nuestro) para colocar su producto. Solo la ingenuidad permite pensar que esos profesionales creen realmente en su producto, no… tan solo tienen que venderlo. Para ello se sirven de distintas herramientas: montan cenas, charlas, congresos… Pagan a psiquiatras, psicólogos y enfermeros con el objetivo de que informen a sus propios compañeros sobre las bondades de este u aquel fármaco.
Quien haya estado esperando en las salas de cualquier Centro de Salud Mental ha podido ver su obsceno comportamiento. Van de aquí para allá, ignorando la presencia de ciudadanos que esperan a ser atendidos en los mermados recursos de la salud pública y entrando en las consultas con sus sonrisas perfectas (no hay visitadores con los dientes torcidos), sus tablets y maletines. No se cortan. Y los profesionales del centro en ocasiones tampoco. A veces incluso hablan abiertamente de tal y cual paciente, creyendo que tan solo por omitir el nombre del mismo no se le estuviera faltando al respecto. Y tú estás ahí, esperando tu turno, escuchando lo bien que le ha ido el Xeplion a esa mujer tan “deteriorada” que iba todas las semanas por centro. Debajo de esas americanas perfectamente planchadas, de la gomina o del maquillaje murmura la violencia del dinero. Puedes olerla si te lo propones.
Un día entras en la consulta. La psiquiatra te quiere plantear una cosa: “¿No te interesa venir a pincharte? Es mucho más cómodo”. Jamás has tenido problemas de “adherencia”, tomas poca dosis y aspiras a no tomar ninguna. Respondes que no ves motivo para ello, que no es difícil tomar una pastilla al desayunar, que te gustaría reducir todavía más la dosis y que además es mucho más barato tomar Risperdal que inyectarte. “Tú no lo pagas, es la Seguridad Social”, te responde airada. Quieres explicarle cómo funciona el sistema de impuestos, pero no lo haces, no serviría de mucho. Sales de la consulta, recorres el destartalado pasillo. Te han cambiado 4 veces de psiquiatra en menos 4 años, incluso te has quedado sin unos durante varios meses. Te ven una vez cada noventa días. Jamás te han ofrecido nada que no sean drogas, ni psicoterapia ni nada semejante. Sales del centro, giras la cabeza: hay pancartas contra los despidos y recortes en la fachada. El mundo es el que está loco.
3) El patrocinio. La madre del cordero. El Estado y las comunidades autónomas están peladas, los recortes son constantes e irreversibles… pero la industria farmacéutica tiene billetes. Muchos. Cantidades ingentes. Ellas pagan los estudios clínicos (que evidentemente solo les favorecen a ellas) y los congresos (donde se hablan maravillas de sus productos), financian unidades psiquiátricas, fundaciones y asociaciones de familiares que están muy contentos por los avances de la industria. No es difícil hacer amigos con dinero, solo tienes que repartirlo de manera cuidadosa. Administrarlo con arte. Establecer una red clientelar los suficientemente tupida y flexible para resistir cambios políticos y crisis económicas. ¿Han disminuido los beneficios de las grandes empresas que facturan psicofármacos en estos terribles años? No. Al revés. Siempre van hacia arriba mientras a nosotros se nos sentimos la lluvia en los zapatos. Así es como se ha creado una ideología (es decir, una falsa conciencia que se vende e impone): a base de sueldos, dietas y fondos. Dinero. Violencia.
La injerencia de la industria farmacéutica en la salud pública implica una vulneración de derechos. A efectos prácticos, y recurriendo a una imagen simbólica bastante acertada, es arrojar a las personas diagnosticadas a un mar infestado de tiburones. Luchar contra ella es luchar por la justicia social y la libertad. Puede sonar pretensioso, pero creemos en ello. Entendemos que en un contexto donde se promueva la libertad (a un nivel tanto individual como colectivo) y la justicia, será menos fácil volverse loco. Y que si lo hacemos, será más sencillo que nuestras propias comunidades nos rescaten de entre la espuma de las olas.
Y llegados a este punto surge la misma pregunta de siempre… ¿qué hacer? Lo básico, lo esencial, sería:
– Desenmascarar la infamia de movimientos publicitarios como el que ha tenido lugar con el Trevicta y hacer toda la difusión posible. Erosionar la fachada humanitaria de la industria farmacéutica para que todos puedan ver lo que hay debajo.
– Acabar con la figura del visitador médico. Su presencia en los centros de atención es en sí misma una agresión de los mercados. El personal público debería disponer de tiempo y capacitación para formarse, estudiar y decidir el fármaco y las dosis con las que el trabajar. O incluso trabajar sin ninguno de ellos.
– Dicha elección debe basarse en estudios clínicos donde no se produzca conflicto alguno de intereses, realizados con fondos ajenos a la industria y por personas que no estén contaminadas de manera alguna (y no solo hablamos de salarios, también de viajes, comidas, cuotas de inscripción en congresos, etc.).
– Fomentar la autoorganización de las personas que sufren psíquicamente, construir redes y mecanismos de autodefensa. Seguir avanzando hasta reivindicarnos como sujetos activos e interlocutores inevitables, hasta que dejen, en definitiva, de vernos como una masa carne donde clavar sus agujas y hacer caja.
Salud y fuerza.
PD: Para más información sobre los neurolépticos, recomendamos, por ejemplo, este texto de Javier Romero Cuesta.

[ Primera Vocal webgunetik hartua ]

Ingresos forzosos

[Primera Vocalekoek testu interesgarri bat dakarkigute gaur] 

Ingresos forzosos                                                     

ingresos forzosos_xarxa gam_primera vocalOs dejamos con una publicación que ya tiene algún tiempo, y que no queremos que bajo ningún concepto caiga en el olvido de estos vertiginosos tiempos digitales. Se trata de un fanzine centrado en ingresos forzosos y elaborado por personas que narran sus experiencias en primera persona (y a quienes queremos dar las gracias desde Primera Vocal por su generosidad); un proyecto alentado por Xarxa GAM / Red de Grupos de Apoyo Mutuo formada por personas psiquiatrizadas, que ya conocemos de entradas anteriores.
Fanzine Ingresos forzosos_xarxa gam_PDF


Fragmento de Momo, de Michael Ende

Fragmento de Momo, de Michael Ende 

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Si no lo habéis leído, ya estáis tardando. Si lo habéis leído solo de niños, también estáis tardando.
Vivimos en un mundo oscuro donde hay que acudir a los libros infantiles en busca de afectos y verdades sobre el hecho de tener una mente que funcione de manera diferente.
[…]
Aun cuando alguien tiene muchos amigos, suele haber entre ellos unos pocos a los que se quiere todavía más que a los demás. También en el caso de Momo era así.
Tenía dos grandes amigos que iban a verla cada día y que compartían con ella todo lo que tenían. Uno era joven y otro viejo.
Momo no habría sabido decir a quién de los dos quería más.
El viejo se llamaba Beppo Barrendero. Seguro que en realidad tendría otro apellido, pero como era barrendero de profesión y todos le llamaban así, él también decía que ése era su nombre.
Beppo Barrendero vivía en una choza que él mismo se había construido, cerca del anfiteatro, a base de ladrillos, latas y cartón embreado. Era extraordinariamente bajo e iba siempre un poco encorvado, por lo que apenas sobrepasaba a Momo. Siempre llevaba su gran cabeza, sobre la que se erguía un mechón de pelos canosos, un poco torcida, y sobre la nariz llevaba unas pequeñas gafas.
Algunos opinaban que a Beppo Barrendero le faltaba algún tornillo. Lo decían porque ante las preguntas se limitaba a sonreír amablemente y no contestaba. Pensaba. Y cuando creía que una respuesta era innecesaria, se callaba. Pero cuando la creía necesaria, pensaba sobre ella. A veces tardaba dos horas en contestar, pero otras tardaba todo un día. Mientras tanto, el otro, claro está, había olvidado qué había preguntado, por lo que la respuesta de Beppo le sorprendía.
Solo Momo sabía esperar tanto y entendía lo que decía. Sabía que se tomaba tanto tiempo para no decir nunca nada que no fuera verdad. Pues en su opinión, todas las desgracias del mundo nacían de las muchas mentiras, las dichas a propósito, pero también las involuntarias, causadas por la prisa o la imprecisión.

Cada mañana iba, antes del amanecer, en su vieja y chirriante bicicleta, hacia el centro de la ciudad, a un gran edificio. Allí esperaba, con sus compañeros, en un patio, hasta que le daban una escoba y le señalaban una calle que tenía que barrer.
A Beppo le gustaban estas horas antes del amanecer, cuando la ciudad todavía dormía. Le gustaba su trabajo y lo hacía bien. Sabía que era un trabajo muy necesario.
Cuando barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso—inspiración—barrida. Paso—inspiración—barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después proseguía paso—inspiración—barrida.
Mientras se iba moviendo, con la calle sucia ante sí y la limpia detrás, se le ocurrían pensamientos. Pero eran pensamientos sin palabras, pensamientos tan difíciles de comunicar como un olor del que uno a duras penas se acuerda, o como un color que se ha soñado. Después del trabajo, cuando se sentaba con momo, le explicaba sus pensamientos. Y como ella le escuchaba a su modo, tan peculiar, su lengua se soltaba y hallaba las palabras adecuadas.
—Ves, Momo —le decía, por ejemplo—, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.
Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces siguió:
—Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.
Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando:
—Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Solo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nnunca nada más que en el siguiente.
Volvió a callar y reflexionar, antes de añadir:
—Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.
Después de una nueva y larga interrupción, siguió:
—De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no se está sin aliento.
Asintió en silencio y dijo, poniendo punto final:
—Eso es importante.
Otra vez se sentó al lado de momo, callado, y ella vio que estaba pensando y que quería decir algo muy especial. De repente, él la miró a los ojos y le dijo:
—Nos he reconocido.
Pasó mucho rato antes de que continuara con voz baja:
—Eso ocurre, a veces… a mediodía…, cuando todo duerme en el calor… el mundo se vuelve transparente… como un río, ¿entiendes?… se puede ver el fondo.
Asintió y calló un rato, para decir en voz más baja:
—Hay allí otros tiempos, allí al fondo.
Volvió a pensar un buen rato, buscando las palabras adecuadas. Pero pareció no encontrarlas, pues de repente dijo con voz totalmente normal:
—Hoy estuve barriendo junto a las viejas murallas. Hay allí cinco sillares de otro color. Así, ¿entiendes?
Y con el dedo dibujó una gran «T» en el suelo. La miró con la cabeza torcida y, de repente, murmuró:
—Las he reconocido, las piedras.
Después de otra interrupción siguió a empellones:
—Esos eran otros tiempos, cuando se construyó la muralla… trabajaron muchos en ella… pero había dos, entre ellos, que colocaron esos sillares… era una señal, ¿comprendes?… la he reconocido.
Se pasó las manos por los ojos. Parecía costarle un gran esfuerzo lo que intentaba decir, porque al seguir hablando, las palabras salían con esfuerzo:
—Tenían otro aspecto, esos dos, en aquel entonces.
Pero entonces dijo, en tono definitivo y casi colérico.
—Pero nos he reconocido, a ti y mí. ¡Nos he reconocido!

Los espacios de solidaridad fallan por la falta de empatía radical. Entrevista con Clara Valverde.

Los espacios de solidaridad fallan por la falta de empatía radical. Entrevista con Clara Valverde.                     
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“Estamos en guerra: los que tienen en poder neoliberal nos han declarado la guerra. Y la gente hace como si nada. Estamos en una situación de injusticia extrema. No es el momento de estar tranquilos”.
Entrevistamos a Clara Valverde, afectada por una enfermedad crónica, escritora y ciberactivista, que acaba de publicar un libro (De la necropolítica neoliberal a la empatía radical: Violencia discreta, cuerpos excluidos y repolitización; Icaria Editorial, 2015) en el que denuncia cómo las políticas neoliberales buscan el exterminio de las persones excluidas y hace una llamada a la autoorganización del sufrimiento.
El neoliberalismo no necesita armas para matar. Las paradas, las precarias, las enfermas, las emigrantes, las sin techo, las no rentables, todas ellas están sufriendo en su propio cuerpo una forma de política orientada a su exterminio.
En su último libro, Clara Valverde se refiere a esta guerra que genera exclusión con el nombre de “necropolítica” (del griego necro, “muerte”). Y para hacer frente a esta situación, apuesta por la autoorganización del sufrimiento social. ¿Cómo hacerlo? Los espacios de coordinación de luchas y de apoyo mutuo a menudo hacen aguas al trabajar en los márgenes del sistema. “Fallan”, según la autora, “porque la gente no piensa que el sufrimiento que viven otros, esa situación difícil, les pasará a ellos”. “Les falta empatía radical”, afirma.
El último libro de Clara Valverde, De la necropolítica neoliberal a la empatía radical: Violencia discreta, cuerpos excluidos y repolitización (Icaria Editorial, 2015) se acaba de presentar. En sus páginas se explica que la línea divisoria entre las personas “incluidas” y las “excluidas” es cada vez más fina. La autora lo sabe muy bien. Fue profesora de enfermería durante décadas y activista desde muy joven. Ahora está demasiado enferma para continuar dando clases. Desde su cama, en los pequeños ratos en el que el cuerpo se lo permite, escribe y es ciberactivista. Es la presidenta de la Liga SFC/SSC (Síndrome de Fatiga Crónica/Síndromes de Sensibilización Central). “Somos radicales porque vivimos una realidad radical”, dice. Por eso apuesta por la radicalización de la empatía como forma de supervivencia y de lucha.         
HR: Desde la exclusión, ¿se ve el mundo más claro? Explícanos alguna cosa que solo se ve desde aquí.
CV: Se ve la gran negación en la que vive la mayoría de la gente. Es impresionante. Estamos en guerra: los que tienen el poder neoliberal nos han declarado la guerra. Y la gente hace como si nada. Hay gente que no tienen techo, comida, ayuda. Aquí mismo, delante nuestro. Pero casi nadie lo ve. Casi nadie se inquieta. Veo que la gente está demasiado tranquila. No son tiempos para la tranquilidad. Estamos en una situación de injusticia extrema. No es el momento de estar tranquilos.
HR: En el libro hablas de formas de violencia discreta. ¿Nos das algunos ejemplos?
CV: El paternalismo, el pensamiento “positivo”, la manipulación y perversión de la participación ciudadana son algunos ejemplos. La tolerancia es otro tipo de violencia discreta. Si yo “tolero” a alguien, es que tengo poder sobre esa persona. La aguanto. La desprecio. Se dice que hay que tolerar las diferencias. No, lo que hay que hacer es analizarlas, hablarlas, ver a quién sirven, mirar bien a qué se deben.

HR: Te refieres al caso de los enfermos de los Síndromes de Sensibilización Central (SSC), que tan bien conoces- en tu propia piel-, como un “aviso”. ¿De qué nos están avisando?
CV: Las 250.000 personas (el 3,5% de la población) que viven con estas patologías en Catalunya están dando un aviso al resto de la sociedad sobre el nivel de crueldad al que puede llegar el neoliberalismo. Los enfermos de SSC ya tenían pocos derechos y no eran creídos, y ahora, en Catalunya, se les ha quitado el derecho a seguir viendo a sus especialistas. Y se les está retirando las pensiones. Lo que están haciendo las administraciones sanitarias con los enfermos de SSC lo harán con el resto de los enfermos en el futuro. Están viendo que lo pueden hacer y que no hay una alarma social. Eso anima a los administradores y a los gobiernos a excluir más grupos.
CV: Los enfermos de SSC son un aviso de que puede haber en nuestra sociedad cientos de miles de personas que sufren y nadie hace nada para ayudarles. Son un aviso de lo poco empáticos que pueden llegar a ser los seres humanos.
CV: También los SSC son un aviso de lo tóxico que es nuestro medio ambiente. Los productos químicos provocan y perpetúan estas enfermedades. Solo hay que ver a gente que no pueden salir de su casa sin una mascarilla industrial para hacerse la idea de lo que va a ocurrir a los seres humanos en los próximos años.
HR: ¿Somos cómplices de la necropolítica del neoliberalismo? ¿En qué sentido?         
CV: Todos somos cómplices de las políticas mortíferas del neoliberalismo si nos creemos las mentiras de los poderosos y su prensa, si participamos en excluir a los nuevos llegados, a los que no tienen privilegios, a los que sufren. Somos cómplices si no nombramos claramente las injusticias y las desigualdades que vemos. En Catalunya, desde hace unos meses, gente que antes estaba activa trabajando por la justicia, ahora está inactiva, esperando. Este esperar a que algo o alguien cambie, eso es participar en la necropolítica. No hay menos sufrimiento. No hay menos desigualdades. Entonces, ¿por qué la gente está esperando?
HR: ¿Por qué crees que a menudo fallan los espacios de coordinación de lucha como espacios de apoyo mutuo?
CV: No siempre fallan, pero fallan porque la gente no piensa que ese sufrimiento que viven los otros, esa situación difícil, les puede pasar a a ellos. La Acampada ICAMS es un buen ejemplo. Estadísticamente, un tercio de la población desarrollará una enfermedad crónica antes de los 65 años de edad. Eso quiere decir que tendrán que pasar por el temido ICAMS [Insitut Català d’Avaluciones Mèdiques i Sanitàries, la agencia del gobierno catalán que decide si estás demasiado enfermo para trabajar, que otorga pensiones, etc.], y seguro que le darán el alta aunque esté demasiado enfermo para trabajar.
CV: El ICAMS funciona por cuotas y con recortes. No tienen en cuenta la salud de la gente. Son los “mercenarios” del Departament de Salut. Es una injusticia que es o ha sido parte de la vida de muchísimos catalanes. Y, ¿cuánta gente va a las concentraciones semanales delante del ICAMS para protestar contra las altas injustificadas? Pues menos de 100 personas. Y los otros, ¿a qué esperan? ¿A que les toque a ellos? Falla por falta de empatía radical.
HR: Sí, en tu libro hablas de esta empatía radical. ¿En qué se diferencia de la solidaridad?
CV: Solidaridad es una bonita palabra que ha estado muy manipulada y que puede querer decir muchas cosas diferentes dependede quién la utilice. Empatía es ponerse en el sitio del otro, del que sufre. Es intentar imaginarse lo que vive, y mostrarle que su sufrimiento nos importa.
CV: La empatía radical es una idea que he ido desarrollando que no es solo imaginarse e interesarse por el sufrimiento del otro. Es darse cuenta de que el otro no es tan diferente de nosotros. En esta sociedad neoliberal, mucha gente que ahora no están en dificultades, fácilmente pueden estarlo. Si una enferma pierde su trabajo, las políticas neoliberales la dejarán de lado como si fuera basura.
CV: La empatía radical es tomar conciencia de que uno es también el que duerme en el cajero, el que come en Cáritas. Y si uno tiene aún más capacidades radicales, se puede imaginar que también es el refugiado que este invierno se muere de frío en un campamento de refugiados. La mayoría de la gente que no está en dificultades, los “incluidos”, en esta sociedad están muy cerca de ser excluidos.
HR: Santiago López Petit lanza esta pregunta en el prólogo del libro y ahora te la devuelvo: “¿Cómo autoorganizamos el sufrimiento social? En otras palabras, cómo incorporamos la exclusión social al llamado ‘común’?”
CV: El prólogo de Santiago es excelente. ¡Hay que leerlo! Para organizarnos, los que aún no están excluidos deberían acercarse a la realidad y a los espacios de los excluidos. En estos espacios no hay sitio ni tiempo para repetir maneras de organizarse que ya ha demostrado su inutilidad. Crear y mantener estructuras verticales y líderes ha demostrado ser una pérdida de tiempo, energía y aburre y desmoviliza. Aparte de que reproducen autoritarismo y machismo. Yo creo que tenemos que retomar y potenciar las maneras horizontales de organizarnos que llevamos a cabo en el 15-M. Hay mucha gente que ahora han vuelto hacia atrás a estructuras y maneras de organizarse que son verticales. Necesitamos crear pequeños grupos de afinidad para después hacer enjambre con otros para acciones puntuales. La manera de organizarnos tiene que ser ética. El proceso es el producto. Como decían los compañeros de Occupy Wall Street: “No tenemos reivindicaciones. Nosotros somos las reivindicaciones”.


[Elkarrizketa hau Clara Valverderi Homera Rosettik burutu eta La Directa egunkarian agertu huNan lehengo urteko abenduan eta duela hilabete inguru jaitsi ziNaten Primera Vocal kolektibokoei hartu zieNat]

Más testimonios sobre contenciones mecánicas…

Más testimonios sobre contenciones mecánicas…

correas-de-contencion_primera-vocal   Como ya sabe la mayoría de lectores de Primera Vocal, desde que subiéramos a la web unaescalofriante imagen de las correas usadas en la unidad de psiquiatría infantil del Hospital Gregorio Marañón en Madrid se han sucedido distintos debates y publicaciones sobre esta y otras más que cuestionables prácticas psiquiátricas. Esta entrada pretende continuar con los testimonios que nos han hecho llegar distintas personas y que nos limitamos a reproducir textualmente. Los tres primeros son de profesionales del ámbito de la salud mental, e incluyen descripciones y reflexiones que ayudan a pensar el propio fenómeno de la contención mecánica. Los tres textos siguientes han sido escritos por personas que han vivido en sus propias carnes este quehacer tan terapéutico que consiste en ser atado con correas; el último de ellos es un conjunto de tres poemas (en ocasiones, las palabras de uso más común y la secuencia convencional de oraciones no son el único ni el mejor camino para comunicar la experiencia vivida).
Testimonio 1
Soy enfermero en una unidad de hospitalización de agudos. Pese a considerarse en mi unidad la inmovilización “terapéutica” como medida excepcional a evitar, muchas veces considero que se realizan inmovilizaciones terapéuticas innecesarias.
En muchos congresos de Enfermería se debate acerca de la identidad de la profesión, que desde los inicios ha sido considerada supeditada a la profesión médica. En la búsqueda de su identidad, en agudos me percato de que la Inmovilización es considerada como sello insignia de la profesión. Es considerada la actividad más importante de la unidad y en la que se cuestiona quién es buen o mal profesional, como una oportunidad para valorar que te estás ganando el sueldo, midiendo variables como valentía y arrojo (enfrentamiento con el paciente psicótico) pero cuando se intenta evitar la contención se valora todo lo contrario. Incluso puede peligrar el puesto de trabajo si cuestionas si cierta contención ha sido necesaria o no. Destaco las siguientes puntualizaciones:
-Es necesaria mayor preparación emocional para el personal enfermero. Ciertos profesionales son bien considerados por manejar agitaciones que ellos mismos provocan, sin ser conscientes de que las provocan o incluso de que gozan conteniendo pacientes por una cuestión de poder.
-Los propios supervisores fomentan esto. Está mal visto el que intenta evitar una contención innecesaria.
-Por la noche se tiende más a inmovilizar al paciente, pero, ¿es para que el paciente no moleste a los profesionales?
-La inmovilización se sigue viendo como un castigo. Cuando un paciente, dentro de su delirio, intenta agredir a un miembro del personal, en vez de advertir que actúa bajo un estado de temor, se ve imprescindible sujetarle “como castigo”. Es imposible que yo evite una contención si el resto de personal, supervisor incluido, están en la habitación del paciente poniendo caras largas mientras intento hablar con él.
-Pacientes de otras culturas, de otros países, con otro idioma, con nula adherencia al tratamiento, ven como se les administran cantidades ingentes de medicación en continuos ingresos hospitalarios, incluso actuación de la policía ante fugas. Estos pacientes no se van a tomar la medicación cuando salgan. ¿Es necesario tanto ingreso, tanto sufrimiento para el paciente?
Yo pondría como elemento indispensable que todo profesional pasara por un trabajo de terapia personal para poder trabajar en agudos. Muchos Psiquiatras y Psicólogos pasan por ello, para saber cuáles son sus conflictos y no depositarlos en los pacientes, para no provocar agitaciones cuando el profesional viene de mal humor a trabajar, pero la Enfermería no tiene obligación de pasar por psicoterapia. Lástima porque evitaría sujeciones innecesarias y serían mejores profesionales.
Testimonio 2
Como profesional de la salud mental desde hace años, agradezco enormemente que este debate salga a la luz, y nunca mejor dicho, que exista un poco de luz allí donde predomina la oscuridad.
No tengo experiencia directa con las contenciones mecánicas al no haber trabajado nunca en una planta de psiquiatría de un hospital, pero sí tengo algunos conocimientos de cómo funcionan por lo que la gente que las ha sufrido me ha contado y por lo que algunos profesionales que trabajan allí cuentan.
Me gustaría aportar algunos aspectos para la reflexión, que creo podrían ayudar a cuestionar y reducir el uso de la contención mecánica en aquellos servicios en los que continua siendo una práctica habitual.
1- Su uso es más frecuente cuando el ingreso psiquiátrico es involuntario. En este punto, sería interesante sacar a la luz la arbitrariedad que rige este tipo de ingresos. Es fácil entender que si a alguien se le ingresa contra su voluntad en una planta de psiquiatría, se están sentando las bases para que pueda tener actitudes o comportamientos violentos que terminen “requiriendo” una contención. La pregunta sería cuántas de las personas que son ingresadas involuntariamente podrían ser tratadas con otros abordajes terapéuticos más respetuosos que hiciesen innecesario el ingreso, y la respuesta es “probablemente muchas”. Como consecuencia de ello se reduciría el número de contenciones mecánicas, ya que cuanta menos gente acceda a una planta de psiquiatría contra su voluntad menos contenciones se realizarán.
En relación a los ingresos involuntarios, según mi propia experiencia, muchos de ellos se producen por una paradoja que se da en la “relación terapéutica”. Muchas personas diagnosticadas de algún trastorno psicótico, y que podrían beneficiarse del apoyo profesional, ocultan sus “síntomas” a sus profesionales de referencia por miedo a la reacción que estos vayan a tener. Este miedo es la consecuencia del tipo de relación establecida, en la que el profesional puede ingresar o medicar a alguien contra su voluntad si así lo considera oportuno por valorar que está “muy psicótico”. El miedo y lo terapéutico son incompatibles. La persona, que con otro tipo de relación verdaderamente terapéutica podría afrontar sus vivencias y experiencias de otra manera, decide ocultar al profesional esta información convirtiendo lo que podría ser terapéutico en algo coercitivo. Cuando hablamos de alguien que ha sido definido como “crónico”, esta dinámica se puede repetir de manera cíclica. La secuencia sería: “me encuentro mal, pido ayuda y termino en el hospital contra mi voluntad, así que la próxima vez que me encuentre así, lo ocultaré y no diré nada para que no me ingresen”. Así que al hecho de que alguien lo pase mal porque está “psicótico”, se suma que en lugar de pedir ayuda lo que hace es ocultarlo a quien se supone que le podría ayudar, lo cual difícilmente favorece que la persona consiga estar más tranquila, aumentando su desconfianza y suspicacia, lo que se terminará interpretando como reactivación de su sintomatología psicótica. Por lo tanto el “tratamiento para reducir la paranoia” estaría provocando más paranoia. La cuestión no es negar la existencia de estos estados altamente alterados ni la angustia asociada, sino plantear otras formas de abordarlos.
2 – El marco teórico que tengan los profesionales que traten a la persona hará más o menos probable que termine teniendo lugar una contención. Si partimos de un modelo biologicista será más probable que recurramos a la contención que si lo hacemos desde uno humanista. Si pensamos que el estado de alteración y agitación de la persona responde a un desequilibrio bioquímico y a un mal funcionamiento cerebral producido por una enfermedad, no responderemos igual que si pensamos que ese estado puede responder a factores contextuales y biográficos. El tipo de intervención que llevaremos a cabo será distinta y las consecuencias para el paciente también.
Recientemente un compañero me comentaba, de manera muy acertada, que una forma de reducir el número de contenciones e intervenciones coercitivas, sería considerar que cuando un paciente acude agitado y alterado a urgencias o a su centro de salud mental, pensáramos que acaba de sufrir una tragedia enorme (por ejemplo un atentado terrorista o un secuestro), ya que de esta forma, nuestra manera de acercarnos a él sería mucho más respetuosa y empática, al mismo tiempo que entenderíamos que pudiera reaccionar de manera poco adecuada a nuestros intentos de ayudarle. Creo que de esta manera se reduciría la tendencia de algunos profesionales a pasar a la acción sin conocer muchas veces qué le ha sucedido a la persona para que se encuentre así. Si además esta persona, en su historia biográfica, ha sufrido algún tipo de maltrato, abuso o acoso (algo bastante frecuente, según demuestran los estudios más recientes sobre la relación psicosis-trauma), cualquier tipo de medida coercitiva, en especial el uso de la contención mecánica, supondría una retraumatización que haría a la persona revivir la experiencia de indefensión y miedo.
3 – Otro factor importante es el tiempo. Muchas contenciones se producen porque se quieren solucionar las cosas de manera rápida, cuando simplemente dedicando más tiempo y de más calidad a la persona podría llegarse a soluciones compartidas más respetuosas. Muchas personas en estado de crisis aguda, ante la presencia de alguien dispuesto a escuchar y a dedicarle el tiempo que sea necesario, pueden transitar de un estado de angustia extrema a otro de angustia “tolerable” que hace posible acercamientos no coercitivos.
4 – El contexto en el que todo esto se produce es determinante, entendiendo éste en su acepción más amplia, incluyendo el contexto físico, social, cultural, político… El aumento de las desigualdades, la injusticia social, la excesiva burocratización y el alejamiento de la salud mental del campo de las humanidades y su acercamiento al ámbito hospitalario, así como la propia violencia que el sistema ejerce sobre las personas en distintos ámbitos (por ejemplo a nivel laboral), son aspectos que no son ajenos al uso de la contención y de otras medidas coercitivas en este y otros ámbitos.
5 – El uso de la mentira como forma de conseguir que los pacientes acepten determinado tipo de intervenciones, así como determinadas actitudes que infravaloran sus capacidades a la hora de decidir, también contribuyen a aumentar las posibilidades de que una medida coercitiva sea utilizada. Ejemplos de esto serían: no informar sobre efectos secundarios de la medicación a los pacientes, minimizar los mismos cuando sí son informados, no informar sobre otros abordajes terapéuticos, engañar deliberadamente al paciente para que tome la medicación diciéndole que es para algo distinto al motivo de la prescripción, no tomar en cuenta las repetidas quejas del paciente sobre distintos aspectos de su tratamiento, transmitir la información a la familia en lugar de al paciente, plantear algo como opcional cuando en el fondo es algo obligatorio, incapacitar legalmente a personas con capacidad para tomar decisiones por sí mismas… y así muchas otras situaciones que no resultarán ajenas a las personas que frecuenten este tipo de servicios.
En este punto, determinados comentarios y actitudes por parte de los profesionales pueden provocar el comportamiento alterado y agitado del paciente que luego estos mismos profesionales intentan controlar mediante la contención o el ingreso involuntario. Este tipo de dinámicas son sutiles, y a veces se esconden bajo la apariencia de buenas intenciones y actitudes proactivas de “ayudar y cuidar” al paciente. Esto es de una perversión extrema, ya que quien te agrede y te hace daño, es quien se supone te debería ayudar, con lo cual la persona se queda atrapada en esta relación patológica que fomenta la sumisión, como resultado de experiencias repetidas de indefensión. Resulta curioso que haya muchos pacientes que después de muchos años recibiendo atención por parte de profesionales que “quieren ayudarles por su bien” sigan rechazando su ayuda, lo que les conduce inevitablemente a “terminar recibiéndola a la fuerza”. ¿Quizá sea que no sienten que esta ayuda les ayude? ¿Qué diferencia este tipo de “terapias” del maltrato?
6 – Aunque este sea un punto delicado y controvertido, creo que incluso cuando de manera excepcional la contención termine produciéndose (aunque siempre es preferible que no se produzca), existen formas de reducir el impacto traumático que tiene para la persona. En este caso informar a la persona en todo momento de lo que se está haciendo y se va a hacer, manifestar que va a ser por el menor tiempo posible, explicar los motivos dejando claro que la intención es intentar calmar y proteger a la persona y nunca castigarla por su actitud, no dejar a la persona sola y atender sus necesidades más básicas, y por supuesto, pedir disculpas por haber tenido que utilizar este tipo de intervención tan agresiva, pueden minimizar el impacto traumático que esta experiencia tiene.
7 – Es necesario hacer una reflexión como profesionales acerca del impacto traumático que para una persona tiene el hecho de ser contenido mecánicamente. Algunos profesionales minimizan el impacto de la experiencia y lo justifican por los supuestos beneficios que puede tener para el paciente, aunque reconozcan que es una experiencia desagradable. Aunque esta actitud pueda ser comprensible teniendo en cuenta el tipo de formación que recibimos como profesionales (exagerar los beneficios y minimizar los perjuicios de las intervenciones coercitivas, “son por el bien del paciente”), no podemos permanecer impasibles y debemos hacer lo posible por reducir este tipo de prácticas tanto como sea posible, siendo conscientes del daño que producen a cualquier ser humano. Como profesionales, aunque nos duela escuchar los testimonios de algunas personas que han sufrido contenciones, no podemos dejar de escucharlos y mirar para otro lado, y debemos reconocer el daño causado, la valentía para contarlo y pedirles disculpas. Para esto último, es necesario que muchos profesionales se bajen de su pedestal, algo no siempre fácil…
8- Por último, un elemento clave que mejoraría la atención en salud mental, reduciría considerablemente el uso de medidas coercitivas en general, y de contenciones mecánicas en particular, sería contratar como profesionales a personas que hayan tenido problemas de salud mental y se hayan recuperado, algo que ya se está haciendo en otros países con éxito. Su presencia en los distintos dispositivos de atención, modificaría las prácticas de los profesionales y los discursos utilizados, siendo más respetuosos y empáticos con el sufrimiento de las personas. Quién mejor que alguien que ha experimentado como paciente la atención que el sistema le ha brindado, para conocer sus fortalezas y debilidades, y aportar algo de luz sobre algunos aspectos que a los profesionales nos cuesta ver. Quizá si escucháramos de verdad lo que los pacientes nos cuentan acerca del efecto que producimos con nuestras intervenciones, nos pensaríamos muy bien qué hacemos y cómo lo hacemos, recordando siempre un principio básico: “Primum non nocere” (lo primero no hacer daño).
Testimonio 3
Hoy escuché un golpe en el pasillo de la Unidad y gente hablando un poco alto. Salí a ver qué pasaba, siempre con el miedo paranoide a la agresividad del otro. En este caso, el otro era un chico de 20 años, recientemente ingresado en nuestra Unidad, hablaba de cosas que había superado, peleas con armas blancas, consumos de drogas, hablaba de Marruecos, país de sus familiares, su historia en medio de balbuceos confusos y todo impregnado de rabia, aparte de fármacos, se señalaba el dorso de la mano, una venda cubría varias heridas recientes hechas con un cigarro, se trató de arrancar la parte de arriba del chándal, se bajó la cremallera y luego balbuceó algo como, seré tonto, a ver si me la he cargado y volvió a subírsela, con todo lo que he pasado no tengo por qué estar aquí, no quiero estar aquí. Mientras tanto éramos, contándome a mi llegada, 4 profesionales, otra persona ingresada se asomó y alguien lo echó como el que está observando algo que no debería ver. Algunos de nosotros teníamos guantes puestos, atributo a ser posible imprescindible para una contención física. Apareció otro compañero que se quedó observando a una cierta distancia por si tenía que entrar en acción. La enfermera, que era la que dirigía el cotarro a mi llegada, solo le recordaba en tono ¡firmes!, que ya había hecho lo que le había pedido, avisar a su doctor, y que se tranquilizara. A mi solo me salieron de la garganta dos emisiones idénticas, como un eco sonoro que trataba de tranquilizar desde la distancia, Marcos…Marcos…, y un leve contacto en el hombro.
A todo esto llegó su doctor y se lo llevó al despacho a hablar.
A la vuelta del desayuno comentaba un compañero, Un paciente casi se agita esta mañana. Lo sé. ¡Es verdad, que estabas allí! Ese era el compañero que se mantuvo a unos metros, yo se supone que estaba al lado de Marcos, pero la verdad es que no sé si estaba allí, no sé quién estaba allí, quizás estuviera solo él, desesperado en su confusa soledad y cientos de personas rodeándolo, entre las que estábamos un puñado de profesionales en actitud defensiva, temiendo-esperando, casi como provocando una agitación. Quizás por eso mis palabras sonaron como un eco, él casi ni se inmutó al oírlas, no sé si realmente llegó a oírlas desde tan lejos.
El paciente fue trasladado a una Unidad con mayor capacidad de contención física y menor contención emocional. Imagínense qué tipo de contención emocional podemos ofrecerles a las personas que están ingresadas en los hospitales para las llamadas enfermedades mentales, la misma que podemos ofrecernos a nosotros mismos en una situación como esta, sentimos miedo, algo de tensión como la que puede sentir un animal agazapado, un animal que espera cazar a su presa o ser cazado por su depredador, una mezcla de los dos miedos, pero la situación se aleja algo de esta, porque nuestra supervivencia física está prácticamente asegurada en la mayor parte de los momentos, nos queda el vestigio emocional de ese miedo, que nos impide percibir qué está pasando en ese otro mundo, ese mundo confuso y enloquecido en el que estamos las personas en los momentos de crisis, un mundo de difícil acceso, aparentemente.
Testimonio 4
Nada más llegar al “Sanatorio Esquerdo” un psiquiátrico privado de Madrid me pusieron una inyección que me dejó cao, no se el tiempo que estuve inconsciente. Me llevaron allí después de estar en psicosis aguda durante quince días, me dijeron que me llevaban al dentista. En ese tiempo tenía las muelas de juicio jodidas, y me dolía una barbaridad… Les creí.
Desperté en una habitación extraña, estaba sola, desorientada, salí a un enorme pasillo al que daban muchas puertas como la que yo crucé, salí y me acerqué a las ventanas que allí había. Abrí una, había rejas, abrí otra, había rejas, abrí otra, más rejas. Dos hombres vestidos de blanco se acercaron por detrás, me agarraron. Yo me resistí, no entendía nada, me arrastraron por el pasillo, me llevaron escaleras abajo, no entendía nada. Gritaba, les decía: ¿Qué coño hacéis? ¿Dónde estoy? ¡Dejadme en paz!, Tranquila, tranquila me decían mientras me arrastraban… no entendía nada.
Me encerraron en una celda del sótano, me ataron a la cama, me inyectaron, quedé cao. Cuando desperté en la celda no sé el tiempo que llevaba allí, ni el que después estuve, fue el más largo de mi vida, y en mis células quedó grabado. La celda tenía una puerta con una mirilla, no recuerdo ver a nadie asomarse, la cama estaba frente a ella. Por encima de mi cabeza había una ventana.
Recuerdo que la única persona que entró allí fue una limpiadora, que al verme atada, forcejeando y gritando que me soltasen, se acercó e intentó ayudarme diciéndome que me iba a ir mejor si me callaba, que me calmara, que era la manera de salir de allí. Nunca sabré si este hecho pertenece a una realidad propia o compartida, si realmente existe esa mujer, no la volví a ver el resto del ingreso. Da igual, en ese momento me dio lucidez suficiente como para entender que o tragaba, o de allí no salía.
Además del terror que viví en esa celda, recuerdo la impotencia de no poder ver el cielo por la ventana.
Numa.
Testimonio 5
Tres ingresos, tres contenciones mecánicas. Las dos primeras, muy lejos ya. Horribles las dos. Aunque para ser sincera, para recordar la segunda tendría que hacer un esfuerzo que ahora mismo no me resultaría útil. Con el recuerdo de la primera y la última sobra.
La primera, por iniciática, fue de lo más traumática, aunque debido al globazo que llevaba ya encima (vete tú a saber qué me habían suministrado a esas alturas) la recuerdo con niebla. Me palpita fuerte el miedo que sentí cuando desperté. Atada. Bastante prieta, además. Sola en una habitación con paredes blancas, y una cama en medio. Yo en la cama. Atada. Grité muchísimo. No insultaba, no maldecía, recuerdo que solo llamaba a alguien. A quién?, Daba igual. No podía entender qué había sucedido, qué había pasado. Porqué estaba atada a esa cama. Donde estaba .Y porqué estaba sola. De vez en cuando oía una puerta. Se abría, se cerraba, y entonces a través de una especia de mirilla, veía un cambio de luz. Había alguien mirando. Y yo, algo así cómo, Hola? Nada. Hay alguien? Nada. Que pasa? Nada. Porque estoy aquí? Saben en mi casa que estoy aquí? Nada. Otra vez la puerta que separaba mi puerta del resto de la instalación sonaba. Se abría y se cerraba. Se iban. Entraban a mirar si estaba dormida o despierta, y según yo estaba, así procedían. Cuando estaba despierta, se iban. Me cansaba. Dormitaba. Duró mucho tiempo esa situación. Aprovechaban para entrar cuando estaba dormida. Luego, salían, raudos! antes de que me diese cuenta de que había personas allí. Quizás me daban de comer. O quizás solo me medicaban. Esos momentos son muy vagos. Eso sí, nadie hablaba conmigo. Nadie respondía mis preguntas. Cada vez que despertaba me ponía más nerviosa. Eso sí lo recuerdo. Entonces, ya sí, empecé a insultar y a maldecir. Cada vez que oía esa doble puerta. Un ojo se posaba en la mirilla, y yo, que no entendía nada, y empezaba a estar cansada, gritaba, insultaba y maldecía. Quizás había pasado un día y una noche entera ya desde la primera vez que desperté. Empezaba a estar, aparte de cansada, algo así como histérica. Recuerdo pensar: Me voy a volver loca. Cómo siga aquí mucho tiempo, y esta gente entre y salga sin ni dirigirme a penas la mirada, mientras les imploro qué ha sucedido para que yo esté aquí, me voy a volver loca. Qué pasa? Porqué no me hablan? Qué ironía.
En mi ingenuidad, cada vez que se abría la doble puerta, llamaba a mi madre. Tenía la esperanza de que el timbre de mi voz le podría llegar. Si ella supiese lo que me estaban haciendo no lo permitiría. Ni ella ni mis hermanos. Pero claro, ellos no lo sabían. Sólo sabían que yo estaba tan y tan mal (?), que tenía que estar encerrada, y además incomunicada (no sé si el detalle de las correas se lo mencionaron). Era lo mejor para mí, les dijeron.  Yo quería verles. Necesitaba verles. Ellos a mí también. Pero no, lo mejor era (fue), no sé quién lo decidió, tenerme en esa habitación dos días con sus dos noches.
Como he dicho antes, de la segunda ocasión no recuerdo apenas detalles. Ya no era una novata, imagino, y supongo que me tragué lo de que debía ser lo normal. De la última vez, hace solo un par de años. Mismo hospital (Santa Caterina de Salt, por cierto). Mismo personal. Eso siempre me ha hecho bastante gracia. Las dos veces que he vuelto, después de la primera (2005), me alegraba de verles (en plan, hey, que tal? la situación es una mierda, pero joder, cuanto tiempo! todo bien?) Ellxs?.. a excepción de algunxs, claro, hacen como si no te hubiesen visto en la vida, o cómo si el saludo o la sonrisa que te esfuerzas en ofrecerles, pese a la vergüenza propia de afrontar volver a verles en esa tesitura, no fuese con ellxs. La cosa es que esta última vez da para más. La recuerdo bien. Sus amenazas. Ya nos conocemos Vero, me decían, como si yo fuese, yo qué sé! Por eso mismo!, pensaba yo. No confiáis en mí? Lo único que me pasa cuando estoy ingresada es que debo de molestarles mucho, porque suelo tener miedo. Estar acojonada lo describe mejor. Me hago como muy pequeñita y tengo miedo. Para qué narices tuvieron que atarme?  Fui voluntariamente (sin quererlo, pero con pocas opciones para mi familia y entorno de acompañarme en mi estado de euforia, y reconociendo su agotamiento y desconfianza en poder ayudarme, les pedí que me llevasen). Acabaron, una vez atada, arrancándome dos piercings que llevaba, a la fuerza. Me sentí muy violada. El del labio lo entendí. Llevaba otro en el pezón. De donde mierda sacaron que tenía ese piercing? Y ese afán por quitármelo? Y esas caras de, al final te lo vamos a quitar, no te resistas. Y vinieron dos más. Y los que había allí me sonrieron (?) despiadadamente a la llegada de sus refuerzos Me desgarraron el cuerpo y el alma, arrancándome aquellos dos pendientes. Me ataron. Y ya ahí se me acabaron las fuerzas, me rendí. Y lloré muchísimo. Ya hasta querer dormirme y no despertarme más. Me dormí, supongo. Ya no recuerdo más.
Lo más gracioso es que al día siguiente, los muy condenados, se hacen los de “a mí no me mires”…
Pero sus ojos y las miradas que me dirigen les delatan. VGM
Testimonio 6 / Poemas
La locura eran las paredes haciendo la autopsia
a las calles que habían dejado morir tus palabras.
Esos cerrojos sellando tu angustia con la farmacología
que daba más amnesia que capacidad para decir tu historia
a ese espejo que preguntaba en tus ojos quién eras.
Y respondía el crujido de ese vacío inyectado en tus venas.
La locura era la compostura del serrín y de los suelos
porque si te salías de la curva, unas correas te impondrían la recta.
Y ya había pasado demasiadas veces para conocer el costo del verbo.
Si gritabas, si corrías, si movías de sitio la mesa
si te negabas al tratamiento, si exigías tu libertad, si discutías o incumplías sus normas
harían uso de la medicina no para curar tu dolor, no por la enfermedad, no porque deliraras
sino para tenerte callada, para curar su propio control militar del psiquiátrico
a través de sedantes que te hacían vegetales las heridas y vegetales los deseos
y correas sobre la cama para atar tu cordura dónde ellos habían determinado que debía de estar.
Cada vez que ocurría y te ataban y te inyectaban, se abría en tu cerebro un grito de niebla.
La constante amenaza y certeza de que volvería a pasar, te obligó a comer los suelos. Y por primera vez te sentiste una jodida enferma. A bajar la tangente por la lengua. Tu voz. Tu dignidad. Allí no valía nada. Eras una loca.
Sólo podías comer de su grasa y escupir los huesos al cristal. Con el fuego en los ojos. Para salir lo antes posible.
Sólo podías decir, esto es una pipa. Para que firmaran de una vez tu libertad.
Y llevarte tus pájaros contigo donde no alcanzaran sus apestosas rejas.
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Cuando viví en esa habitación. Mi casa era el pez que no existía y que derramaba océano sobre mis pies. Su puerta estaba estallada contra ti. Y sólo dejaba pasar a los locos. Cuando tú querías saber por qué no comía. Sólo te respondía una hoja doblada en forma de barco que siempre se parecía a un muerto. Sólo le decía a los locos, de mi hambre. Cuando tú me llamabas a tu despacho para hacer un diagnóstico, cerraba mis ojos y hablaba palabras que no existían para que no me ensuciaran tus oídos el diccionario. Sólo hablaba a los locos de mi desvelo. Cuando trajeron a Mar. Era ya de noche. Casi la hora en las que nos encerrabais en la habitación y dabais vuelta a la llave. Ella gritaba. Como yo grité, cuando me llevasteis. Ella estaba atada en la misma habitación de aislamiento, que yo estuve. Y lloraba con la rabia de las estrellas fugaces. Y me pegué a su puerta y le dije algo de la nube y la sangre. Y fui a vuestro mostrador y os dije que la soltarais que así no se cura a nadie, que la estabais haciendo sufrir. Y os tiré todo lo que teníais en la mesa. Y apretasteis el botón. Y vinieron cuatro guardias de seguridad. Y me redujeron. Y me encerrasteis también. Y me pinchasteis con una aguja de veneno. La noche que caía. Sólo besaba a los locos. Las palabras que entre esas paredes sabían de los sueños, sólo amaban a los locos.
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Eran sábanas blancas. Ásperas. No se rompían fácil. No se desgarraban como las de casa. Una mordida y tirar. Soñabas cuerdas. Cuerdas arma. Y cuerdas separación. Cuerdas en sus cuellos y sobre tus ojos, para no mirar. Había cuatro paredes. Pero no eran como otros cuartos en los que habías estado. Eran paredes de ausencia. Paredes de suicidio. Paredes de miles de km de distancia. Como si ellas tuvieran las razones de todas las tijeras y los vidrios rotos y la muerte en las cuencas secas del río. Olía a química y a limpieza, una limpieza de censura. Una blancura de vergüenza. Sentías que menstruabas sobre ellos cuando entraban. Que te ponías roja y se te escapaba el rojo. Que ellos señalaban el rojo con crucifijos en tu útero. Los clavaban con su mirada fría. Con las correas que tenías en las manos y en los tobillos, sobre toda tu alma. Sentías lo más sucio fluyendo de ti. Con sabor carne. Carne encrucijada en sus tenedores. Te ardían los ojos. Te temblaban las uñas. Un sopor de grasa. Infectaba las paredes. La fiebre. La ausencia. El muerto que abría su barriga cuando entraban los castradores, con sus inyecciones, con su pulcritud. Todo era confuso. Menos la desconfianza. Menos el miedo y el odio a ellos.
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os dijo mi garganta con cada gota de mi sangre que no os acercarais
os dijo mi libertad, con su derecho que no iba a subir a ese coche
os dijo mi idioma de los pájaros etílicos que no quería ni una letra de vuestra sobria muerte
pero erais más y os abalanzasteis sobre mí
y pensasteis que mi odio era enfermo
que mi violencia era locura cuando me defendía de la vuestra, que mis puños eran razón de más inyecciones, de atar más fuerte, porque estaba cada vez más rabiosa, de pura manía, de pura esquizofrenia
pero no era la enfermedad, era mi cordura, mi dignidad, mi vida, mi carne y mi infierno, mío, y yo dueña, dueña de mis laberintos, aunque me despertenezcan, aunque me partan a la mitad y me hagan nada, será mi nada, si la sombra maldita que me es un cuchillo, será mi sangre, mi herida, será mi sinrazón
y vosotros quisisteis despojarme de mi dignidad, arrebatarme el derecho sobre mis pasos, escribirme enferma, escribirme incapaz, poner vuestras grasientas manos, en mi camino de la noche y quitar las mías llenándolas de esposas y de drogas farmacéuticas hasta sentir mi pensamiento blanco como la nada
quisisteis aún después, por la fuerza, borrar mi voz, mi capacidad de decisión, mi vida,  encrucijarla a un virus
mi derecho como humana
encerrada en vuestra prisión desposeída en vuestra medicina, cada vez más de la cordura
porque para la cordura, lo primero es la libertad
y mi odio, el que vuestras correas multiplicaban
mis gritos que vuestro hospital hacía cada vez más agudos e insoportables
mi rabia y desprecio por todos vosotros
fue lo que me libró de la locura
mi unión con mi sombra, con mi carne, con mi útero
y no con las farmacéuticas o manual para ser feliz, de un puto psiquiatra, ajeno a mi yo.