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La llama (tercer tomo de La forja de un rebelde), de Arturo Barea

Fragmento de La llama (tercer tomo de La forja de un rebelde), de Arturo Barea

 

Bellos y no tan conocidos párrafos de Arturo Barea sobre su experiencia cercana a la locura en mitad del asedio a Madrid en la Guerra Civil. El miedo, el insomnio y la acumulación de horrores vividos como detonadores de un proceso que quiebra la estabilidad mental. Tal lejos y tan cerca. La Gran Vía, los obuses. La familiaridad de la fragilidad en épocas distintas…

Escuchaba con el conjunto de mi cuerpo por el silbido de un obús o el zumbido de un avión entre los mil ruidos de la calle; mi cerebro trabajaba febrilmente tratando de eliminar todos los sonidos que no eran hostiles y de analizar todos los que contenían una amenaza. Tenía que luchar incesantemente dentro de mí mismo contra esta obsesión, porque amenazaba cortar el hilo de lo que estuviera haciendo, escuchando o diciendo. Las gentes y las cosas alrededor de mí se borraban y contorsionaban en formas fantasmales, tan pronto como perdían el contacto directo conmigo. Me aterrorizaba estar en una habitación solo y me aterrorizaba estar en la calle entre las gentes. Cuando estaba solo, me sentía como un niño abandonado. Era incapaz de subir solo a nuestro cuarto en el hotel, porque esto suponía tener que cruzar solo la Gran Vía y porque después era incapaz de enfrentarme a solas con el cuarto. Cuando estaba en la habitación, me quedaba mirando la fachada blanca de la Telefónica, con los orificios de sus ventanas cubiertos de ladrillos o enmascarados con cortinas negras y sus docenas de cicatrices de granadas. Lo odiaba y me fascinaba. Pero no podía soportar más el mirar hacia abajo, hacia la calle.

Aquella noche me dio una fiebre alta y, aunque no había comido, vomité jugos amargos en convulsiones espasmódicas. Al día siguiente mi boca se llenaba del líquido agrio al sonido de una motocicleta, de un tranvía, del chillido de un freno, de las sirenas de alarma, del zumbido de los aviones, de la explosión de granadas. Y la ciudad estaba llena de estos ruidos.

Me daba perfecta cuenta de lo que me estaba pasando, y luchaba desesperadamente contra ello: tenía que trabajar y no tenía derecho a mostrar nerviosismo o miedo. Estaban los otros, ante los que yo tenía que mostrarme sereno si quería que ellos estuvieran serenos. Me acogí al pensamiento de que tenía el deber de no mostrar miedo, y de esta manera me encontré obsesionado con otra clase de miedo: el miedo de tener miedo.

Aparte de Ilsa y de mi cuñado Agustín, al cual había incorporado a la oficina como ordenanza en el puesto de Luis, todos sabían tan sólo que no me encontraba bien y que parecía tener un humor especialmente sombrío. El bombardeo era cada vez más continuo.

Los mismos periodistas pedían un traslado de la oficina de censura a un sitio más seguro; a petición suya habíamos instalado teléfonos para las conferencias en el piso bajo del edificio, pero aun así tenían que andar y cruzar constantemente la Gran Vía y esto se había convertido en un peligro innecesario e irrazonable. Ilsa era casi la única persona que defendía nuestra estancia allí: había tomado cariño a los muros de la Telefónica y se sentía una parte integrante de ella. Pero la situación se había hecho imposible de mantener hasta por ella misma.

En el hotel cambiamos nuestro cuarto a la espalda del edificio, donde nuestras ventanas daban a un patio interior, estrecho como una chimenea, que recogía y amplificaba todos los ruidos. Sufría ataques de fiebre y ataques de vómito y ni dormía ni comía. Por un día entero hice la censura en el rincón oscuro del hall del hotel, mientras Ilsa la hacía sola en la Telefónica. Fue ella quien obtuvo de Rubio Hidalgo la autorización para cambiar la censura al edificio del Ministerio de Estado. Algunos de los periodistas pedían que el traslado se hiciera a uno de los barrios más quietos y casi totalmente seguros contra el bombardeo, pero esto hubiera tomado mucho tiempo y una complicada instalación de cables. En el Ministerio, el cuarto de prensa y el de censura tenían aún las instalaciones y sus muros eran de gruesa piedra, aunque el edificio estaba dentro del alcance de los cañones y en el borde de su habitual campo de tiro.

La Telefónica había sido tocada por más de ciento veinte granadas, y aunque dentro de sus paredes no había caído ni una sola víctima en todo este tiempo, los periodistas y los censores teníamos el presentimiento de un desastre inevitable.

El primero de mayo, la Oficina de Prensa Extranjera y la censura volvieron al Ministerio de Estado en la plaza de Santa Cruz. Durante algunos días aguardé, sin moverme de mi rincón en el hall del hotel, que la mudanza quedara terminada, luchando contra mí mismo y perdido dentro de mí. Por entonces ignoraba que Ilsa cruzaba la calle bombardeada y trabajaba durante ocho días en el piso cuarto de la Telefónica, con la convicción absoluta de que estaba condenada a ser matada allí. Y en mi ignorancia y mi egoísmo, la dejé incluso que fuera ella quien coleccionara todos los documentos importantes y los llevara al ministerio, ayudada por Agustín.

El día después de haber dejado definitivamente la Telefónica, un obús penetró por una de las ventanas de la desierta oficina y explotó sobre la mesa central. Unos pocos minutos después de las cinco. Todas las tardes, a las cinco en punto, Ilsa se había hecho cargo del servicio y se había sentado a esa misma mesa a trabajar.

El Ministerio de Estado está construido alrededor de dos grandes patios enlosados y techados con cristales, y separados uno de otro por la monumental escalera de piedra que conduce a los pisos superiores, arrancando de la triple entrada del edificio.

[…]

Al cabo de unos pocos días, cuando vi que tampoco podía dormir allí, pedí al médico del ministerio que me reconociera y me diera alguna droga que me ayudara. Me dio una medicina a base de opio. Ilsa pensaba que la mejor cura era batallar mentalmente contra la obsesión y vencerla, pero no entendía que simplemente no pudiese dormir. Aquella noche me metí en la cama temprano, tambaleándome de exhaustación y de falta de sueño, y me tomé la dosis ordenada por el médico.
Me hundía en un pozo profundo. Se disolvían las líneas del cuarto. Agustín no era más que una sombra que se movía entre paredes amarillas sin fin que se perdían a su vez en abismos oscuros. La luz era un resplandor débil que se iba apagando lentamente. Mi cuerpo perdió el sentido de peso y comenzó a flotar. Me hundía en el sueño.

Me invadió un terror infinito. Ahora, en aquel mismo momento, iba a comenzar el bombardeo. Y yo estaría allí atado en la cama, incapaz de moverme, de protegerme. Los otros se irían a los sótanos y me dejarían solo allí. Comencé a luchar desesperadamente. La droga había obrado sobre los nervios motores y no podía moverme. Mi voluntad no quería someterse, no quería dormir ni dejarme que yo durmiera. Dormir era correr peligro de muerte. El cerebro me gritaba órdenes urgentes: «¡Muévete, sal de la cama, chilla!». La droga continuaba su ataque. Me sacudían olas de náuseas profundas dentro de mí, como si las entrañas se hubieran desintegrado de mi cuerpo y se agitaran furiosamente, buscando su liberación con manos, no, con garras y dientes propios. Alguien estaba hablando encima de mi cabeza, pegado a mí, tratando de explicarme algo, pero yo estaba muy lejos, aunque veía las sombras de sus cabezas enormes inclinadas sobre mí. Me sentía lanzado en abismos sin fin, cayendo en el vacío sin llegar nunca, con una presión horrible en el estómago; y al mismo tiempo tratando de empujar hacia arriba con todo mi cuerpo y resistir la caída y el choque final en el invisible fondo del abismo. Me estaba despedazando; mis miembros se convertían en masas algodonosas y deformes y desaparecían de mi vista, aunque aún seguían estando allí; y yo estaba tratando de recuperar estos brazos y estas piernas, estos pulmones y estas entrañas mías que se estaban disolviendo. Caras fantasmales y manos monstruosas y sombras flotantes se apoderaban de mí, me levantaban y me dejaban caer, me llevaban más y más lejos. Y yo sabía que en aquel mismo momento iban a comenzar las explosiones. Me sentía muriéndome de desintegración de mi cuerpo, con sólo un cerebro inmenso dejado a solas que acumulara todas sus energías contra esta muerte, contra esta disolución del cuerpo a que estaba unido.

Nunca he sabido si aquella noche estuve en el umbral de la muerte o de la locura. Tampoco Ilsa ha sabido nunca si ella me vio marchar inevitablemente hacia uno de los dos fines.

Lentamente mi voluntad iba siendo más fuerte que la droga. Al amanecer estaba completamente despierto, envuelto en sudor frío, mortalmente agotado, pero triunfante y capaz de pensar y moverme. A la caída de la tarde sufrí un nuevo ataque, en el que me revolqué sobre la cama, luchando por retener mis sentidos, mientras Ilsa, que no se atrevía a dejarme solo, contestaba las preguntas de dos visitantes polacos, antipáticos, sentados a la mesa que había en el cuarto. Veía sus caras distorsionadas haciendo muecas y trataba de no llorar. Parece, sin embargo, que lo hice.

La parte peor de mi experiencia, y de todas las fases de la experiencia a que me llevó el choque, fue que todo el tiempo me daba perfecta cuenta del proceso y de su mecanismo. Sabía que estaba enfermo y lo que tengo que llamar anormal: mi «yo» estaba luchando contra un segundo yo, rechazando el rendirse a él, dudando a cada momento de tener la energía necesaria para vencer; y prolongando así la batalla, dudaba si el otro yo que producía este miedo abyecto de destrucción no tenía realmente razón. Para poder vivir entre los otros, tenía que suprimir esta duda.

Cuando me levanté y reanudé el trabajo, me sentí completamente aparte de los demás, que a mí me parecían anormales por su incapacidad de compartir mis propias angustias. No podía librarme de la introspección, porque estaba obligado a mantener un control consciente sobre mí mismo, y esta autoobservación constante me hacía observar a los demás desde un nuevo ángulo.

Perdí mi interés en el trabajo de la oficina que los otros seguían en las líneas marcadas, manteniendo una resistencia pasiva y creciente contra los dictados de la oficina de Valencia. Lo que ocupaba toda mi imaginación era el entender los impulsos que movían en nuestra guerra a otras gentes y entender el curso de la guerra en sí.

Me parecía a mí que a cada individuo le impulsaban a la lucha cosas pequeñas impensadas e irrazonables, cosas que respondían sólo a emociones hondas e indefinidas.

Una partícula de materia gris palpitante había puesto en movimiento dentro de mí una cadena de pensamientos y emociones ocultos. ¿Qué era lo que animaba a los otros? No lo que decían en palabras ordenadas y escogidas, sino lo otro.

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Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis; de Javier Erro

Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis; de Javier Erro                                          
El pasado mes de junio de 2017 se cumplió un año de la edición de Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis, de Javier Erro. Poco tiempo después publicamos la edición digital en la página web Mad in America para el mundo hispanohablante. Ahora, con un camino ya recorrido (tanto en lo que se refiere a cantidad de copias distribuidas y descargadas como a presentaciones realizadas por el autor a lo largo y ancho de la geografía ibérica), publicamos el pdf en Primera Vocal.
Queremos dar las gracias tanto a Javier Erro como a la Biblioteca Social Hermanos Quero de Granada, que ha sido el colectivo que se ha encargado de la edición y distribución de la guía. Os animamos tanto a solicitar copias impresas como a descargar y difundir la obra. Ya ha llegado a varios miles de personas, y estamos convencidos de que en el próximo año llegará a otros muchos miles más.
En ocasiones minusvaloramos nuestra capacidad de trabajo y el impacto de nuestros proyectos. Con medios relativamente precarios y mediante un proceso autogestionado hemos conseguido hacer llegar esta guía a bibliotecas, librerías, asociaciones de salud mental, institutos, etc. distribuidos por todo el país. Y ello ha sido posible por la enorme cantidad de manos que se han acercado y han comenzado a colaborar (desde supervivientes de la psiquiatría que han hecho llegar la guía a lugares y personas a las que no podríamos llegar de otra manera a profesionales que han comprado decenas de copias para regalar a pacientes, pasando por libreros que la recomiendan y venden aun a sabiendas de que apenas les dejará unos céntimos de beneficio). Al fin y al cabo, este ha sido un camino colectivo, algo que coincide con la misma esencia de Saldremos de esta: implicarnos, crear lazos, avanzar en la dirección contraria a la que apunta esta sociedad. Combatir el canibalismo social y la atomización. Sea apoyando a una persona en crisis o socializando conocimientos. No conocemos otra manera de sobrevivir al orden de cosas que nos ha tocado habitar… lo bueno que tiene es que además es una manera hermosa de estar en el mundo.
Saldremos de esta, por Javier Erro

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La antipsiquiatría

[Antipsikiatriaz bai baina baita ere psikiatriaren beste zenbait pasartetaz duela 10 urte eskas Psiquiatría histórica webgunekoek idatzi ziNaten zerbaitekin usten zaituztet]

La antipsiquiatría *




“Me llamaron loco y yo los llamé locos. Y maldita sea, me ganaron por mayoría de votos.”
Nathaniel Lee, al ser enviado a una institución mental en el siglo XVII.

En 1950 hizo su aparición la clorpromazina, el primer medicamento antipsicótico. Su influencia sobre la psiquiatría durante las próximas décadas fue enorme, al posibilitar lo que unos años antes había sido impensable: el tratamiento ambulatorio de la esquizofrenia. La psiquiatría ya no sería entonces sinónimo de reclusión vitalicia y aislamiento social obligatorio. Sin embargo, cuando la psiquiatría daba el gran salto que la llevaba a integrarse con todo derecho al resto de la medicina, surgió un movimiento que la cuestionaría desde sus mismos cimientos. Un movimiento heterogéneo y de propuestas a veces hasta contradictorias, que se amoldó perfectamente con el espíritu rebelde y contestatario de la década de 1960, y que recibió el nombre -no aceptado por todos sus exponentes- de antipsiquiatría.



Antecedentes

En 1947, Marguerite A. Sechehaye publicó Diario de una esquizofrénica, en donde relata la experiencia vivida por la esquizofrénica Renée y plantea un cambio en la relación médico paciente. Poco difundida en su tiempo, la obra de Sechehaye alcanzó mayor reconocimiento dos décadas después.

En 1961, Erwing Goffman publicó Asilos. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales, libro en el cual describió a los hospitales psiquiátricos como instituciones totales (al igual que las cárceles y los cuarteles), por el aislamiento y reglamentación a los que están sometidos sus residentes. Otra obra suya es Estigma - La identidad determinada (1963), en donde estudió el estigma de la enfermedad mental en todas sus facetas.


Szasz

El mito

En 1960, Thomas Szasz publicó El mito de la enfermedad mental, obra considerada como el acta fundadora de la antipsiquiatría (aunque el autor nunca se consideró antipsiquiatra), y en la cual parte de un extenso análisis de la histeria para cuestionar toda la nosología psiquiátrica imperante, concibiendo las supuestas enfermedades mentales más bien como modalidades de comunicación, un “protolenguaje” que en vez de recurrir a símbolos verbales emplea signos icónicos, como el sueño y las fantasías. Plantea además que los psiquiatras no se enfrentan con patologías verdaderas sino con dilemas éticos, sociales y personales.

“Es corriente definir la psiquiatría como una especialidad médica dedicada al estudio, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades mentales. Esta definición es inútil y engañosa. La enfermedad mental es un mito. Los psiquiatras no se ocupan de las enfermedades mentales y de su terapia. En la práctica enfrentan problemas vitales de orden social, ético y personal.” (Szasz T. El mito de la enfermedad mental).

En 1960 apareció El yo dividido, de Ronald D. Laing, una de las figuras representativas de la antipsiquiatría. En esta obra, con clara influencia fenomenológica existencialista, pero que no rompe por completo con la psicopatología tradicional, el autor resalta la importancia de las relaciones familiares en el inicio y evolución de los síntomas psicóticos.

Posteriormente, en El yo y los otros (1961), Laing desarrolla más extensamente su teoría de la influencia familiar, postulando el concepto de doble lazo, situación en la cual la víctima se ve sometida a mensajes contradictorios simultáneos, uno a nivel explícito y el otro a nivel abstracto, que la llevan a adoptar conductas incomprensibles para los demás y que terminan siendo rotuladas como “esquizofrénicas”. La esquizofrenia es pues, para Laing, no una enfermedad de origen desconocido, sino una reacción ante circunstancias sociales. Por otro lado, el lenguaje esquizofrénico deja de ser incomprensible, pues detrás de cada manifestación psicótica existe un intento de comunicación, un grito de alarma, que debe hacerse inteligible.

“Nuestra percepción de la ‘realidad’ es el logro perfectamente consumado de nuestra civilización. ¡Percibir la realidad! ¿Cuándo habrán dejado los hombres de creer que lo que percibían era irreal? Tal vez la creencia y la idea de que lo que percibimos es real sea muy reciente en la historia del hombre.” (Laing RD. El yo y los otros).

Entre 1962 y 1966, David G. Cooper estableció una unidad autónoma –el “Pabellón 21”- dentro de un gran hospital psiquiátrico londinense. En esta unidad, que se inspiró inicialmente en las comunidades terapéuticas de Maxwell Jones, se buscó cambiar el rol tradicional de médicos y pacientes, e investigar la interacción familiar y grupal en la esquizofrenia. Progresivamente, las reglas y las diferencias entre el personal y los enfermos se fueron disolviendo hasta casi desaparecer. Al evaluar los resultados del experimento, los 42 pacientes del Pabellón 21 pudieron salir de alta antes de un año (3 meses en promedio), sin haberse utilizado choque insulínico, electrochoque o dosis altas de medicamentos; un año después sólo el 17% fue reinternado, siendo una cifra menor que la de los tratamientos habituales en ese entonces.

Cooper volcó sus experiencias del “Pabellón 21” en su libro Psiquiatría y antipsiquiatría (1967), con el cual se institucionalizó oficialmente el movimiento antipsiquiátrico. En esta obra el autor denuncia el proceso de “invalidación” que la sociedad impone a algunos de sus miembros mediante el rótulo de “esquizofrénicos”, víctimas de la violencia (entendida en su sentido más amplio y no únicamente como violencia física) que sobre ellos ejercen los “sanos” con la “complicidad” de los psiquiatras, violencia que alcanza su máxima expresión en el internamiento manicomial. Como Laing, Cooper culpa en primer lugar a la familia y al “doble vínculo”, por el proceso que lleva al futuro esquizofrénico a sumirse en una situación insostenible.

“La esquizofrenia es una situación de crisis microsocial en la cual los actos y la experiencia de cierta persona son invalidados por otros, en virtud de razones culturales y microculturales (por lo general familiares) inteligibles, hasta el punto de que aquélla es elegida e identificada de algún modo como “enfermo mental”, y su identidad de “paciente esquizofrénico” es luego confirmada (por un proceso de rotulación estipulado pero altamente arbitrario) por agentes médicos o cuasi médicos.” (Cooper DG. Psiquiatría y antipsiquiatría).


Kingsley Hall

Kingsley Hall

En 1965, Laing, Cooper y Aaron Esterson fundaron la Philadelphia Association, que tuvo como objetivo crear centros para dar acogida a personas con enfermedades mentales. Se abrieron tres “hogares” de este tipo, el más célebre de los cuales fue Kingsley Hall, que funcionó entre 1965 y 1970 en un antiguo edificio de Londres.

En Kingsley Hall no existían reglas de ningún tipo, los residentes hacían lo que querían, médicos y pacientes convivían en condiciones de igualdad absoluta, y los supuestos enfermos podían llevar a cabo su “viaje regresivo” para ubicarse luego en un mundo más “auténtico”. La paciente más famosa del centro fue Mary Barnes, quien junto a Joseph Berke, publicó sus memorias bajo el título Mary Barnes. Viaje a través de la locura, en donde paciente y psiquiatra narran la experiencia psicótica fuera del marco psiquiátrico convencional.La autora se hizo famosa también por sus pinturas, realizadas inicialmente con sus propios excrementos.

“Además, las experiencias por las que pasa la persona denominada esquizofrénica, que comúnmente se incluyen bajo el nombre genérico de ‘psicosis’, no son en absoluto ininteligibles, es decir, una locura. Simplemente ocurren en un orden diferente de realidad, como cuando uno sueña despierto. La invalidación social de tales experiencias, al llamarlas ‘enfermedad’ o ‘locura’, es una maniobra básica interpersonal entre las gentes de la cultura occidental, donde los sueños y los estados parecidos al sueño no se consideran un vehículo válido para comunicar la realidad, por mucha verdad que expresen.” (Barnes M, Berke J. Viaje a través de la locura).


Cooper

Antisociedad

En 1971, Cooper publicó La muerte de la familia, en la cual critica duramente a la institución familiar, considerándola fracasada y heredera de la sociedad esclavista y de la sociedad feudal, proponiendo su completa desaparición. Cooper además preconiza la superación de todos los prejuicios que impone la sociedad actual, defiende la libertad absoluta, para la cual no duda en sugerir el uso de drogas alucinógenas con el objeto de intensificar las posibilidades. Posteriormente, en La gramática de la vida (1974) postula la aceptación del riesgo, que representa la desobediencia a los imperativos ajenos, considerando la vida “normal” de nuestra sociedad como “una aburrida distracción hacia la muerte”.

“Las personas, desde luego, son cerdos. Desde luego también, las instituciones humanas son chiqueros, o factorías, o mataderos de cerdos. (...) Los cerdos a menudo destruyen su prole, pero también nosotros lo hacemos con nuestros métodos humanoides más tortuosos. (...) La pareja parental convencional de la burguesía es a la vez el supercerdo ambisexual y una masiva factoría de tocino. (...) Podemos estar seguros de que no es casual el apelativo de “cerdos” que los jóvenes revolucionarios estadounidenses dedican a la policía y sus colaboradores, psiquiatras, y falsas autoridades en general.” (Cooper D. La muerte de la familia).


Basaglia

El cierre de los manicomios

En 1968, Franco Basaglia publicó La institución negada, en donde narra su experiencia como Director del Hospital de Gorizia (1961-1969), lugar en el que aplicó sus ideas dirigidas a la transformación del manicomio tradicional, y postuló la desaparición de todo tipo de institución psiquiátrica, así fuese una comunidad terapéutica. Los seguidores de Basaglia fundaron en la década de 1970 la asociación Psichiatria Democratica. El epílogo de la aventura antipsiquiátrica en Italia fue el cierre de los hospitales psiquiátricos luego de promulgarse la ley 180 en 1978.



La decepción

“Desde 1970, la fiebre descendió. Los movimientos antipsiquiátricos no consiguieron implantarse de manera duradera, ni en los Estados Unidos ni en Inglaterra o Italia. La fiebre liberadora o revolucionaria chocó no sólo con los medios conservadores, sino quizá más aún con la inercia del núcleo duro de la psicosis.” (Trillat E. Una historia de la psiquiatría en el siglo XX).

En 1979, Szasz publicó Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría, en el cual descalifica todas las propuestas históricas de considerar a la esquizofrenia como una enfermedad, esgrimiendo como argumento principal la reiterativa falla en encontrar algún tipo de alteración orgánica demostrable en los supuestos esquizofrénicos, mencionando como paradigma de una enfermedad real -en contraposición a la enfermedad falsa que es para él la esquizofrenia- a la neurosífilis, de etiología claramente identificada. En dicho libro, Szasz toma distancia de la antipsiquiatría de Laing, Cooper y Esterson, a quienes critica duramente por la contradicción que para él representa el negar la esquizofrenia como patología y al mismo tiempo proponerle terapias (como Kingsley Hall) y causas (basadas en teorías sociales).

“Esto es, brevemente, el por qué yo considero a Kraepelin, Bleuler y Freud los conquistadores y colonizadores de la mente del hombre. La sociedad, su sociedad, quería que ellos extendieran las fronteras de la medicina por encima de la ley y la moral y así lo hicieron; quería que ellos extendieran las fronteras de la enfermedad del cuerpo al comportamiento, y de esta manera lo hicieron; quería que ellos disfrazaran el conflicto como psicopatología y el confinamiento como terapia psiquiátrica, y de esta manera lo hicieron.” (Szasz T. Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría).

“Los psiquiatras y los antipsiquiatras son simplistas por igual en sus imágenes causales y sus estrategias de remedio. Según el punto de vista psiquiátrico, la investigación médica hará que todos estemos sanos. Según el punto de vista antipsiquiátrico, el permitir que personas incompetentes, destructivas y autodestructivas, se revuelquen en su propio autodesprecio y su desprecio por los otros, será suficiente para guiarlos con seguridad a través de su viaje por los Alpes de la alienación, después del cual llegarán a la limpia y pulcra ciudad suiza y vivirán felices para siempre. Tales son las promesas de los propagandistas, de la investigación psiquiátrica por una parte, y de los retiros antipsiquiátricos por la otra.” (Szasz T. Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría).

“Como todo movimiento de contracultura, (la antipsiquiatría) pasó como una ráfaga, vivificante y destructiva al mismo tiempo. De ella no quedan hoy sino algunos rastros en la psiquiatría social y comunitaria, así como en las múltiples alternativas paramédicas de la psiquiatría (homeopatía, expresión corporal, acupuntura, quiropraxia, grupos de encuentro, etc.). Sirvió, además, para que los médicos se interesaran cada vez más a fondo en el proceso psicoterapéutico. La antipsiquiatría fue –pues ya es cosa del pasado- como un intento más de encontrar la razón de la sinrazón, pero esta vez procediendo a la inversa, tratando de poner las cosas patas arriba y ver qué tal funcionan así. En la oscilación pendular de la historia, la antipsiquiatría se identifica como una reacción romántica frente a una sociedad tecnocrática en donde al hombre le resulta difícil individuarse adecuadamente.” (Vidal G. La antipsiquiatría).


Bibliografía

  • Barnes M, Berke J. Viaje a través de la locura. Barcelona: Ediciones Martínez Roca, 1974.
  • Coalición de Antipsiquiatría. http://www.antipsychiatry.org/espanol.htm.
  • Cooper D. Psiquiatría y antipsiquiatría. Buenos Aires: Locus Hypocampus, 1967.
  • Cooper D. La muerte de la familia. Buenos Aires: Editorial Paidos, 1971.
  • Foucault M. Historia de la locura en la época clásica. México: Fondo de Cultura Económica, 1998.
  • Il nido del cuculo. Gli orrori della psichiatria. http://www.club.it/cuculo/.
  • Laing RD. El yo dividido. Un estudio sobre la salud y la enfermedad. México: Fondo de Cultura Económica, 1999.
  • Laing RD. El yo y los otros. México: Fondo de Cultura Económica, 2000.
  • Salvat Editores. Psiquiatría y antipsiquiatría. Barcelona, 1973.
  • Szasz T. El mito de la enfermedad mental. Barcelona: Círculo de Lectores, 1999.
  • Szasz T. Esquizofrenia: el símbolo sagrado de la psiquiatría. México: Premiá Editora, 1990.
  • Trillat E. Una historia de la psiquiatría en el siglo XX. En: Postel J, Quetel C (ed). Nueva historia de la psiquiatría. México: Fondo de Cultura Económica, 2000: 340-5.
  • Vidal G. La antipsiquiatría. En: Vidal G, Alarcón R. Psiquiatría. Buenos Aires: Editorial Médica Panamericana, 1988: 59-60.

* Presentado en la Asociación de Psicopatología y Psicoterapia Médica (Perú), 2003.

«Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis»

Novedad editorial: «Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis»


Ya puedes venir a Magdalena a por tu ejemplar de la nueva co-edición de la B.S. hnos Quero con primeravocal.org, «Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis» de Javier Erro.
En determinadas situaciones personas que nos rodean entran en crisis de salud mental. Deprimirse, oir voces, tener ansiedad, abusar de las drogas… Estas son respuestas habituales ante eventos estresantes. Pero en muchas ocasiones, las personas cercanas no sabemos responder adecuadamente a las necesidades que la situación plantea y dejamos a la persona sola. En esta guía se dan algunas pinceladas acerca de cómo comunicarse, qué hacer con respecto a la ayuda profesional, cómo poner límites, cómo acompañar y, en definitiva, cómo generar el apoyo mutuo necesario para la persona que atraviesa una crisis de salud mental

Son muchos, cada vez más, los materiales teóricos que cuestionan los modelos hegemónicos de atención en salud mental. Pero nos hacen falta herramientas prácticas… saberes ubicados más allá del conocimiento especializado que sirvan para desplegar estrategias colectivas con las que reducir todo ese dolor que brota día a día en nuestros entornos. Esta guía pretende ser uno de los muchos pasos que nos quedan por dar en esta dirección.
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"Los pensamientos curan más que los medicamentos" (Bruce Lipton)

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"Los pensamientos curan más que los medicamentos" (Bruce Lipton)

Reclama una nueva medicina, la que tenga en cuenta la capacidad de curar de la energía, mucho más eficaz que los medicamentos. Bruce Lipton (Estados Unidos, 1944) ha conseguido aunar ciencia y espíritu. No es poco mérito el suyo si tenemos en cuenta lo “alérgicos” que son los científicos a los temas trascendentales. Es doctor en Biología Celular y fue pionero en la investigación con células madre. Sus estudios sobre la membrana celular y las modificaciones de las células según el entorno sentaron las bases de la nueva epigenética. Sus descubrimientos (que iban en contra de la opinión científica establecida de que la vida es controlada por los genes) y el estudio de la física cuántica le han llevado a criticar duramente la medicina convencional. Es autor de libros como La biología de la creencia y La biología de la transformación.




Usted asegura que la medicina convencional va por muy mal camino. ¿Tan peligrosos son los medicamentos que nos recetan?

Nos dan medicamentos para la enfermedad, pero esto causa muchos problemas en el cuerpo. Porque esta medicina basada en la farmacología no entiende cómo está interrelacionada toda la bioquímica del organismo. Cuando tomo una pastilla química y la introduzco en mi cuerpo, no solo afecta a aquel lugar donde tengo el problema, sino que afecta a muchas otras cosas a la vez. Son los llamados “efectos secundarios”. Pero, en realidad, no son secundarios sino directos. No entienden que el efecto de las drogas no solo crea un efecto sino múltiples. Según las estadísticas en EEUU, ¡los fármacos matan allí a más de 300.000 personas cada año! Y esas personas son muchas más que las que mueren por tomar drogas ilegales. Hay algo que no funciona en la ciencia médica. Hace algunas cosas bien, como la traumatología, pero está matando a mucha más gente de la que ayuda. Tiene que aprender cómo funcionan las células.

¿Y qué ha descubierto sobre las células pero que no tiene en cuenta la medicina?

Yo ya trabajaba con ellas en los años 60. Fui un pionero porque en esa época había muy poca gente trabajando en ello. Y un experimento que hice en esa época cambió la idea que tenía del mundo. Puse una célula madre en un plato petri y, como cada diez horas se divide en dos, al cabo de dos semanas, tenía miles de células, todas idénticas. Luego cogí algunas de ellas, las coloqué en otro plato y cambié el entorno celular (son más como peces porque viven en un entorno fluido). Cambié la química en ese plato y ahí formaron músculo. Después, cogí otras del primer plato y las puse en un entorno diferente, y se formó hueso, y otras se convirtieron en grasa al volver a cambiar el entorno. Entonces, la pregunta es muy sencilla, ¿qué controla el destino de las células? Todas eran idénticas, lo único que era diferente era el entorno. Cuando cojo células sanas y las coloco en un entorno nocivo, la células enferman y mueren. Si un médico las mirara, diría: “¿Qué medicina hay que darles?” ¡Pero no hace falta ninguna medicina! Les cambias el entorno nocivo, las colocas en uno sano y saludable y las células sanan. Los humanos somos una comunidad de 50 trillones de células, por tanto, la célula es el ser viviente y la persona es una comunidad. ¡El humano es un plato petri cubierto de piel!

¿Cuál es el entorno de la célula que hay que cuidar?

Dentro de mí hay 50 trillones de células y el entorno celular para nosotros es la sangre, por ello la composición de la sangre cambia el destino de la célula. ¿Y qué controla la sangre? Pues el sistema nervioso, que crea una química diferente según el sistema exterior. La célula y el ser humano son la misma cosa. Por ello, si pongo al ser humano en un entorno nocivo, igual que la célula, también enferma. Si lo trasladas a un entorno sano, entonces sana. Por tanto, la medicina culpa a las células por la enfermedad y trata de cambiar la química de las células, pero ese no es el problema, el problema es el entorno. Y si cambias a la persona de entorno, sin medicamentos, el cerebro cambia la química. El cerebro de la célula y el de la persona leen y entienden el entorno.

En un entorno sano, ¿nos curamos automáticamente? ¿Así de fácil?

No es tan fácil, porque la mente interpreta. Puede suceder que estemos en un entorno muy sano y que la mente lo lea como un entorno negativo o perjudicial. Entonces crea una química que hará a mi cuerpo enfermar. La diferencia entre la célula y el ser humano es que este tiene una mente que hace una interpretación y la célula lee el entorno directamente. Si metes un programa con errores en la mente, entonces la química que genera no está en armonía con la vida. Y esto nos sirve para entender cómo funciona un placebo. Cambio mi creencia y pienso que esto me va a sanar, tomo una píldora porque creo que esto me va a traer salud, y me mejora y me sana, pero la píldora podría ser de azúcar, en realidad no ha hecho nada, han sido mis creencias. Y a eso lo llamamos pensamientos positivos y efecto placebo.


¿Está diciendo que el efecto placebo –creer que algo nos sanará– es más curativo que un medicamento? Pero no hay casi investigaciones sobre eso.

Sí, tienes razón. ¿Eres consciente de que hay más de una manera de hacer energía sin tener que depender del petróleo? Pero seguimos dependiendo del petróleo porque no interesa el cambio a los que controlan la energía. Lo mismo pasa con las empresas farmacéuticas. Venden fármacos y ¿poder sanar sin fármacos es bueno o malo para la industria farmacéutica? No quieren que sanes sin comprar sus fármacos. ¿Se puede poner energía en una cápsula? Si fuera así, las farmacéuticas intentarían vendértela. Si puedo sanar sin usar medicamentos, la industria que los produce no gana dinero. Deberíamos poder decir que la ciencia está separada de la industria farmacéutica, pero no es así, porque con el dinero de esta se paga el desarrollo de la ciencia, y ese dinero solo va esos estudios que dicen que las drogas funcionan. El dinero controla la ciencia.

Explíquenos cómo funciona ese poder que dice que tiene la mente para la autocuración.

He hablado de que la mente controla: si piensa de una manera, se va en una dirección y, si piensa de otra, se va en otra. Por ejemplo, cierro los ojos, los abro y veo a alguien a quien amo. Entonces mi cerebro segrega dopamina, oxitocina, etc. Lo puedo sentir en mi cuerpo, puedo sentir el amor, y esa química trae salud a las células. Por eso, quien se enamora se siente tan bien. Pero si abro los ojos y veo algo que me asusta, segrego hormonas del estrés. Y estas hacen dos cosas. La primera es que frenan el crecimiento del cuerpo. Porque si me está persiguiendo un león, necesito toda la energía para poder escaparme, y mi organismo apaga todo lo que no sea imprescindible para correr más rápido, así que se paraliza todo lo que tiene que ver con el crecimiento. La gente no lo sabe, pero tienes que crecer todos los días, porque, si no, te mueres. Cada día cientos de billones de células mueren y tienes que ir produciendo nuevas. Cada tres días, el sistema digestivo renueva sus células, pero si se intefiere con ese crecimiento, entonces no puedo estar sano porque estoy perdiendo demasiadas células al día, por eso la quimioterapia hace que se caiga el pelo y crea problemas de digestión, porque mata todas las células, no solo las del cáncer. La segunda consecuencia de las hormonas del estrés es que se cierra todo aquello que usa energía, y el sistema inmunitario usa muchísima energía: cuando estás enfermo, te sientes muy cansado porque tu energía la está usando el sistema inmunitario.

Eso significa que el estrés nos hace enfermar, ¿no?

Las hormonas del estrés apagan el sistema inmunitario, incluso la medicina usa este efecto en algunas ocasiones. Por ejemplo, si me trasplantaran un corazón, mi sistema inmunitario lo rechazaría. En esos casos, los médicos dan hormonas del estrés y eso impide que funcione el sistema inmunitario. Es tan claro que suprime el sistema inmunitario que lo usamos como un medicamento. Cuando la persona está bajo estrés, afecta de dos maneras: la primera es que deja de haber crecimiento y la segunda es que se apaga el sistema inmunitario. De esta forma, virus nocivos pueden atacarme fácilmente. Cuando estás bajo mucho estrés, te enfermas. Y debo decir que, si tomamos una muestra de sangre de cada persona, descubrimos que todos tenemos células cancerígenas. Las tenemos siempre, pero si está funcionando el sistema inmunitario, no pueden crecer. Una vez que se apaga el sistema  inmunitario, proliferan. Es como el catarro: no tienes que coger el virus, ya lo tienes dentro. Son organismos oportunistas. El 90 por ciento de la gente que va al médico es debido al estrés, y también el cáncer funciona igual.

Explíquenos qué es la medicina cuántica o medicina de la energía.

Como decía, la primera razón por la que la medicina de hoy es cuestionable es porque los médicos no saben cómo funcionan las células. La segunda es que la medicina está basada en la física de Newton. No reconoce la energía, esa parte invisible, las señales electromagnéticas. Pero, a principios del siglo XX, apareció la física cuántica, que dice que todo es energía, lo que podemos ver y también lo invisible. Si miras dentro del átomo, hay electrones, protones, neutrones. ¿Y qué hay dentro? Energía. La ciencia más reciente indica que el cuerpo responde a la física cuántica, no a la newtoniania. La medicina dice que quiere cambiar la química del organismo con drogas y la nueva medicina dice que hay que cambiar la energía. Y esta nueva medicina, la cuántica, es mucho más poderosa, porque responde primero el campo energético que el físico.

Si todo es energía, ¿los pensamientos también? ¿Cómo influyen en nuestra salud?

La mente es energía. Cuando piensas, transmites energía, y los pensamientos son más poderosos que la química. Así que esto es peor para las empresas farmacéuticas porque no lo pueden vender. Por tanto, no les interesa una conexión entre la mente y el cuerpo. Pero es cierto que las propias creencias se convierten en un campo energético, una transmisión, y esta se transforma en una señal que es capaz de cambiar el organismo. Y así es como funcionaba la sanación antes del desarrollo de la medicina. La gente sanaba con los chamanes, con las manos… pero eso no puede vender y por eso la medicina no quiere ir por ese camino. Y es la razón por la que yo cambié mi carrera. Estaba enseñando en la universidad que hay que seguir con drogas y sabía que eso no era verdad. La medicina lo conoce, pero no habla de ello. Sabe que el pensamiento positivo, el placebo, puede sanar, y también que el pensamiento negativo puede matar. Uno se llama placebo y el otro nocevo. En realidad, no es que sea positivo o negativo, es la manera de pensar. Si el médico te dice que tienes cáncer, aunque no tengas cáncer, si lo crees, crearás la química que generará cáncer. Por tanto, el problema no es tanto el entorno real sino el que tú interpretas.

Y eso enlaza con la física cuántica.

Totalmente. Por eso no funciona la medicina, porque no reconoce la ciencia cuántica. No mira hacia ahí porque el dinero está en otro lado.

Usted ha explicado que, en la mente, quien realmente tiene el poder es el subconsciente, ¿por eso es tan difícil cambiar hábitos de pensamiento?

Es millones de veces más poderoso y más importante que la mente consciente. Utilizamos el subconsciente el 95 por ciento del tiempo.

Pero no lo podemos controlar.

Lo puedes reprogramar. La información del subconsciente se recibe en los primeros seis años de vida. Eso que aprendiste en esos años se convierte en el conocimiento fundamental de tu vida. Por tanto, hay muchos estudios que demuestran que las enfermedades que tenemos de adultos, como el cáncer, tienen que ver con la programación y el entorno que vivimos en los primeros seis años de vida.

Es decir, los niños absorben también sus enfermedades o sus actitudes negativas, y así se ‘programa’ su subconsciente. ¡Qué gran responsabilidad para los padres!

La gente, cuando oye esto, se preocupa, se culpa. Pero no eres culpable si tú no sabes que el subconsciente funciona así. No lo sabían nuestros padres, ni nuestros abuelos ni bisabuelos. Ahora bien, cuando lo entiendes, tienes que cambiar tu manera de vivir, porque entonces sí eres responsable. Está demostrado que si un niño adoptado vive en su familia casos de cáncer, en su madurez puede padecer cáncer aunque su genética sea diferente. Sería algo así como conducir un coche: si te enseñaron a conducir mal y has automatizado esa forma de conducir, pues lo más probable es que tengas accidentes. Si te enseñaron a maltratar tu cuerpo con mala información, destruirás el vehículo de tu cuerpo, cuyo conductor es la mente. El futuro es una mejor educación para los niños, incluso en la etapa prenatal.

¿Podemos reprogramar el subconsciente para estar más sanos o ser más felices con nuestra vida?

Los comportamientos que vienen del subconsciente no los percibes y pueden estar haciéndote daño. Quizás te sientes enfermo y echas la culpa a otra cosa. Al cambiar estos programas erróneos en el subconsciente, puedes recrear toda tu vida. Hay varias maneras de hacerlo. Se piensa que, cuando la mente consciente registra algo, la subconsciente también filtra esa informacion, pero no es así. La mente consciente es creativa y la subconsciente trata de todos los hábitos. Si le enseñas al subconsciente algo diferente, se lo enseñas también a la consciente, pero no al revés. Por ello, la manera de reprogramar es repetir y repetir hasta que se crea un hábito. Si leo un libro de autoayuda, mi mente consciente dice: “Sé todo lo que hay en el libro y lo aplico”, pero la subconsciente no se entera de nada. Entonces, piensas: “¿Por que sé tanto y todavía mi cuerpo no funciona?”. Los pensamientos positivos, el conocimiento… solo funcionan el 5% del tiempo, pero el 95% son los hábitos que tengo desde mi niñez. Y esa es la razón por la que los pensamientos positivos no son suficientes. Ayudan, pero no ves muchos resultados. Todo sigue igual hasta que no cambias el subconsciente. Técnicas de psicología basadas en la energía como la hipnosis o el Psych-K son una manera de cambiar el subconsciente, es como un aprendizaje rápido.

Con su investigación, ha aunado ciencia y creencia, un binomio que evita la mayoría de los científicos. ¿Usted cree en la eternidad?

Absolutamente, sí. No hay dos personas iguales, y lo digo desde el punto vista biológico. Si cojo mis celulas y las tralado a tu cuerpo, no soy yo, el sistema inmunitario las rechaza. En las células hay como una especie de antenas en miniatura. Son receptores y algunos son autorreceptores. Tú tienes diferentes autorreceptores a los míos. Pero los receptores reciben las señales del entorno. Si corto esos receptores, la célula no tiene ninguna identidad, porque no le viene de dentro sino de fuera. Para explicarlo de forma gráfica, diría que el cuerpo es como un televisor: mis antenas captan y reproducen el programa televisivo de Bruce. Esos receptores recogen esa transmisión. Si estoy viendo la tele y se estropea el tubo de la imagen, ha muerto el televisor, pero sigue la transmisión. Así que cojo otra, la enciendo, conecto el canal y vuelvo a ver el programa de Bruce, pero en otra tele, o lo que es lo mismo, en otro ser. Si ese ser tiene los mismos receptores que tienes tú, volverás a estar trasmitiendo lo mismo, pero en otro cuerpo. Esto explica la reencarnación y quiere decir que el cuerpo puede ir y venir, pero la transmisión siempre está ahí.

¿Eso le hizo creer que tenemos espíritu?

Nunca había creído en el espíritu, pero cuando comprobé esto en la célula, me cambió la vida entera. La pregunta que me planteé es: ¿por qué esa duplicidad?, ¿por qué tener un espíritu y un cuerpo? Y la respuesta vino de mis células: si solo existiera el espíritu, ¿a qué sabe el chocolate?  Solo con la parte espiritual, ¿cómo vivir una puesta de sol? ¿Qué se siente cuando se está enamorado? Todas esas sensaciones vienen de las células del cuerpo, que puede oler, sentir, tener experiencias. Recoge todo eso, lo transmite al cerebro. Se convierte en vibraciones y lo transmite a la fuente del ser. Si se muere mi cuerpo, mi fuente de ser y mi espíritu tienen la memoria hasta que tenga otro cuerpo. La lección más importante es que estar vivo es un regalo, una alegría por todo lo que podemos sentir. Cuando hagamos eso, todo el mundo estará sano.

Más testimonios sobre contenciones mecánicas…

Más testimonios sobre contenciones mecánicas…

correas-de-contencion_primera-vocal   Como ya sabe la mayoría de lectores de Primera Vocal, desde que subiéramos a la web unaescalofriante imagen de las correas usadas en la unidad de psiquiatría infantil del Hospital Gregorio Marañón en Madrid se han sucedido distintos debates y publicaciones sobre esta y otras más que cuestionables prácticas psiquiátricas. Esta entrada pretende continuar con los testimonios que nos han hecho llegar distintas personas y que nos limitamos a reproducir textualmente. Los tres primeros son de profesionales del ámbito de la salud mental, e incluyen descripciones y reflexiones que ayudan a pensar el propio fenómeno de la contención mecánica. Los tres textos siguientes han sido escritos por personas que han vivido en sus propias carnes este quehacer tan terapéutico que consiste en ser atado con correas; el último de ellos es un conjunto de tres poemas (en ocasiones, las palabras de uso más común y la secuencia convencional de oraciones no son el único ni el mejor camino para comunicar la experiencia vivida).
Testimonio 1
Soy enfermero en una unidad de hospitalización de agudos. Pese a considerarse en mi unidad la inmovilización “terapéutica” como medida excepcional a evitar, muchas veces considero que se realizan inmovilizaciones terapéuticas innecesarias.
En muchos congresos de Enfermería se debate acerca de la identidad de la profesión, que desde los inicios ha sido considerada supeditada a la profesión médica. En la búsqueda de su identidad, en agudos me percato de que la Inmovilización es considerada como sello insignia de la profesión. Es considerada la actividad más importante de la unidad y en la que se cuestiona quién es buen o mal profesional, como una oportunidad para valorar que te estás ganando el sueldo, midiendo variables como valentía y arrojo (enfrentamiento con el paciente psicótico) pero cuando se intenta evitar la contención se valora todo lo contrario. Incluso puede peligrar el puesto de trabajo si cuestionas si cierta contención ha sido necesaria o no. Destaco las siguientes puntualizaciones:
-Es necesaria mayor preparación emocional para el personal enfermero. Ciertos profesionales son bien considerados por manejar agitaciones que ellos mismos provocan, sin ser conscientes de que las provocan o incluso de que gozan conteniendo pacientes por una cuestión de poder.
-Los propios supervisores fomentan esto. Está mal visto el que intenta evitar una contención innecesaria.
-Por la noche se tiende más a inmovilizar al paciente, pero, ¿es para que el paciente no moleste a los profesionales?
-La inmovilización se sigue viendo como un castigo. Cuando un paciente, dentro de su delirio, intenta agredir a un miembro del personal, en vez de advertir que actúa bajo un estado de temor, se ve imprescindible sujetarle “como castigo”. Es imposible que yo evite una contención si el resto de personal, supervisor incluido, están en la habitación del paciente poniendo caras largas mientras intento hablar con él.
-Pacientes de otras culturas, de otros países, con otro idioma, con nula adherencia al tratamiento, ven como se les administran cantidades ingentes de medicación en continuos ingresos hospitalarios, incluso actuación de la policía ante fugas. Estos pacientes no se van a tomar la medicación cuando salgan. ¿Es necesario tanto ingreso, tanto sufrimiento para el paciente?
Yo pondría como elemento indispensable que todo profesional pasara por un trabajo de terapia personal para poder trabajar en agudos. Muchos Psiquiatras y Psicólogos pasan por ello, para saber cuáles son sus conflictos y no depositarlos en los pacientes, para no provocar agitaciones cuando el profesional viene de mal humor a trabajar, pero la Enfermería no tiene obligación de pasar por psicoterapia. Lástima porque evitaría sujeciones innecesarias y serían mejores profesionales.
Testimonio 2
Como profesional de la salud mental desde hace años, agradezco enormemente que este debate salga a la luz, y nunca mejor dicho, que exista un poco de luz allí donde predomina la oscuridad.
No tengo experiencia directa con las contenciones mecánicas al no haber trabajado nunca en una planta de psiquiatría de un hospital, pero sí tengo algunos conocimientos de cómo funcionan por lo que la gente que las ha sufrido me ha contado y por lo que algunos profesionales que trabajan allí cuentan.
Me gustaría aportar algunos aspectos para la reflexión, que creo podrían ayudar a cuestionar y reducir el uso de la contención mecánica en aquellos servicios en los que continua siendo una práctica habitual.
1- Su uso es más frecuente cuando el ingreso psiquiátrico es involuntario. En este punto, sería interesante sacar a la luz la arbitrariedad que rige este tipo de ingresos. Es fácil entender que si a alguien se le ingresa contra su voluntad en una planta de psiquiatría, se están sentando las bases para que pueda tener actitudes o comportamientos violentos que terminen “requiriendo” una contención. La pregunta sería cuántas de las personas que son ingresadas involuntariamente podrían ser tratadas con otros abordajes terapéuticos más respetuosos que hiciesen innecesario el ingreso, y la respuesta es “probablemente muchas”. Como consecuencia de ello se reduciría el número de contenciones mecánicas, ya que cuanta menos gente acceda a una planta de psiquiatría contra su voluntad menos contenciones se realizarán.
En relación a los ingresos involuntarios, según mi propia experiencia, muchos de ellos se producen por una paradoja que se da en la “relación terapéutica”. Muchas personas diagnosticadas de algún trastorno psicótico, y que podrían beneficiarse del apoyo profesional, ocultan sus “síntomas” a sus profesionales de referencia por miedo a la reacción que estos vayan a tener. Este miedo es la consecuencia del tipo de relación establecida, en la que el profesional puede ingresar o medicar a alguien contra su voluntad si así lo considera oportuno por valorar que está “muy psicótico”. El miedo y lo terapéutico son incompatibles. La persona, que con otro tipo de relación verdaderamente terapéutica podría afrontar sus vivencias y experiencias de otra manera, decide ocultar al profesional esta información convirtiendo lo que podría ser terapéutico en algo coercitivo. Cuando hablamos de alguien que ha sido definido como “crónico”, esta dinámica se puede repetir de manera cíclica. La secuencia sería: “me encuentro mal, pido ayuda y termino en el hospital contra mi voluntad, así que la próxima vez que me encuentre así, lo ocultaré y no diré nada para que no me ingresen”. Así que al hecho de que alguien lo pase mal porque está “psicótico”, se suma que en lugar de pedir ayuda lo que hace es ocultarlo a quien se supone que le podría ayudar, lo cual difícilmente favorece que la persona consiga estar más tranquila, aumentando su desconfianza y suspicacia, lo que se terminará interpretando como reactivación de su sintomatología psicótica. Por lo tanto el “tratamiento para reducir la paranoia” estaría provocando más paranoia. La cuestión no es negar la existencia de estos estados altamente alterados ni la angustia asociada, sino plantear otras formas de abordarlos.
2 – El marco teórico que tengan los profesionales que traten a la persona hará más o menos probable que termine teniendo lugar una contención. Si partimos de un modelo biologicista será más probable que recurramos a la contención que si lo hacemos desde uno humanista. Si pensamos que el estado de alteración y agitación de la persona responde a un desequilibrio bioquímico y a un mal funcionamiento cerebral producido por una enfermedad, no responderemos igual que si pensamos que ese estado puede responder a factores contextuales y biográficos. El tipo de intervención que llevaremos a cabo será distinta y las consecuencias para el paciente también.
Recientemente un compañero me comentaba, de manera muy acertada, que una forma de reducir el número de contenciones e intervenciones coercitivas, sería considerar que cuando un paciente acude agitado y alterado a urgencias o a su centro de salud mental, pensáramos que acaba de sufrir una tragedia enorme (por ejemplo un atentado terrorista o un secuestro), ya que de esta forma, nuestra manera de acercarnos a él sería mucho más respetuosa y empática, al mismo tiempo que entenderíamos que pudiera reaccionar de manera poco adecuada a nuestros intentos de ayudarle. Creo que de esta manera se reduciría la tendencia de algunos profesionales a pasar a la acción sin conocer muchas veces qué le ha sucedido a la persona para que se encuentre así. Si además esta persona, en su historia biográfica, ha sufrido algún tipo de maltrato, abuso o acoso (algo bastante frecuente, según demuestran los estudios más recientes sobre la relación psicosis-trauma), cualquier tipo de medida coercitiva, en especial el uso de la contención mecánica, supondría una retraumatización que haría a la persona revivir la experiencia de indefensión y miedo.
3 – Otro factor importante es el tiempo. Muchas contenciones se producen porque se quieren solucionar las cosas de manera rápida, cuando simplemente dedicando más tiempo y de más calidad a la persona podría llegarse a soluciones compartidas más respetuosas. Muchas personas en estado de crisis aguda, ante la presencia de alguien dispuesto a escuchar y a dedicarle el tiempo que sea necesario, pueden transitar de un estado de angustia extrema a otro de angustia “tolerable” que hace posible acercamientos no coercitivos.
4 – El contexto en el que todo esto se produce es determinante, entendiendo éste en su acepción más amplia, incluyendo el contexto físico, social, cultural, político… El aumento de las desigualdades, la injusticia social, la excesiva burocratización y el alejamiento de la salud mental del campo de las humanidades y su acercamiento al ámbito hospitalario, así como la propia violencia que el sistema ejerce sobre las personas en distintos ámbitos (por ejemplo a nivel laboral), son aspectos que no son ajenos al uso de la contención y de otras medidas coercitivas en este y otros ámbitos.
5 – El uso de la mentira como forma de conseguir que los pacientes acepten determinado tipo de intervenciones, así como determinadas actitudes que infravaloran sus capacidades a la hora de decidir, también contribuyen a aumentar las posibilidades de que una medida coercitiva sea utilizada. Ejemplos de esto serían: no informar sobre efectos secundarios de la medicación a los pacientes, minimizar los mismos cuando sí son informados, no informar sobre otros abordajes terapéuticos, engañar deliberadamente al paciente para que tome la medicación diciéndole que es para algo distinto al motivo de la prescripción, no tomar en cuenta las repetidas quejas del paciente sobre distintos aspectos de su tratamiento, transmitir la información a la familia en lugar de al paciente, plantear algo como opcional cuando en el fondo es algo obligatorio, incapacitar legalmente a personas con capacidad para tomar decisiones por sí mismas… y así muchas otras situaciones que no resultarán ajenas a las personas que frecuenten este tipo de servicios.
En este punto, determinados comentarios y actitudes por parte de los profesionales pueden provocar el comportamiento alterado y agitado del paciente que luego estos mismos profesionales intentan controlar mediante la contención o el ingreso involuntario. Este tipo de dinámicas son sutiles, y a veces se esconden bajo la apariencia de buenas intenciones y actitudes proactivas de “ayudar y cuidar” al paciente. Esto es de una perversión extrema, ya que quien te agrede y te hace daño, es quien se supone te debería ayudar, con lo cual la persona se queda atrapada en esta relación patológica que fomenta la sumisión, como resultado de experiencias repetidas de indefensión. Resulta curioso que haya muchos pacientes que después de muchos años recibiendo atención por parte de profesionales que “quieren ayudarles por su bien” sigan rechazando su ayuda, lo que les conduce inevitablemente a “terminar recibiéndola a la fuerza”. ¿Quizá sea que no sienten que esta ayuda les ayude? ¿Qué diferencia este tipo de “terapias” del maltrato?
6 – Aunque este sea un punto delicado y controvertido, creo que incluso cuando de manera excepcional la contención termine produciéndose (aunque siempre es preferible que no se produzca), existen formas de reducir el impacto traumático que tiene para la persona. En este caso informar a la persona en todo momento de lo que se está haciendo y se va a hacer, manifestar que va a ser por el menor tiempo posible, explicar los motivos dejando claro que la intención es intentar calmar y proteger a la persona y nunca castigarla por su actitud, no dejar a la persona sola y atender sus necesidades más básicas, y por supuesto, pedir disculpas por haber tenido que utilizar este tipo de intervención tan agresiva, pueden minimizar el impacto traumático que esta experiencia tiene.
7 – Es necesario hacer una reflexión como profesionales acerca del impacto traumático que para una persona tiene el hecho de ser contenido mecánicamente. Algunos profesionales minimizan el impacto de la experiencia y lo justifican por los supuestos beneficios que puede tener para el paciente, aunque reconozcan que es una experiencia desagradable. Aunque esta actitud pueda ser comprensible teniendo en cuenta el tipo de formación que recibimos como profesionales (exagerar los beneficios y minimizar los perjuicios de las intervenciones coercitivas, “son por el bien del paciente”), no podemos permanecer impasibles y debemos hacer lo posible por reducir este tipo de prácticas tanto como sea posible, siendo conscientes del daño que producen a cualquier ser humano. Como profesionales, aunque nos duela escuchar los testimonios de algunas personas que han sufrido contenciones, no podemos dejar de escucharlos y mirar para otro lado, y debemos reconocer el daño causado, la valentía para contarlo y pedirles disculpas. Para esto último, es necesario que muchos profesionales se bajen de su pedestal, algo no siempre fácil…
8- Por último, un elemento clave que mejoraría la atención en salud mental, reduciría considerablemente el uso de medidas coercitivas en general, y de contenciones mecánicas en particular, sería contratar como profesionales a personas que hayan tenido problemas de salud mental y se hayan recuperado, algo que ya se está haciendo en otros países con éxito. Su presencia en los distintos dispositivos de atención, modificaría las prácticas de los profesionales y los discursos utilizados, siendo más respetuosos y empáticos con el sufrimiento de las personas. Quién mejor que alguien que ha experimentado como paciente la atención que el sistema le ha brindado, para conocer sus fortalezas y debilidades, y aportar algo de luz sobre algunos aspectos que a los profesionales nos cuesta ver. Quizá si escucháramos de verdad lo que los pacientes nos cuentan acerca del efecto que producimos con nuestras intervenciones, nos pensaríamos muy bien qué hacemos y cómo lo hacemos, recordando siempre un principio básico: “Primum non nocere” (lo primero no hacer daño).
Testimonio 3
Hoy escuché un golpe en el pasillo de la Unidad y gente hablando un poco alto. Salí a ver qué pasaba, siempre con el miedo paranoide a la agresividad del otro. En este caso, el otro era un chico de 20 años, recientemente ingresado en nuestra Unidad, hablaba de cosas que había superado, peleas con armas blancas, consumos de drogas, hablaba de Marruecos, país de sus familiares, su historia en medio de balbuceos confusos y todo impregnado de rabia, aparte de fármacos, se señalaba el dorso de la mano, una venda cubría varias heridas recientes hechas con un cigarro, se trató de arrancar la parte de arriba del chándal, se bajó la cremallera y luego balbuceó algo como, seré tonto, a ver si me la he cargado y volvió a subírsela, con todo lo que he pasado no tengo por qué estar aquí, no quiero estar aquí. Mientras tanto éramos, contándome a mi llegada, 4 profesionales, otra persona ingresada se asomó y alguien lo echó como el que está observando algo que no debería ver. Algunos de nosotros teníamos guantes puestos, atributo a ser posible imprescindible para una contención física. Apareció otro compañero que se quedó observando a una cierta distancia por si tenía que entrar en acción. La enfermera, que era la que dirigía el cotarro a mi llegada, solo le recordaba en tono ¡firmes!, que ya había hecho lo que le había pedido, avisar a su doctor, y que se tranquilizara. A mi solo me salieron de la garganta dos emisiones idénticas, como un eco sonoro que trataba de tranquilizar desde la distancia, Marcos…Marcos…, y un leve contacto en el hombro.
A todo esto llegó su doctor y se lo llevó al despacho a hablar.
A la vuelta del desayuno comentaba un compañero, Un paciente casi se agita esta mañana. Lo sé. ¡Es verdad, que estabas allí! Ese era el compañero que se mantuvo a unos metros, yo se supone que estaba al lado de Marcos, pero la verdad es que no sé si estaba allí, no sé quién estaba allí, quizás estuviera solo él, desesperado en su confusa soledad y cientos de personas rodeándolo, entre las que estábamos un puñado de profesionales en actitud defensiva, temiendo-esperando, casi como provocando una agitación. Quizás por eso mis palabras sonaron como un eco, él casi ni se inmutó al oírlas, no sé si realmente llegó a oírlas desde tan lejos.
El paciente fue trasladado a una Unidad con mayor capacidad de contención física y menor contención emocional. Imagínense qué tipo de contención emocional podemos ofrecerles a las personas que están ingresadas en los hospitales para las llamadas enfermedades mentales, la misma que podemos ofrecernos a nosotros mismos en una situación como esta, sentimos miedo, algo de tensión como la que puede sentir un animal agazapado, un animal que espera cazar a su presa o ser cazado por su depredador, una mezcla de los dos miedos, pero la situación se aleja algo de esta, porque nuestra supervivencia física está prácticamente asegurada en la mayor parte de los momentos, nos queda el vestigio emocional de ese miedo, que nos impide percibir qué está pasando en ese otro mundo, ese mundo confuso y enloquecido en el que estamos las personas en los momentos de crisis, un mundo de difícil acceso, aparentemente.
Testimonio 4
Nada más llegar al “Sanatorio Esquerdo” un psiquiátrico privado de Madrid me pusieron una inyección que me dejó cao, no se el tiempo que estuve inconsciente. Me llevaron allí después de estar en psicosis aguda durante quince días, me dijeron que me llevaban al dentista. En ese tiempo tenía las muelas de juicio jodidas, y me dolía una barbaridad… Les creí.
Desperté en una habitación extraña, estaba sola, desorientada, salí a un enorme pasillo al que daban muchas puertas como la que yo crucé, salí y me acerqué a las ventanas que allí había. Abrí una, había rejas, abrí otra, había rejas, abrí otra, más rejas. Dos hombres vestidos de blanco se acercaron por detrás, me agarraron. Yo me resistí, no entendía nada, me arrastraron por el pasillo, me llevaron escaleras abajo, no entendía nada. Gritaba, les decía: ¿Qué coño hacéis? ¿Dónde estoy? ¡Dejadme en paz!, Tranquila, tranquila me decían mientras me arrastraban… no entendía nada.
Me encerraron en una celda del sótano, me ataron a la cama, me inyectaron, quedé cao. Cuando desperté en la celda no sé el tiempo que llevaba allí, ni el que después estuve, fue el más largo de mi vida, y en mis células quedó grabado. La celda tenía una puerta con una mirilla, no recuerdo ver a nadie asomarse, la cama estaba frente a ella. Por encima de mi cabeza había una ventana.
Recuerdo que la única persona que entró allí fue una limpiadora, que al verme atada, forcejeando y gritando que me soltasen, se acercó e intentó ayudarme diciéndome que me iba a ir mejor si me callaba, que me calmara, que era la manera de salir de allí. Nunca sabré si este hecho pertenece a una realidad propia o compartida, si realmente existe esa mujer, no la volví a ver el resto del ingreso. Da igual, en ese momento me dio lucidez suficiente como para entender que o tragaba, o de allí no salía.
Además del terror que viví en esa celda, recuerdo la impotencia de no poder ver el cielo por la ventana.
Numa.
Testimonio 5
Tres ingresos, tres contenciones mecánicas. Las dos primeras, muy lejos ya. Horribles las dos. Aunque para ser sincera, para recordar la segunda tendría que hacer un esfuerzo que ahora mismo no me resultaría útil. Con el recuerdo de la primera y la última sobra.
La primera, por iniciática, fue de lo más traumática, aunque debido al globazo que llevaba ya encima (vete tú a saber qué me habían suministrado a esas alturas) la recuerdo con niebla. Me palpita fuerte el miedo que sentí cuando desperté. Atada. Bastante prieta, además. Sola en una habitación con paredes blancas, y una cama en medio. Yo en la cama. Atada. Grité muchísimo. No insultaba, no maldecía, recuerdo que solo llamaba a alguien. A quién?, Daba igual. No podía entender qué había sucedido, qué había pasado. Porqué estaba atada a esa cama. Donde estaba .Y porqué estaba sola. De vez en cuando oía una puerta. Se abría, se cerraba, y entonces a través de una especia de mirilla, veía un cambio de luz. Había alguien mirando. Y yo, algo así cómo, Hola? Nada. Hay alguien? Nada. Que pasa? Nada. Porque estoy aquí? Saben en mi casa que estoy aquí? Nada. Otra vez la puerta que separaba mi puerta del resto de la instalación sonaba. Se abría y se cerraba. Se iban. Entraban a mirar si estaba dormida o despierta, y según yo estaba, así procedían. Cuando estaba despierta, se iban. Me cansaba. Dormitaba. Duró mucho tiempo esa situación. Aprovechaban para entrar cuando estaba dormida. Luego, salían, raudos! antes de que me diese cuenta de que había personas allí. Quizás me daban de comer. O quizás solo me medicaban. Esos momentos son muy vagos. Eso sí, nadie hablaba conmigo. Nadie respondía mis preguntas. Cada vez que despertaba me ponía más nerviosa. Eso sí lo recuerdo. Entonces, ya sí, empecé a insultar y a maldecir. Cada vez que oía esa doble puerta. Un ojo se posaba en la mirilla, y yo, que no entendía nada, y empezaba a estar cansada, gritaba, insultaba y maldecía. Quizás había pasado un día y una noche entera ya desde la primera vez que desperté. Empezaba a estar, aparte de cansada, algo así como histérica. Recuerdo pensar: Me voy a volver loca. Cómo siga aquí mucho tiempo, y esta gente entre y salga sin ni dirigirme a penas la mirada, mientras les imploro qué ha sucedido para que yo esté aquí, me voy a volver loca. Qué pasa? Porqué no me hablan? Qué ironía.
En mi ingenuidad, cada vez que se abría la doble puerta, llamaba a mi madre. Tenía la esperanza de que el timbre de mi voz le podría llegar. Si ella supiese lo que me estaban haciendo no lo permitiría. Ni ella ni mis hermanos. Pero claro, ellos no lo sabían. Sólo sabían que yo estaba tan y tan mal (?), que tenía que estar encerrada, y además incomunicada (no sé si el detalle de las correas se lo mencionaron). Era lo mejor para mí, les dijeron.  Yo quería verles. Necesitaba verles. Ellos a mí también. Pero no, lo mejor era (fue), no sé quién lo decidió, tenerme en esa habitación dos días con sus dos noches.
Como he dicho antes, de la segunda ocasión no recuerdo apenas detalles. Ya no era una novata, imagino, y supongo que me tragué lo de que debía ser lo normal. De la última vez, hace solo un par de años. Mismo hospital (Santa Caterina de Salt, por cierto). Mismo personal. Eso siempre me ha hecho bastante gracia. Las dos veces que he vuelto, después de la primera (2005), me alegraba de verles (en plan, hey, que tal? la situación es una mierda, pero joder, cuanto tiempo! todo bien?) Ellxs?.. a excepción de algunxs, claro, hacen como si no te hubiesen visto en la vida, o cómo si el saludo o la sonrisa que te esfuerzas en ofrecerles, pese a la vergüenza propia de afrontar volver a verles en esa tesitura, no fuese con ellxs. La cosa es que esta última vez da para más. La recuerdo bien. Sus amenazas. Ya nos conocemos Vero, me decían, como si yo fuese, yo qué sé! Por eso mismo!, pensaba yo. No confiáis en mí? Lo único que me pasa cuando estoy ingresada es que debo de molestarles mucho, porque suelo tener miedo. Estar acojonada lo describe mejor. Me hago como muy pequeñita y tengo miedo. Para qué narices tuvieron que atarme?  Fui voluntariamente (sin quererlo, pero con pocas opciones para mi familia y entorno de acompañarme en mi estado de euforia, y reconociendo su agotamiento y desconfianza en poder ayudarme, les pedí que me llevasen). Acabaron, una vez atada, arrancándome dos piercings que llevaba, a la fuerza. Me sentí muy violada. El del labio lo entendí. Llevaba otro en el pezón. De donde mierda sacaron que tenía ese piercing? Y ese afán por quitármelo? Y esas caras de, al final te lo vamos a quitar, no te resistas. Y vinieron dos más. Y los que había allí me sonrieron (?) despiadadamente a la llegada de sus refuerzos Me desgarraron el cuerpo y el alma, arrancándome aquellos dos pendientes. Me ataron. Y ya ahí se me acabaron las fuerzas, me rendí. Y lloré muchísimo. Ya hasta querer dormirme y no despertarme más. Me dormí, supongo. Ya no recuerdo más.
Lo más gracioso es que al día siguiente, los muy condenados, se hacen los de “a mí no me mires”…
Pero sus ojos y las miradas que me dirigen les delatan. VGM
Testimonio 6 / Poemas
La locura eran las paredes haciendo la autopsia
a las calles que habían dejado morir tus palabras.
Esos cerrojos sellando tu angustia con la farmacología
que daba más amnesia que capacidad para decir tu historia
a ese espejo que preguntaba en tus ojos quién eras.
Y respondía el crujido de ese vacío inyectado en tus venas.
La locura era la compostura del serrín y de los suelos
porque si te salías de la curva, unas correas te impondrían la recta.
Y ya había pasado demasiadas veces para conocer el costo del verbo.
Si gritabas, si corrías, si movías de sitio la mesa
si te negabas al tratamiento, si exigías tu libertad, si discutías o incumplías sus normas
harían uso de la medicina no para curar tu dolor, no por la enfermedad, no porque deliraras
sino para tenerte callada, para curar su propio control militar del psiquiátrico
a través de sedantes que te hacían vegetales las heridas y vegetales los deseos
y correas sobre la cama para atar tu cordura dónde ellos habían determinado que debía de estar.
Cada vez que ocurría y te ataban y te inyectaban, se abría en tu cerebro un grito de niebla.
La constante amenaza y certeza de que volvería a pasar, te obligó a comer los suelos. Y por primera vez te sentiste una jodida enferma. A bajar la tangente por la lengua. Tu voz. Tu dignidad. Allí no valía nada. Eras una loca.
Sólo podías comer de su grasa y escupir los huesos al cristal. Con el fuego en los ojos. Para salir lo antes posible.
Sólo podías decir, esto es una pipa. Para que firmaran de una vez tu libertad.
Y llevarte tus pájaros contigo donde no alcanzaran sus apestosas rejas.
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Cuando viví en esa habitación. Mi casa era el pez que no existía y que derramaba océano sobre mis pies. Su puerta estaba estallada contra ti. Y sólo dejaba pasar a los locos. Cuando tú querías saber por qué no comía. Sólo te respondía una hoja doblada en forma de barco que siempre se parecía a un muerto. Sólo le decía a los locos, de mi hambre. Cuando tú me llamabas a tu despacho para hacer un diagnóstico, cerraba mis ojos y hablaba palabras que no existían para que no me ensuciaran tus oídos el diccionario. Sólo hablaba a los locos de mi desvelo. Cuando trajeron a Mar. Era ya de noche. Casi la hora en las que nos encerrabais en la habitación y dabais vuelta a la llave. Ella gritaba. Como yo grité, cuando me llevasteis. Ella estaba atada en la misma habitación de aislamiento, que yo estuve. Y lloraba con la rabia de las estrellas fugaces. Y me pegué a su puerta y le dije algo de la nube y la sangre. Y fui a vuestro mostrador y os dije que la soltarais que así no se cura a nadie, que la estabais haciendo sufrir. Y os tiré todo lo que teníais en la mesa. Y apretasteis el botón. Y vinieron cuatro guardias de seguridad. Y me redujeron. Y me encerrasteis también. Y me pinchasteis con una aguja de veneno. La noche que caía. Sólo besaba a los locos. Las palabras que entre esas paredes sabían de los sueños, sólo amaban a los locos.
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Eran sábanas blancas. Ásperas. No se rompían fácil. No se desgarraban como las de casa. Una mordida y tirar. Soñabas cuerdas. Cuerdas arma. Y cuerdas separación. Cuerdas en sus cuellos y sobre tus ojos, para no mirar. Había cuatro paredes. Pero no eran como otros cuartos en los que habías estado. Eran paredes de ausencia. Paredes de suicidio. Paredes de miles de km de distancia. Como si ellas tuvieran las razones de todas las tijeras y los vidrios rotos y la muerte en las cuencas secas del río. Olía a química y a limpieza, una limpieza de censura. Una blancura de vergüenza. Sentías que menstruabas sobre ellos cuando entraban. Que te ponías roja y se te escapaba el rojo. Que ellos señalaban el rojo con crucifijos en tu útero. Los clavaban con su mirada fría. Con las correas que tenías en las manos y en los tobillos, sobre toda tu alma. Sentías lo más sucio fluyendo de ti. Con sabor carne. Carne encrucijada en sus tenedores. Te ardían los ojos. Te temblaban las uñas. Un sopor de grasa. Infectaba las paredes. La fiebre. La ausencia. El muerto que abría su barriga cuando entraban los castradores, con sus inyecciones, con su pulcritud. Todo era confuso. Menos la desconfianza. Menos el miedo y el odio a ellos.
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os dijo mi garganta con cada gota de mi sangre que no os acercarais
os dijo mi libertad, con su derecho que no iba a subir a ese coche
os dijo mi idioma de los pájaros etílicos que no quería ni una letra de vuestra sobria muerte
pero erais más y os abalanzasteis sobre mí
y pensasteis que mi odio era enfermo
que mi violencia era locura cuando me defendía de la vuestra, que mis puños eran razón de más inyecciones, de atar más fuerte, porque estaba cada vez más rabiosa, de pura manía, de pura esquizofrenia
pero no era la enfermedad, era mi cordura, mi dignidad, mi vida, mi carne y mi infierno, mío, y yo dueña, dueña de mis laberintos, aunque me despertenezcan, aunque me partan a la mitad y me hagan nada, será mi nada, si la sombra maldita que me es un cuchillo, será mi sangre, mi herida, será mi sinrazón
y vosotros quisisteis despojarme de mi dignidad, arrebatarme el derecho sobre mis pasos, escribirme enferma, escribirme incapaz, poner vuestras grasientas manos, en mi camino de la noche y quitar las mías llenándolas de esposas y de drogas farmacéuticas hasta sentir mi pensamiento blanco como la nada
quisisteis aún después, por la fuerza, borrar mi voz, mi capacidad de decisión, mi vida,  encrucijarla a un virus
mi derecho como humana
encerrada en vuestra prisión desposeída en vuestra medicina, cada vez más de la cordura
porque para la cordura, lo primero es la libertad
y mi odio, el que vuestras correas multiplicaban
mis gritos que vuestro hospital hacía cada vez más agudos e insoportables
mi rabia y desprecio por todos vosotros
fue lo que me libró de la locura
mi unión con mi sombra, con mi carne, con mi útero
y no con las farmacéuticas o manual para ser feliz, de un puto psiquiatra, ajeno a mi yo.